Actúa sin pensar


¿Qué se hace cuando se tiene mucho calor y no tienes aire acondicionado? Pues o te vas a una playa o te metes en algún local climatizado. Pero si eres una persona a la que ni le gusta la playa ni los lugares con mucha gente… lo único que te queda es irte a la terraza de tu piso, coger una sombrilla y un ventilador y ala, a intentar sufrir poco.

Y eso es lo que hice.

Era por la tarde, no sé qué hora… y la verdad es que no me importaba porque para alguien en paro el tiempo como que importa poco.

Desde la terraza de mi casa se ve la plaza del pueblo y la parte de atrás de un pub al que voy a veces que tiene una terraza respetable que a su vez es como una especie de patio para mi edificio y en la que hay un ascensor hasta el parking público de abajo.

No había demasiada movida en el pub, quizás porque era jueves… pero el caso es que había dos parejas en una mesa y un tipo solo en otra.

El tipo debía de estar esperando a alguien porque no paraba de ver el reloj. Tanto lo veía que hasta a mí me entro curiosidad por saber la hora.

Las 20:30, buena hora, el sol deja de apretar y se empieza a levantar ese vientecillo frío del norte que tanto me gusta.

En fin… visto lo visto me voy a hacer un cafelito… -y así fue, me fui a la cocina y me hice un café con leche bien frío.

 

En cuanto volví para la terraza las dos parejas se habían ido pero el tipo seguía esperando impacientándose por momentos. Llamó al camarero y pidió una caña, o al menos eso me parecía desde mi posición. En cuanto se la trajo le pego un trago que casi se bebe la jarra y todo.

Cuando parecía que el tipo ya se había cansado de esperar y se disponía a marcharse apareció una chica. Una chica de esas que te hacen girar la cabeza cuando las ves por la calle. Llevaba una falda vaquera con volantes y una camisa blanca.

Seguro que se le transparenta el sujetador -pensé mientras se me escapaba una sonrisilla juguetona. Aunque lo que pasara por mi cabeza no era lo importante, lo que importaba era la pedazo de bronca que le estaba echando aquel tipo, que parecía que las birras se le habían subido un poco a la cabeza, a la pobre chica que lo único que hacía era encogerse y agachar la cabeza.

La verdad es que me estaba poniendo algo nervioso porque parecía que el tipo le iba a soltar una torta a la pobre chavala, y de hecho casi sucedió así, el tipo levanto la mano sobre la chica muy amenazadoramente. En ese momento me puse tenso y me sorprendí a mí mismo apretando la barandilla del balcón con tanta fuerza que las puntas de los dedos se me pusieron blancas.





El tipo se marcho apresuradamente, ni siquiera me fijé si pagaba o no, esa no era la cuestión. La cuestión era que casi había pegado a una chica, que de no estar en un lugar público seguro que le pegaba de verdad y cuyo único pecado, que yo conociera, era haber llegado tarde a una cita. La chica se fue a “refugiar” detrás de la puerta del ascensor en un sitio que escapaba a la vista de todo el mundo, menos de la mía.

No la oía debido a la distancia pero seguro que estaba llorando, o a punto de hacerlo por cómo le temblaban los hombros.

No sé por qué pero en medio minuto estaba bajando las escaleras de dos en dos para ir a junto a aquella pobre chica. Cuando llegue al patio, estaba aceleradísimo, ella estaba allí justo donde la había visto desde mi balcón.

Entre en el patio, ella no se percató de mi presencia, tenía la cara entre las piernas y además me aproximé sigilosamente, más que nada porque estaba cagado de miedo. Me acerqué a ella y el corazón me iba a estallar, sentí hasta nauseas pero cuando me disponía a decirle algo ella levantó la cabeza y me miró a los ojos.

Que ojazos!!! -ese pensamiento se me agolpaba en la cabeza. Y era verdad tenía unos ojazos azul intenso preciosos y eso que estaban enrojecidos por las lágrimas que emborronaron el rímel que llevaba.

-Estas bien?? – dije con voz temblorosa. Dios mío… parecía que hubiera pasado toda mi vida metido en un agujero sin ver a nadie más…

Me incorporé lo más rápido que pude e intenté limpiarme las lágrimas.

– Si, no te preocupes.

 

Le miré a los ojos… aquellos preciosos ojos marrones. Pero entonces alargó la mano para tocarme y yo me aparté. Lo hice tan rápido que tropecé y casi me caigo, pero él me sujeto. Notar su mano agarrando mi brazo me resultaba incómodo. Me solté y él se quedó extrañado.

 

– Perdona, pensé que te encontrabas mal o te había pasado algo.

– No, estoy bien. Gracias.

– Disculpa entonces.

 

Se dio la vuelta para irse y me fijé que venía en zapatillas y con la ropa que normalmente se pone uno para estar por casa fresquito. No me dio la impresión de que fuera un mal tipo.

 

– Perdóname a mí por haberme comportado así.

 

Se dio la vuelta, algo en su sonrisa había cambiado, y posiblemente en la mía también.

 

– ¿Te apetece tomar algo?

– Prefiero salir de aquí, si no te importa.

 

Dimos una vuelta por los alrededores. No paraba de mirar para todos lados, en cada esquina y callejón. Esperaba que él no me viera.

 

– Me vas a contar que te ha pasado.

 

Aquello me cogió de sorpresa. No sabía muy bien que contarle, o ni siquiera si podía contarle algo. Me encogí de hombros y seguimos caminando. Sabía que él estaba esperando el momento para que se lo contara.

 

Las lágrimas ya se habían secado pero mis ojos seguían enrojecidos. Empecé a reorganizarlo todo en mi cabeza. Hasta ahora nadie me había preguntado algo así.

Antes es demasiado tarde

La verdad es que estaba actuando sin pensar y creo que ella también porque sino no se habría ido con un tipo en zapatillas al que no conocía de nada.

De repente ella se paró en seco.

-¿Ocurre algo? -me preguntó

-¿Por qué vas en zapatillas?

-¿Eh?

En esto que mire hacia mis pies y ahí estaba mi querido Homer, había salido tan a correr de casa que ni me había calzado. Me puse colorado al instante, creo que de ser una tetera empezaría a pitar.

-Estoooo…

Al verme la cara de panoli que debí de poner ella se echo a reír, que risa más bonita… y contagiosa porque yo también empecé con las carcajadas.

Allí estábamos dos desconocidos partiéndose de risa así porque sí en medio de la calle. Que buen momento.

En cuanto recuperamos el aliento nos miramos a los ojos. Yo estaba casi temblando, ella estaba preciosa, nunca había visto nada tan bonito en mi vida. Con sus mejillas ligeramente sonrojadas los ojos brillantes… que ganas de besarla…

-A todo esto… no sé tu nombre.

-Ni yo el tuyo.

– Jeje… bien, estamos empatados entonces…

Un pitido de un coche interrumpió el momento, ella se giró sobresaltada, incluso asustada diría yo. Le tendría miedo a aquel tipo??

Solo era alguien que saludaba a un conocido pero más allá se veía venir a su “cita”, el tipo iba tambaleándose de un lado al otro. Nunca se sabe hasta dónde es capaz de llegar un hombre por una mujer, y menos aún si está borracho.

La pobre chica estaba asustada, se le notaba en la cara, dio unos pasos hacia atrás hasta que tropezó conmigo, yo era un poco más alto que ella, pero no mucho, me acerqué a su oído y le susurré.

-¿Quieres que nos vallamos a donde él no te pueda encontrar?

– No hay ningún sitio donde él no me pueda encontrar.

– Vamos, sígueme.

 

Y lo seguí hasta un portal que había cerca. Habíamos doblado la esquina, pero aún así estaba segura de que nos vería entrar. Nos escondimos al entrar en el portal y le vimos pasar de largo. Parecía que de momento le habíamos despistado. Cuando al fin pude pararme a pensar, me di cuenta de que aquel sitio debía de ser donde vivía aquel chico.

 

– Ves como te dije que lo despistaríamos.

– Gracias.

– Entiendo que no quieras pero bueno, ya que estamos aquí quiero preguntártelo… ¿te apetece subir a charlar a mi casa?

 

Por una parte temía que se enfadara conmigo por desaparecer, pero por otra necesitaba hablar con alguien de todo eso, y aquel parecía un buen chico aunque fuera en zapatillas.

 

– Vale, pero solo si me explicas lo de las zapatillas.

– Siempre y cuando me expliques tú primero quién es ese hombre.

– Hecho.

 

Cogimos el ascensor y subimos. Abrió la puerta y yo me quedé en la entrada un poco cortada hasta que me dijo que pasara. No solía entrar en casa de extraños.

 

– ¿Te apetece tomar algo? Tengo limonada fresquita.

– Limonada, vale.

 

Me llevó hasta la terraza y desde allí vi el sitio donde había estado poco antes. No hacía falta preguntarle nada, lo había visto todo desde allí y por eso había bajado. De pronto me puse roja de la vergüenza pero intenté disimularlo. Me pasó un vaso de limonada y di un sorbo.

 

– Bueno, me vas a contar quién es él y porque te trata así.

– Es una historia muy larga.

– Tengo tiempo.

– Esta bien.

La trama se complica

-Es mi novio.

En ese momento estaba bebiendo y a poco más me sale disparada la limonada por la boca.

-¿Tu novio? ¡Pero si casi te dobla la edad!

-Si lo sé pero es que…

Se le notaba que tenía reparos en contármelo… Lo cual es totalmente lógico porque no me conocía de nada y uno no va contándole su vida a gente desconocida que se encuentra en cualquier lado.

-No te sientas obligada a contármelo… pero es que, como puedes comprobar, lo vi todo, bueno… casi todo. Permíteme que exponga mi hipótesis y tú me vas corrigiendo. ¿Habías quedado a tal hora en el pub no?

-Si.

-Bien. Tu llegaste tarde por “x” razón y él se enfadó. Vale hasta ahí correcto, lo que no pillo es lo desmesurado de su reacción… ¿o es habitual? Porque si lo es bajo y le parto la cara, aunque esté en zapatillas.

Ella sonrió ante mi bravuconada y yo también. (Nunca había ganado una pelea en mi vida)

-Tienes razón en prácticamente todo…

En ese momento dejé de sonreír y me puse tenso, seguramente lo notó en cuanto observó mi expresión seria y enseguida paso a explicarse.

-Es mi novio, si, pero no le quiero, es más, ni siquiera me gusta… es como si fuera de su propiedad… no sé cómo explicarlo…

En mi cara se veía claramente cierto aire de desconcierto.

-¿Cómo que de su propiedad?

-Sí… es que mis padres lo conocen. Le deben mucho dinero y no van a poder pagárselo nunca así que me ofrecí yo a cambio de que les perdonara la deuda… y… no sé porque te estoy contando todo esto…

Yo tampoco lo sabía. La verdad es que no me esperaba nada de lo que estaba sucediendo esa tarde. Era como si algo dirigiera mis movimientos con un propósito el cual desconocía, pero no me importaría descubrir junto a la chica de los ojos azules.

-Se está haciendo tarde… será mejor que vuelva a casa o será peor.

Cuando estaba saliendo de mi terraza la cogí de la mano para que no se fuera. No sé qué narices pasaba por mi cabeza, ¿por qué estaba actuando así? Ni que fuera el prota de una peli de romances imposibles y señores feudales tiránicos.

La miré a los ojos y le dije solamente tres palabras.

-No te vayas.

– Lo siento pero es que no puedo quedarme.

– Dame tu teléfono al menos para quedar otro día, ¿no?

– Mejor que no.

– Prometo no ir en zapatillas.

 

No pude evitar que una sonrisa saliera de mis labios.

 

– Vendré a verte pronto, no te preocupes. Y gracias por la limonada.

 

Me acompañó a la puerta y justo antes de irme le di un beso en la mejilla. Se quedó allí parado mientras yo bajaba por las escaleras. Salí del bloque y me dirigí a casa. Sabía la bronca que me iba a echar mi padre si él lo había llamado para contarle lo que había pasado. Y más si aún estaba borracho. Y yo tendría que aguantar la bronca e incluso puede que algo más. Ojalá tuviera agallas para escaparme de casa.

 

Empecé a pensar en aquel chico. Parecía simpático; desde luego las zapatillas eran simpáticas. Y me había tratado bien, así sin más. Sin esperar nada a cambio, o al menos eso pensaba yo. Me había dicho que me quedará, pero no creo que hubiera intentado algo más. Estaba harta de que todo el mundo se propasara conmigo, empezando por mi padre. Y lo peor era que mi madre hacía oídos sordos y se lo consentía todo.

 

Decidí que el próximo día que pudiera escaparme me pasaría a verle. Pero me daba miedo que no estuviera en casa o que no quisiera abrirme.

De mitos y leyendas

 

Me quedé inmóvil, con la mano en la mejilla, parecía una estatua de cera a la entrada de la puerta de mi casa. Esa chica me había besado para darme las gracias… ¿pero gracias por qué? Ahora volvería a casa y si el tipo ese llegaba antes que ella le pediría explicaciones. Qué le iba a decir… “no es que estaba en casa de un tipo al que no conozco de nada…” no sabía cómo iba a reaccionar aquel bruto y la verdad es me preocupaba.

“Vendré a verte pronto, no te preocupes” -sus últimas palabras se agolpaban en mi cabeza como si algo en mi interior me empujara a buscarla, no quería que volviera… quería que no tuviera que volver nunca, que se quedara conmigo para siempre.

Pero a ver nene… si no la conoces, es más, ni siquiera sabes cómo se llama… -vale, es verdad, no sabía su nombre… pero me evocaba a Deirdre, una mujer de la mitología irlandesa que vivió presa de la maldición de su belleza incomparable, y además el nombre era lo de menos. No sabía su número de teléfono ni donde vivía ni nada, salvo que ella vendría a verme.

Así que esperé…

Las horas se hacían interminables, ya eran lo bastante largas normalmente pero ahora eran insufribles.

¿Vendrá o no vendrá? -No dejaba de repetírmelo mentalmente. Suena el telefonillo y voy corriendo. Publicidad.

¡Mierda! esta espera me está matando.

Me estaba volviendo loco.

¿Volvería o no? -ese pensamiento me taladraba la cabeza. Quería verla. Necesitaba verla. Tenía que decirle que me hacía falta, que llevaba dos días pensando en ella.

Y si le había pasado algo, y si el mastodonte con el que estaba le había hecho algo… No! No pienses en eso -y con un fuerte meneo de cabeza aparté esos pensamientos de mi cabeza.

Tenía que distraerme… así que me fui al ordenador. Llevaba días sin encenderlo. Me conecté a internet y me dediqué a surfear un poco por la red. Me bajé música, vi unos cuantos videos simpáticos… Pero en mi cabeza seguía el mismo pensamiento, con lo que decidí retomar una página, un foro más concretamente, que tenía muy abandonada. Ingresé en el foro y me identifiqué. Después de casi un año de inactividad, nada, ni un mensaje privado ni na de na.

Me metí en la sección de relatos, a ver si encontraba algo que leer que me distrajera lo suficiente. Había muchos y muy buenos pero uno sobre todos los demás llamo mi atención. Se llamaba “Vírgenes a los 25”, era muy bueno y en cierta manera la protagonista, a la que se referían como caperucita, me recordaba en ciertos aspectos a Deirdre. Encerrada sin celda y encadenada sin cadenas.

El protagonista de este relato, el lobo, era todo lo que me gustaría ser a mí, valiente, decidido… Él sí que había sabido jugar sus cartas.

En cambio yo… Mi situación era totalmente opuesta, no tenía ninguna ventaja, estaba a merced del tiempo que pasaba incansable.

Sonó el telefonillo de nuevo. Publicidad. Me acordé que hacía bastante que no iba a ver el correo y estaba pendiente de recibir un paquete, así que bajé.

En cuanto llegué al portal ella estaba allí, delante de mi buzón.

– Hola.- Le dije nada más verle.

 

Se me había puesto una sonrisa de oreja a oreja al verle, sin poder evitarlo. Y eso que no lo conocía de nada. Él en cambio tenía cara de sorprendido, y no entiendo muy bien por qué.

 

– ¿Qué haces aquí?

– Te dije que volvería.

– No, me refiero aquí abajo. No has llamado al telefonillo ni nada.

– Aproveché que entraba una chica a dejar publicidad. Además no sabía muy bien por quién preguntar si llamaba. Recordaba tu piso pero no sé tu nombre.

– Pero ibas a subir, ¿no?

– La verdad es que antes iba a buscar tu nombre en el buzón.

 

Se quedó mirándome a los ojos, y yo me quedé esperando a que se presentara. Estaba nervioso, lo notaba por su manera de mover las manos. Como no decía nada, pensé que era mejor lanzarme yo.

 

– Como no sabía tu nombre, para mí eras el chico de las zapatillas. Me llamo Elena, ¿y tú?

Presentaciones

– Yo me llamo Miguel, encantado.

Se acercó y nos dimos dos besos, su perfume invadió todo mi ser y me transportó a un lugar en donde el tiempo no pasaba, tan solo estábamos ella y yo.

Con un ligero meneo de cabeza salí de mi ensoñación.

– ¿Quieres ir a tomar algo?

– Me has mentido.

Me quedé petrificado, no sabía que había hecho estaba casi temblando.

– Me habías dicho que si quedábamos otro día no irías en zapatillas.

Miré para mis pies y ahí estaba Homer, casi parecía que se estaba riendo de mi. No pude evitar echarme a reír a carcajada limpia y ella me acompañó. El volver a oír esa preciosa risa me alegró en lo más profundo de mi corazón. No sé por qué pero cada vez que reía notaba que desaparecían todas sus preocupaciones, temores… que se sentía a gusto.

– Bueno pues entonces déjame subir a casa y cambiarme.

– Podemos subir los dos.

– Ya se me acabó la limonada.

– No vengo a verte por la limonada.

Nos miramos y sonreímos, sobraban más palabras.

Subimos a mi piso y yo fui a cambiarme directamente, la iba a llevar a un bar de tapas estupendo que había perdido de la mano de Dios en medio del monte. Cuando terminé de cambiarme fui hasta el salón. Elena estaba delante del portátil.

¡Mierda! Pajilleros.com

Iba a decirle algo, pero no sabía que decir para no cagarla más. Me fijé en su expresión, no era de susto o de asco tipo “qué clase de pervertido es este tipo” sino que era divertida.

 

– ¿Ves algo que te guste?

¡¡Ole tus huevos chaval!!

 

– Solo estaba viendo que parece que tenemos algo en común.

– ¿Tú también tienes un portátil? Jejeje.

– No tonto jaja, que tú también estas registrado en Pajilleros.com

– Vaya, eso nunca lo habría dicho.

– ¿Por qué? ¿Es que a las mujeres no nos puede gustar el sexo o qué?

– Uy si, si que puede es que…

Y se echo a reír ante mi evidente nerviosismo. No sabía casi nada de ella tan solo que cuando estaba conmigo se reía mucho. Y eso me gustaba.

– Bueno, ¿nos vamos?

– Vale, ¿a dónde me vas a llevar?

– A un bar que hay por aquí que no se si conocerás.

Salimos de casa y bajamos al garaje. Subimos al coche y nada más encenderlo se escucho a todo trapo a los “Mojinos Escozios”

“Uuuuuu ya no me veo la pishaaa” -rezaba la canción.

 

– Ups! perdón…

Cuando eché la mano para quitar el CD ella me detuvo. Sentí un escalofrío recorrer mi columna en cuanto nuestras manos se tocaron y la miré a los ojos, estaba un poco ruborizada.

Arranque el coche y nos fuimos.

Casi no nos dijimos nada, estábamos escuchando la música y de vez en cuando ella se reía debido a las burradas que decía “Er Sevilla” (que es el cantante del grupo).

Llegamos al bar y nos sentamos en la terraza trasera que daba al monte. Yo pedí lo de siempre, ya no hizo falta decírselo al camarero, ya nos conocíamos. Elena pidió una coca-cola fresquita.

 

Tomamos el aperitivo y como ya era hora de comer pues nos quedamos y comimos. Estaba buenísimo como siempre. En el postre yo no tomé nada y ella se pidió flan con nata. Yo estaba embobado viendo como esas preciosas y delicadas manos acercaban las cucharadas hacia sus carnosos y suaves labios.

 

– ¿Qué?

– Eh, nada perdón es que…

– Que… ¿qué?

– Me pareces preciosa.

Me quedé mirándole, no me lo esperaba. Me puse un poco nerviosa y sonreí.

 

– Gracias.

 

Se hizo el silencio y nos pusimos a mirar cada uno a un lado durante un rato.

 

– ¿Te apetece dar una vuelta?

– ¿Por aquí?

– Si, hay unas vistas muy bonitas.

– Vale.

 

Se levantó y fue hacia la barra antes de que me diera tiempo a decirle nada. Para cuando me levanté ya había pagado la cuenta.

 

– No deberías de invitar a una chica que no conoces casi de nada.

– Ni tú deberías de salir con un chico en zapatillas.

 

Me cogió del brazo con toda la naturalidad del mundo y salimos del bar. En los alrededores no se veía más que la carretera a un lado y campo al otro. Y tiramos por el lado del campo. Menos mal que llevaba zapatos cómodos.

 

– Bueno, creo que tenemos una conversación pendiente.

– Ah, sí, ¿cuál?

– ¿Qué hace una chica como tú en una página como esa?

– Lo mismo me preguntaba yo.

– Las damas primero.

– ¡Que caballero! jeje

 

Me quedé pensando un poco como decirlo.

 

– Estoy por ahí para pasar momentos divertidos, ¿y tú?

Luces de fuego

– Me estás preguntando que hace un tío en una página llamada Pajilleros…??. Jeje es coña, la verdad es que hace un montón de años que la conozco y lo de las fotos y los videos ya no me interesa tanto como antes. Ahora entro más bien para leer algún relato o para charlar sin más. Y bueno… no nada nada.

– ¿Qué? Qué ibas a decir?

– Es que me temo que si te lo digo tu opinión de mi va a cambiar para mal y eso no me apetece.

– ¿Y cómo sabes que mi opinión de ti no es mala?

– Bueno… ¿estás aquí no?

Acompañé de un guiño de ojo ese último comentario y ante la lógica aplastante del mismo, Elena no pudo decir nada para rebatirlo.

Llegamos hasta un merendero que había relativamente cerca, eso sí, campo a través, desde donde había unas vistas magníficas del pueblo y del río y además hacia un día estupendo, no hacía demasiado calor y no había ni una nube. Nos sentamos en un banco estratégicamente colocado para disfrutar de aquellas vistas.

– Que era aquello que me ibas a decir?

– ¿Eh?

– Si, lo que cambiaría mi opinión de ti…

– Ah, eso… pues… pues que me gustaría hacerle algunas fotos a alguien.

– ¿Fotos? Qué clase de fotos?

Me quedé mirándola y levante la ceja al más puro estilo Carlos Sobera.

– Pos fotos… una página llamada Pajilleros… 2 + 2…

– Jajajajaja

No sabía si es que le hacía gracia la situación o mi forma de contarlo pero se echo a reír hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas.

– ¿Y no hay ninguna voluntaria?

– Pues no, la verdad. Aunque pensándolo es lo más lógico porque no soy fotógrafo profesional y quien se va a fiar de un tipo que sabe Dios quién es.

– Yo me fié de un tipo en zapatillas.

Ahora fui yo el que se echo a reír. Tenía toda la razón del mundo. Había venido a mi casa, dos veces, había venido a comer conmigo y ahora estábamos aquí, perdidos en medio de la nada solos. No haces eso a no ser que te fíes de la persona con la cual estás.

Habíamos estado de cháchara toda la tarde y empezaba a atardecer. Lo que más me gustaba de este merendero era que estaba orientado hacia el Oeste, y cuando el sol se ponía se reflejaban los últimos rayos en el río y parecía que estallaba en llamas.

Nos quedamos en silencio contemplando la puesta de sol.

– Es una pena que no tengas aquí tu cámara.

– Si la verdad es que es una puesta de sol preciosa.

– ¿Lo que me dijiste en el bar es cierto?

 

Ya me temía yo que eso o tardaría en salir… -mirándola a los ojos y con expresión seria le dije.

 

– Por supuesto que iba en serio, habría que estar muerto para no darse cuenta de que eres preciosa tanto por dentro como por fuera.

 

Elena me miró a los ojos y sonrió. Se acerco un poco a mi apoyó la cabeza en mi hombro. Qué bien me sentía, ojala pudiera parar el tiempo en ese momento para que fuera eterno.

 

– ¿Sabes…? no me importaría que me sacaras unas fotos…

Mira que me daba vergüenza que me sacaran fotos… pero me había salido así. Incluso me costaba hacérmelas yo sola. Pero dejé de pensar en eso mientras tenía mi cabeza apoyada en su hombro. Se estaba tan a gusto. Era extraño porque apenas lo conocía de nada, pero estando así me sentía a salvo. Como si en ese momento nada pudiera dañarme, como si él me estuviera protegiendo. Y en cierto modo estaba protegida. Al menos estaba lo bastante lejos de la gente a la que quería olvidar.

 

– Bueno, si quieres podemos venir otro día a hacer unas fotos por aquí.

– Sería estupendo.

 

Entonces recordé las marcas de mi cuerpo y un escalofrío me recorrió la columna. Siendo aquella página a él le gustaría hacer fotos con muy poca ropa, y eso dejaría a la vista algún moratón. Hasta el momento lo llevaba bien, tapándolos con maquillaje, crema o con la ropa… pero creo que no se le pasarían a él por alto en una sesión de fotos.

 

Intenté dejar de pensarlo pero el momento mágico pasó. El sol se escondió y con él mi ilusión.

 

– Se hace tarde, creo que deberíamos volver.

– Podemos quedarnos un rato más.

– Tengo que volver a casa.

– Vale. Ya volveremos para la sesión de fotos.

El camino de vuelta lo hicimos en silencio, Elena estaba como más seria, no sabía si era porque se había molestado por mi último comentario de las fotos. Había posibilidades porque para alguien que estuviera escuchado habría sonado muy desesperado.

Éste lo único que quiere es despelotar a la chavala -Viéndolo desde un punto de vista objetivo, podría ser una deducción lógica, pero nada más lejos de la realidad. A mí me gustaba esta chica, no solo físicamente, que también, sino que me sentía fenomenal cuando estaba con ella. Nos entendíamos, nos compenetrábamos, no hacía falta que dijéramos nada para estar a gusto. Simplemente disfrutábamos del tiempo que pasaba mientras estábamos juntos.

 

Llegamos al coche, quité el CD de los Mojinos y puse otro de creación propia, más relajado.

 

– Bueno ¿y a dónde te llevo? Porque tú sabes donde vivo yo, pero yo no sé dónde vives tu.

– Será mejor que no me lleves a casa, solo déjame cerca y ya voy yo andando.

– No me parece nada caballeroso pero como desees…

 

Sabía perfectamente por qué no quería que le llevara a casa. Lo más probable es que no le dijera a su “pareja” a donde iba o le diría que iba a junto de una amiga y no querría que la viera llegar con un tipo que no conocía y sola.

 

Llegamos a donde ella me indicó y aparqué. Nuestros ojos se encontraron en la intimidad del coche, ninguno de los dos quería salir.

 

Por fin ella decidió salir y yo la acompañé.

 

– Me lo he pasado estupendamente y tenías razón, en el bar se come muy bien.

 

Su sonrisa llena de ternura iluminaba esa oscura noche de luna nueva.

 

– A todo esto… como puedo encontrarte en Pajilleros.com

– No te preocupes que yo te encontraré a ti.

– Jejeje te fijaste en mi nick, ¿no?

– Si jejeje

– Vale, pues… bueno… hasta otra espero.

 

Bésala bésala!!! -Si fuera tan fácil…

 

– Hasta otra “chico de las zapatillas”.

 

Nos quedamos inmóviles el uno delante de la otra, el tiempo se había detenido…

No podía dejar de mirarle, pero tenía que irme. Algo en mi interior me decía: bésalo, pero por otro lado algo me decía no lo hagas o lo perderás. Y al final no lo hice.

 

Me costó alejarme de allí y volver a la realidad, pero tenía que afrontar lo que me esperaba.

 

A la mañana siguiente cuando me levanté me dije, voy a buscarle. Pero tenía miedo, no por él, sino por mí. Estaba auto convencida de que yo no era el tipo de chica con quien él estaría. Me consideraba marcada por mi vida, y aunque quería liberarme de ella, sabía que debía de hacerlo sola y sin llevar cargas. Y sabía que no le había conocido en el mejor momento.

 

Tras mucho reflexionar, al final me planté delante del ordenador e inicié la búsqueda. Sabía que había visto su nick en algún lado, pero no sabía dónde. Pero algo tenía claro, había sido en el hilo de charlas, sin duda. Entré y busqué pero nada. Era extraño, juraría… y de pronto, allí estaba y conectado. Fui a enviarle un mensaje privado y entonces me di cuenta que si lo hacía vería mi hilo, me descubriría.

 

Como jugaba con ventaja busqué un poco más sobre él. No encontré hilo ni fotos, solo post en diversos sitios. Al final me decidí a mandarle el privado, ateniéndome a todas las consecuencias de ser descubierta.

 

“Hola chico de las zapatillas. Te dije que te encontraría.”

 

Cuando vi el correo y la notificación de que alguien me había mandado un mensaje privado pensé Ya la he liado y los moderadores me van a dar un toque -y fui rápidamente a verlo.

 

“Hola chico de las zapatillas. Te dije que te encontraría.”

Firmado: Deseolibertad

El corazón me dio un vuelco, lo había hecho, me había encontrado. Me fijé y estaba conectada, así que le mandé otro privado yo.

“Hola, chica que se va con un chico en zapatillas, así que me has encontrado… y debo decir que no has tardado mucho felicidades, o más bien gracias porque ahora ya te tengo localizada yo también”

Firmado: Odín

En su firma había un enlace así que lo visité. Era un relato, en él contaba que le gustaría cambiar su situación, no decía cual era pero yo ya la conocía. Decía que se sentía atrapada por el amor que sentía por su familia. Destilaba tristeza a pesar de que los pajis intentaran consolarla y darle todo su apoyo.

Pobre chica…me gustaría ayudarla pero cómo…-sentía una rabia interior inexplicable. Cómo iba a conseguir que aquel tipo la dejara en paz. No se me ocurría nada asique se lo pregunté.

“He leído tu relato y la verdad que me ha entristecido, nadie debería vivir así y mucho menos una chica tan maravillosa como tú, si ya sé que apenas nos conocemos pero… pasaría el resto de mi vida contigo.

Cómo puedo ayudarte?”

Firmado: Odín.

 

 

Imaginaba que no tardaría en leer el relato. Pero bueno, ya no podía cambiarlo. Pero después caí en que casi le había contado más a él que lo que ponía allí.

 

Me quedé un poco trastornada cuando leí el final de su mensaje: pasaría el resto de mi vida contigo. Pero no quise darle mayor importancia a sus palabras. Al fin y al cabo eran solo eso, palabras.

 

“Ya me has ayudado bastante. Me has hecho volver a sonreír, y eso no era nada fácil”

Firmado: Deseolibertad

 

“Aún así me gustaría hacer más”

Firmado: Odín

 

No sé por qué pero me entró un poco el pánico y le escribí:

“No hay mucho más que puedas hacer, pero gracias. Tengo que irme, hasta otra ocasión”

Firmado: Deseolibertad

 

Cerré aquello. No tenía que irme a ningún lado, pero tenía que desconectar. Y sin saber muy bien por qué, de pronto me eché a llorar.

Decisión arriesgada

Se desconectó, tan rápido como había aparecido.

Se habrá molestado por lo que le dije… es que también solo a ti se te ocurre matao -me estaba flagelando a mi mismo una y otra vez con ese pensamiento.

Y si se había asustado… sería lo normal después de que alguien desconocido le dijera prácticamente que la quería… Y si, eso era exactamente lo que sentía. La amaba. No era atracción física simplemente, deseaba estar con ella, observar sus movimientos, escuchar su voz, oler su perfume, abrazarla… quería estar con ella el resto de mi vida.

Pero cómo…

Eso era lo difícil, cuando lo mencioné, cuando insistí un poco, desapareció. Decidí que por lo menos lo intentaría, intentaría que aquello que decía en su relato “querría poder volar como los pájaros para alejarme de esta vida en cautividad”.

 

Me fui al bar donde habíamos comido el día anterior y le pregunte al “culé” (así era como le llamaba a mi colega porque era del Barça) si sabía quién era, si la habría reconocido… Me dijo que nunca había ido al bar pero que le sonaba de haberla visto con un tipo en otro local del pueblo. Fui al local donde me había dicho pero no estaba allí, por suerte ese local daba a una plaza en la que había un bar al que iba a veces. Me senté en la terraza del bar y esperé.

El tiempo pasaba… ya me había tomado tres cafés, leído dos veces el periódico y hasta había comido allí. De vez en cuando le echaba una ojeada a Pajilleros.com a través del móvil por si se conectaba o me había mandado algún mensaje. Claro que podría mandarle yo alguno pero parecería que estaba desesperado, y lo estaba pero tampoco era plan de clamarlo a los cuatro vientos. Cuando levanté la vista ella acababa de doblar la esquina, estaba acompañada por su “novio” y por dos tipos que parecían amigos de este.

Se estaban acercando al local y justo antes de entrar Elena se giró y me miró directamente, era como si supiera que iba a estar allí, como si oyera los gritos desesperados que le enviaba mi mente.

Me levanté de la mesa y me dirigí hacia ella. Ella levantó sutilmente la mano para decirme que no y me detuve. Le señalé con la mirada la dirección por donde ellos habían venido y me puse en camino.

 

No sé qué hacía allí pero fue entrar en la plaza y sentir que unos ojos me miraban. Fue una sensación muy extraña y algo me dijo que era él. No me costó encontrarlo con la mirada. Quiso venir hacia mí pero eso me hubiera hecho tener que dar muchas explicaciones. Se iba hacia donde habíamos entrado. Me paré un segundo tras quitarme la pulsera que llevaba y se volvieron hacia mí. Le pedí las llaves del coche con la excusa de que se me había caído la pulsera e iba a cogerla. Tardaría unos minutos solamente. Me dejaron las llaves puesto que la pulsera era el regalo que me había hecho para que lo luciera esa noche.

 

Con las llaves en la mano me fui hacia el coche. Salí de la plaza, doblé la esquina y allí estaba él. Me acerqué hacia el coche y él también.

 

– ¿Se puede saber qué haces aquí?

– Tenía que verte.

– Para mí es bastante peligroso que hagas estas cosas.

 

Me miró con cara triste. Yo saqué la pulsera y me la puse.

 

– Mira, mi vida no es fácil, vale. Y creo que lo mejor es que no nos veamos más para que no haya problemas. Gracias por todo chico de las zapatillas.

 

Le di un beso en la mejilla y me fui de vuelta al local para que no sospecharan sin dejarle tiempo siquiera a reaccionar y contestar. Eso sí, me fui con muy mal sabor de boca, unas increíbles ganas de llorar y sin mirar atrás para no venirme abajo. Aquel chico tenía algo especial, y yo no estaba a su altura.

Me quedé allí plantado con cara de circunstancia.

Y que esperabas presentándote así en plan acosador -no me gustaba la idea pero era una reacción totalmente comprensible. Nos habíamos conocido hace nada, solo habíamos ido a comer y a dar una vuelta por el merendero. No estaba pensando las cosas, me estaba dejando llevar y eso no era bueno.

 

Me fui a casa totalmente abatido. Estaba mal, lo había fastidiado todo por no pensar, por no ver la situación desde su punto de vista. Me había creído que sus sentimientos hacia mi eran como los míos… sentimientos…

La quieres, no intentes auto convencerte de lo contrario.

– Si, la quiero, pero no puedo tenerla, por su propio bien.

Y ya está, te rindes sin mas… eso no es propio de ti.

– Ya lo sé, no tengo intención de rendirme, es solo que tengo miedo de hacer alguna de las estupideces que se me están pasando por la cabeza y causarle problemas. No puedo aparecer así sin más y decirle, “Hola, escápate y ven a estar conmigo para siempre”eso no funciona ni en las películas.

 

Pasaron unos días en los que no supe nada de ella, no se había conectado, no había ido al local que frecuentaba su “novio”… era como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra.

Le envié un mensaje privado donde le pedí disculpas por mi actuación del otro día, le decía que quería saber algo de ella, algo que me indicara que estaba bien.

Pasaban los días y no respondía. La desesperación se estaba apoderando de mi. Así que me vestí y me fui decidido a encontrarla. El pueblo tampoco era tan grande, aunque no podía preguntar abiertamente a nadie. Tenía que ser sutil, algo que no era ni mucho menos mi especialidad.

Y que tienes pensado, llamar puerta por puerta como los niños vendiendo rifas para el viaje de fin de curso?– eso no era viable. Así que fui a donde la dejé cuando vinimos de comer.

 

Había varias casas, y en ninguna había ninguna señal de… bueno, de nada.

Se puede saber qué demonios estas buscando? Crees que va a haber un cartel en la puerta que diga “Casa de Elena, el amor de tu vida”. Despierta!!! No la vas a encontrar si ella no quiere!!!

Era doloroso, pero era verdad, no podía encontrarla si ella no quería.

Con un suspiro mezcla de resignación, desesperación y decepción me fui para casa. Estaba anocheciendo, se escuchaban los relámpagos a lo lejos, y estaba empezando a llover.

 

Con la tormenta ya encima, caminaba pesadamente con las manos en los bolsillos y los hombros caídos, ni me preocupaba en intentar refugiarme en las cornisas de los edificios del aguacero que estaba cayendo, me daba igual, nada importaba. Al cruzar la avenida principal un coche que pasó por encima de un charco me empapo aun mas. Cuando levanté la vista para ver quien había sido el “simpático” mis ojos no daban crédito a lo que vieron. El coche del “novio” de Elena, y juraría que ella iba dentro.

Aun habiendo tomado todas las precauciones posibles, él se había dado cuenta. Quizás había cambiado algo en mi forma de ser o de actuar. Pero el caso es que mi novio se había dado cuenta de que pasaba algo raro, y lo primero que se intuyó es que había conocido a alguien. Para que luego digan que las mujeres somos las del sexto sentido.

 

Así que me había prohibido salir de casa si no era con él. Ahora venía siempre a recogerme con el coche. Al principio no me pareció tan mal, incluso me vendría bien acostumbrarme porque era con él con el que se suponía que tenía que pasar el resto de mi vida. Incluso intenté ilusionarme. Todo fue inútil. Él no se me quitaba de la cabeza, por mucho que le había dicho que no quería saber nada más de él. Lo echaba de menos. Encima había problemas con las líneas en mi barrio y estábamos sin internet.

 

Pasaban los días y estaba empezando a desesperarme. Empecé a ver aquello como el arresto domiciliario que era y si ya mi vida empezaba a ser así, me imaginaba que me podía esperar en el futuro. La gota que colmó el vaso fue cuando vino una amiga a casa y ni siquiera me dejaron verla, dijeron que no estaba para que no saliera con ella. Yo estaba en la ventana y si la vi.

 

Estaba harta de todo aquello. Seguí mirando por la ventana. Quizás no había tanta altura, quizás podía bajar por ahí. No, me rompería una pierna si lo intentaba y sería peor. ¿Pero qué era peor que estar allí encerrada con un destino predestinado?

 

Impulsivamente cogí un par de bolsas de viaje que guardaba encima del armario y las llené de ropa, el neceser y las cosas que para mí eran importantes. Cuando ya estaban llenas las metí debajo de la cama y me vestí, hoy venía a recogerme para salir. Me llevó a cenar y yo como si nada. Quiso que fuéramos a otro sitio pero le dije que estaba cansada y prefería volver a casa. Justo cuando estábamos casi llegando empezó a caer una tormenta repentina.

 

Una vez en casa me cambié y miré por la ventana. Llovía a mares y las calles estaban anegadas de agua. Pues vaya día para fugarse de casa. Miré las maletas y entonces pensé que no tenía donde ir. Aunque, tenía una amiga en un pueblo cercano, quizás si cogía un autobús… Casi de manera inconsciente me puse unos vaqueros y una camiseta con capucha y cogí las maletas. Las lancé por la ventana y yo bajé como pude. Me empapé un poco, pero al menos había cogido el paraguas. Fui hasta la avenida principal y cogí un taxi. Estaba segura de que me pillarían antes, pero había habido suerte. Casi estaba toda de mi lado hasta que llegué a la estación de autobuses y estaba cerrada. El primer autobús no saldría hasta por la mañana. Miré la hora, era cerca de la una. Con la que estaba cayendo no podía esperarme en ningún lado hasta por la mañana, hacía muy mal tiempo y seguramente cogiera un resfriado de lo empapada que estaba.

 

El taxista me dijo que si me bajaba o no. Entonces se me pasó una cosa por la cabeza. Sabía que era una locura, pero tampoco tenía muchos sitios adonde ir. Le di una nueva dirección al taxista y me planté en la puerta de su bloque. Seguramente estaría dormido, pero no tenía donde ir, así que al menos tenía que intentarlo. O quizás después de lo que le había dicho no quería verme. Estaba empapada y si él no me abría no me quedaría más remedio que buscar un hostal y estaba segura que al día siguiente me encontrarían, por lo que la fuga solo habría servido para empeorar mi situación. Por primera vez desde mi fuga tenía miedo.

 

Llamé al telefonillo y esperé.

Pasiones desatadas

El telefonillo sonó. No esperaba a nadie. No estaba de humor para visitas pero aún así fui a ver la pantallita. Mis ojos no daban crédito a lo que vieron. Era Elena, estaba aquí en el portal de mi casa y se veía empapada. Abrí la puerta sin ni siquiera preguntarle si quería subir. Ella entró.

Empecé a dar vueltas nervioso por el hall, parecía un chiquillo esperando le llegada de Papá Noel.

Sonó el timbre y abrí la puerta.

Allí estaba, como una sirena a la que le habían salido piernas recién salida del agua. Preciosa. Me quedé embobado viéndola, nos miramos a los ojos que le brillaban como si contuvieran la embestida de mil elefantes.

– Uy! Perdón… pasa pasa.

– Gracias.

No me vi en el espejo en ese momento pero apostaría a que tenía cara de alelao. No podía dejar de mirarla, es como si yo fuera una mosca y ella una de esas luces azules que las atraen.

– ¡Pero estás empapada! Espera que voy a buscarte algo seco, mientras puedes ducharte… bueno espera eso ha sonado un poco raro ¿no?

– Jajajajaja no se si es raro pero es lo que me vendría muy bien en este momento.

– En ese caso ven conmigo la ducha está en mi habitación.

La acompañé hasta el baño y la deje sola para que se duchara.

Estaba nerviosísimo, después de todo, la mujer de mis sueños estaba desnuda duchándose en mi casa. Sentía un impulso casi incontenible de ir hasta el baño con la excusa de llevarle una toalla.

No serás capaz de ir, ¿es que estás tonto? Quieres que desaparezca tan súbitamente como ha venido? Esta vez podrías estar seguro de que la perderías para siempre.– era verdad, asique deseché las ganas y me contuve.

 

Cuando salió de la ducha vino hasta la cocina donde estaba yo.

– No sé si has cenado pero si quieres te puedo preparar al…go.

 

No pude ni acabar la frase por culpa de la visión que apareció ante mí. Tenía puesto mi albornoz. Uno de sus hombros estaba al descubierto y la manga caída dejaba ver su escote. Tuve que concentrarme mucho para poder cerrar la boca.

– ¿Quieres cenar algo?

– No, no te molestes.

– No es molestia.

– En ese caso tomaré un vaso de leche calentita.

– Oído cocina.

 

Le preparé la leche y nos fuimos al salón, ella se sentó en el sofá mientras le sujetaba el vaso y al agacharse no pudo evitar que se le abriera un poco más el albornoz. Y yo no pude evitar verlo.

Al levantar la vista ella me estaba mirando, en menos de un segundo estaba totalmente colorado.

 

– Lo siento.

 

Ella simplemente sonrió.

Al poco rato de acabarse la leche se había quedado dormida. A juzgar por cómo había venido, empapada y con maletas, deduje que se había marchado de casa, y que estaría algo cansada en un día de emociones fuera de lo común. La cogí en brazos y la lleve hasta mi cama. Suavemente la dejé en la cama pero ahora venia lo complicado, el albornoz estaba húmedo. Si se lo dejaba puesto toda la noche seguramente cogería un resfriado. Con muchísima suavidad la abracé para incorporarla y poder quitarle las mangas sin que se despertara, cuando lo conseguí la dejé otra vez sobre ella. Elena me estaba mirando fijamente a los ojos.

No había palabras que decir… no había nada que pensar… si alguna vez hubo un momento para actuar era este. Allí nos encontrábamos, un hombre, una mujer y una incontenible marea de emociones.

Nuestros ojos estaban fijos los unos en los del otro. Le acaricie la cara con suavidad, con ternura, con cariño porque al fin y al cabo la quería. Desde el primer momento en que se cruzaron nuestras miradas supe que quería pasar mi vida con esa chica. Y ahora estaba tumbada desnuda en mi cama. Fuera por la razón que fuera no estaba nervioso. Ella me devolvió la caricia y nos besamos.

Fue un beso lleno de intensidad que provocó que mi cerebro dejara de ser el regidor de mis actos. Ahora la pasión lo dominaba todo.

Me abalance sobre ella intensificando el movimiento de nuestras lenguas. Mis manos acariciaban su cuerpo desnudo sin dejar que se perdiera el calor de la caricia anterior. Era mía y yo era suyo, me despojé de mi ropa casi arrancándola de mi cuerpo con furia.

Dejé su boca para lentamente ir descendiendo hasta su cuello. Lo besaba, lo lamía y lo chupaba como si quisiera extraerle la sangre que su corazón bombeaba a mil por hora. Ella gemía con cada chupetón, se retorcía, arqueaba la espalda… lo estábamos disfrutando los dos. Mis manos subían y bajaban deteniéndose en sus pechos, los pezones estaban hinchados por la excitación y yo los pellizcaba suavemente. Mi boca bajó todavía más, hasta sus pechos, en los que me recreé a gusto, su respiración era cada vez más agitada. Mi mano descendió hasta su coño, estaba muy húmedo. Poco a poco introduje un dedo al tiempo que ella lanzaba un largo suspiro, con mi dedo totalmente dentro de ella me agarró la cabeza y me besó como si no fuera a haber un mañana.

Introduje otro dedo, ella intensifico el abrazo. Estaba muy caliente, parecía que se corría con cada movimiento de mis dedos y quería que eso sucediera así que aumenté el ritmo con que mis dedos entraban y salían, subían y bajaban dentro de su húmedo orificio. Me soltó y se retorció, el momento estaba cerca, agarraba las sábanas con fuerza y yo me dirigí hacia sus pechos. El orgasmo fue brutal, noté las convulsiones de su cuerpo, los músculos de su chorreante coño apretándome los dedos, los gemidos convirtiéndose en gritos que no paraba de soltar… precioso. Sus mejillas estaban coloradas y respiraba agitadamente. Nos miramos a los ojos, los suyos reflejaban satisfacción, liberación y tranquilidad, los míos felicidad y satisfacción. Satisfacción nacida de sus sentimientos. Nos besamos nuevamente y nos tumbamos en la cama. Esa noche descansé como nunca antes en mi vida.

Un rayo de luz que entraba por una de las rendijas de la persiana me despertó. Al principio estaba un poco confusa, no sabía dónde estaba. Después le vi a él, dormido a mi lado sobre las sábanas y recuerdos de la noche anterior vinieron a mi mente. Seguí mirándole, se le notaba tan relajado durmiendo. Tenía una cara angelical.

 

Quería levantarme de la cama para ir al baño pero no quería hacer ruido y despertarle; así que esperé un poco. Me sentía a gusto allí con él. No pude evitar pensar que posiblemente ya se hubieran dado cuenta de mi fuga y que podían estar buscándome.

 

Empezó a moverse un poco y me quedé mirándole hasta que despertó.

 

– Buenos días.

 

Si yo me había levantado desorientada, él sí que lo estaba. Me miraba como si aquello no fuera real, sino que siguiera siendo un sueño o algo así.

 

– ¿Estás bien?

– Si, es solo… vaya, que esto demuestra que lo de anoche no fue solo uno de mis sueños, sino que…

– Así que uno de tus sueños…

 

Se sonrojó y yo también un poco. Había soñado conmigo y más de una vez por lo que parecía.

 

– Bueno, yo me voy a levantar que tengo que ir al baño y creo que va siendo hora de que hablemos y te de una explicación a lo de anoche, ¿no crees?

 

No dijo nada, simplemente se me quedó mirando mientras me levantaba de la cama y me iba al baño. Sabía que iba desnuda y eso me cortaba un poco pero el baño estaba al lado y además él ya me había visto desnuda esa noche.

Me quede mirando embobado como se dirigía hacia el baño. Me fije en como su trasero se movía al ritmo de sus pasos, (parecía un viejo verde a la salida de un instituto).

Ve a por ella – esa idea no paraba de golpearme una y otra vez.

Me levante de la cama y fui hacia la puerta del baño en cuanto oí la cisterna. Al abrir la puerta Elena se sorprendió de verme allí, de pie.

No le deje tiempo a que reaccionara, me eche hacia adelante y le di un beso mientras la abracé con fuerza. Pese a su sorpresa inicial no intento apartarme, más bien todo lo contrario. Me devolvió el abrazo con más fuerza si cabe.

Mis manos recorrían su espalda, sus hombros y de vez en cuando bajaban hasta su culo, que era extraordinariamente suave. Lo estrujaba con pasión y cariño, en los breves instantes en los que nuestras bocas se separaban nuestras miradas se encontraban y nos decíamos sin palabras que nos deseábamos.

La empujé contra la pared al tiempo que cogía sus manos y las inmovilizaba encima de su cabeza. Ella arqueó la espalda, la pared estaba fría, y sus pezones se pusieron todavía más duros. Me separé un poco para contemplar la escena.

Estaba inmovilizada contra la pared de azulejos del baño, desnuda. Su pecho subía y bajaba apresuradamente. La miré a los ojos, su boca entreabierta no articulo palabra pero sus ojos pedían más, mucho más. Y yo iba a dárselo.

Me acerque a su boca y ella acerco la cabeza, me retiré lo justo para que notara mi cálido aliento en su juguetona lengua que salía de su boca buscando la mía, pero no la iba a encontrar, al menos no de momento.

Tenía las mejillas enrojecidas y besé una. Mire sus pechos, los pezones seguían hinchados, nuestros ojos se encontraron. Arqueó la espalda como pidiendo que le chupara las tetas y esta vez sí que la complací. Bajé la cabeza y le chupé esos deliciosos y duros pezones. Con la mano libre acariciaba su vientre, sus muslos y furtivamente me pasaba por su sexo que cada vez estaba mas y mas mojado.

Lo suspiros se convirtieron en gemidos en cuanto le metí un dedo en el coño. Lo saque y se lo restregué por el pezón que todavía no había probado, se quedo mojadito, durito y muy tentador.

Caí en la tentación.

Nunca había saboreado nada igual, la mezcla del sabor de sus fluidos con la dureza de aquel pezón era indescriptible.

Ella se estremeció y se arqueó muchísimo, parecía que estaba a punto de correrse y lo iba a conseguir.

Atrape el pezón entre los labios y lo apreté al tiempo que metía dos dedos en su coño. Los movía juntos y por separado, cogía el pezón, lo soltaba, lo lamia… y ella estalló. Los gemidos se convirtieron en gritos, se estaba corriendo y se notaba que estaba dejando atrás todas las preocupaciones, las inquietudes y los miedos. Se humedeció todavía más y un hilillo de sus fluidos internos empezaba a resbalar por la cara interna de sus piernas.

En cuanto terminó ese apoteósico orgasmo, le solté las manos y la deje libre. Se apoyó en la pared y se resbalo lentamente hasta el suelo. Respiraba muy agitadamente y los coloretes en las mejillas no habían desaparecido, me miro a los ojos, en los suyos había lujuria.

Levanto una mano hasta mi miembro, que a pesar de estar debajo del bóxer se notaba erecto, al tiempo que se ponía de rodillas. Mientras lo acariciaba empezó a deslizar la otra mano por debajo de la tela en mi pierna, mi polla se endureció aun mas al notar la calidez de su piel. Dio un tirón y me bajó los calzoncillos hasta los tobillos.

Se quedo mirando mi miembro un rato, luego me lanzo un mirada juguetona mientras se humedecía los labios con la lengua. La besó en la punta y siguió besándola por debajo hasta la base. Saco la lengua y la lamió en dirección opuesta. Estaba cardíaco, sentía que me iba a explotar la polla, creo que nunca la había tenido tan dura como en ese momento. Abrió la boca y empezó a chuparla, su boca estaba muy caliente y su lengua no paraba de moverse en ella.

No aguanté mucho  tiempo, sabía que si seguía así mucho rato iba a correrme irremisiblemente. Una parte de mi quería pero otra dirigió mis manos hacia sus hombros y agarrándola con fuerza la levanté del suelo y la eché contra la pared.

Nos besamos como si ese instante fuera el último de nuestras vidas. Ella se dio la vuelta y arqueó la espalda como invitándome a entrar y no rechacé la invitación. Mi polla se abrió camino dentro de su húmedo agujero con facilidad, Elena suspiró con fuerza mientras entraba al tiempo que yo le chupaba el cuello. Empujé hasta el fondo y me quedé quieto. Ella empezó a moverse adelante y atrás, arriba y abajo…, yo acompañaba sus movimientos, sentía en calor de su cuerpo en mi pecho, su agitada respiración, sus gemidos… lo sentía todo. Acabamos a la vez entre sudor, gritos y frenesí.

Se dio la vuelta y nos fundimos en un beso acompañado de un abrazo y el tiempo se detuvo.

Decidí que era hora de darle una explicación y después de vestirme nos fuimos a sentarnos al sofá.

 

– Supongo que te habrás fijado en las marcas de mi cuerpo y en los moratones.

 

Por su cara supe que apenas se había percatado de ellas. Quizás no eran tan evidentes como lo que yo pensaba.

 

– Anoche me escapé de casa. Sé que no era el mejor día pero había reunido las fuerzas suficientes. Fui a coger un autobús pero no había hasta esta mañana. No sabía qué hacer y por eso vine aquí.

 

Él solo me miraba embobado, no me decía nada.

 

– No me he venido el plan ocupa, pero seguramente hoy empiecen a buscarme y no me vendría mal quedarme por aquí hoy si no te importa. Aún tengo que pensar bien en lo que voy a hacer y donde voy a ir.

 

Él lo único que hizo fue levantarse y venirse a mi lado a abrazarme. Aquello pudo conmigo y empecé a llorar. En ese momento era lo que más necesitaba y él lo sabía. Me abrazaba cada vez más fuerte para que me fuera calmando y funcionó.

 

– ¿Mejor?

– Si, muchas gracias.

– Vale, pues ahora deja de pensar en eso. Ya que hoy no podemos salir, que te apetece que hagamos aquí?

 

No pude evitar sonreír. Aquel chico conseguía sacarme la sonrisa que hace tanto tiempo creía perdida.

 

Entonces recordé algo.

 

– Me dijiste que querías sacarme unas fotos, ¿no? ¿Qué te parece si me las haces aquí


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