Calor de verano * Relato fantasías


Me llamo Raquel, tengo 35 años, y hoy he decidido plasmar en estas líneas la historia que me sucedió mientras me encontraba plácidamente de vacaciones en un pueblo de la costa levantina.

 

Estoy divorciada desde hace dos años. Y desde entonces, mis aventuras sexuales son muy reducidas. Algún amigo cercano, un conocido de alguien… relaciones que han durado un mes, unos días, un fin de semana, o en algún caso, tan sólo una noche.

 

Como os decía, nada del otro mundo, pero lo suficiente para no explotar, ya me entiendes…

 

Antes de llegar al meollo del asunto, quiero contarte algo más sobre mí, para que puedas imaginarme; saber más o menos cómo soy físicamente. Así que vamos a describirnos un poco.

Mido 1,67, peso alrededor de 70kg, y soy morena de pelo. Pelo que, por cierto, tengo liso y largo, por debajo de los hombros. También llevo flequillo, aunque es algo que varía cada vez que voy a la peluquería, pero bueno, en el caso que os voy  a contar, llevaba flequillo.

Tengo curvas, y mis medidas son aproximadamente 95-65-90. No tengo hijos, y, aunque no soy una deportista nata, me gusta conservarme lo mejor que puedo. Soy lo que se llama vulgarmente una madurita interesante o una MILF (pero sin hijos jeje), aunque la verdad es que pienso que llamarme madurita con 35 años es exagerado, pero el caso es que en más de una ocasión me han visto de esa forma.

Tengo los ojos verdes, la tez morena, el pecho bastante firme, y un culito que es uno de mis mayores atractivos, pero no el mayor… el mayor son mis labios: carnosos sin exagerar, y, por lo que dicen las malas lenguas, muy sensuales.

Resumiendo: me considero (y me consideran…) una mujer atractiva.

 

Y ahora ya vamos al lío.

 

Desde que me separé he pasado dos veranos en un pueblo de mar pequeñito, alejado de las masificadas costas españolas en los meses de julio y agosto. Me voy allí mis tres semanas de vacaciones y desconecto del mundo totalmente. Son días que me dedico a mí misma: paseo por la playa, cocino sin prisas, leo muchos libros, veo pelis, y disfruto de una buena copa de vino cuando se va el sol.

Alquilo una casita pequeña muy cerca del mar con una terraza en la planta de arriba que es un auténtico deleite para los sentidos.

 

Fue una noche de finales de julio cuando, dando un pequeño paseo, paré en una terraza a tomar algo. Aunque creas que sí, no lo hice porque viera a Juan; simplemente me senté, embebida en mi mundo, y él estaba allí, a apenas unos metros de distancia. Pero en serio, yo aún no le había visto.

Poco tardó en entrarme con una pregunta estúpida que no recuerdo, pero algo del estilo como ¿Tienes hora? No me hizo mucha gracia, pero tampoco te voy a engañar: estaba buenísimo. Total, que al final me lió y consiguió sentarse en mi mesa.

Tenía 27 años, soltero, y estaba de paso; de viaje de trabajo, me dijo. Me extrañó que acabara durmiendo en un pueblo tan pequeño que apenas tenía una pensión y directamente le pregunté. Por lo visto era comercial de no se qué, y hacía rutas veraniegas por toda la costa ofreciendo sus productos.

Hablamos durante varias horas y cuando nos echaron de la terraza, cada uno tomó su camino. Evidentemente me había sacado mi número de móvil a pesar de mis reticencias iniciales, pero acabé cediendo por el efecto del vino.

 

Al despertar a la mañana siguiente lo primero que me vino a la cabeza fue él. Me había hecho más gracia de lo que creía.

Miré el móvil y tenía un mensaje suyo dándome los buenos días y blablabla.

Admito que me encantó.

Nos pasamos todo el día enviándonos mensajes hasta que al llegar la noche, concertamos una nueva cita. Estaba a casi 200kms pero volvió a coger habitación en la pensión de anoche.

 

No es que tuviera yo grandes planes, pero lo que sí que tenía claro es que no tenía grandes modelitos para esa noche. Cuando preparo estas vacaciones en lo que menos pienso es en traerme ropa para salir, más allá de cuatro vaqueros y tres sandalias bajas.

Total, que tuve que coger el coche y acercarme a Valencia para ir de compras.

 

De tienda en tienda se me fue la tarde…y el dinero.

La cita estaba concertada en el bar de ayer, a las 22h, ya cenados.

Puntualmente me presenté allí, vestida con mis mejores y recientes galas: camiseta escotadísima de raso blanco, y ceñida a más no poder, vaqueros de pitillo negros, y unos zapatos de tacón rojo de infarto. Pensé: “si voy, al menos que se quede con la boca abierta”. Y así fue. Sólo le faltó que se le cayera la baba nada más verme aparecer.

 

Sinceramente mis expectativas para esa noche no eran más que darle el gustazo de que durante el tiempo que durase la cita se recrease mirándome, pero… siempre hay un pero. Como ya comenté, estaba bueno, muy bueno. Tenía 8 años menos que yo y la verdad es que me ponía.

Vino tras vino, las primeras copas, calor veraniego… Conseguimos convencer al dueño de la terraza para que nos vendiera una botella de tequila, que juramos bebernos a chupitos a la orilla del mar. Y empezamos la tarea, pero pronto cedí y le dije que estaríamos más cómodos en mi casa. Sí; mea culpa.

 

Apenas habíamos pasado la puerta que empecé a sentir una excitación súbita; no me anduve con remilgos. Cerré, le cogí la mano, y directamente le guié hasta el dormitorio. No abrió la boca.

 

  • Raquel eres una diosa.
  • Siéntate en la cama – le dije-. Quiero que me mires, y que me cuentes todo lo que vayas sintiendo.

 

Se tumbó. Yo me quedé de pie mirándole, mordiéndome el labio, y empezando a quitarme la camiseta. En lencería me había dejado un dineral, y lo primero que pudo ver fue un sujetador de raso tipo push upque me apretaba las tetas y me las alzaba casi hasta la garganta. Después fui desabrochando mi pantalón poco a poco. Lo bajé justo hasta las rodillas. El tanga de raso blanco a juego con el sujetador me tapaba lo justo por delante y ensalzaba mi culazo.

 

  • Siéntate al borde de la cama – susurré mientras me giraba-.

Una vez sentado, acerqué mi culo a su cara. Rápidamente sus manos fueron hacia él, estrujándolo fuertemente.

 

  • Mete tu lengua en la rajita de mi culo, y muévela lentamente arriba y abajo. No quites el tanga…
  • Me estás volviendo loco – jadeaba visiblemente excitado-.

 

Su lengua empezó a recorrer la raja de mi culo, mientras el tanga se humedecía y me rozaba el agujero. Pocas veces me han dado por el culo, pero me pone mucho que lo hagan.

Me giré. Me quité el vaquero, y me volví a poner los tacones. Él se levantó, le quité el pantalón, y le dejé en camisa y bóxer, con una erección que me estaba poniendo a mil.

 

Me cogió de las piernas y me empotró contra la pared, mientras yo le agarraba su cabeza con una mano y con la otra le rodeaba la cintura por dentro de la camisa abierta. Su lengua encontró la mía y se enlazaron con fieraza, con desesperación, con lujuria.

Mi tanga estaba mojadísimo y su bóxer a reventar se rozaba contra él.

Me puso sobre la cama a cuatro patas, bajó mi tanga hasta medio muslo, y volvió a atacar con su lengua, ahora sin impedimentos entre ella y mi piel. Cada vez que pasaba por el agujero de mi culo se me escapaba un gemido.

 

-Métemela por el culo…-suspiré-. Mmm ahora…

 

Se quitó el bóxer y su polla durísima fue directa a mi agujero, lubricado anteriormente por su lengua. Primero metió la punta, que hizo que jadeáramos a la par. Después la metió hasta la mitad, y de un último empellón me reventó el culo mientras yo disfrutaba como una zorra.

 

  • Joder Juan, no saques esa polla de ahí hasta que no me corra – gemía-.
  • No voy a hacerlo, hoy eres mi putita.
  • Sí, joder, soy tu puta. Como me gusta que me des por el culo….no pares.

 

Me pegó diez o doce empotrones más, mientras yo giraba mi cabeza mordiéndome el labio para que viera lo que me estaba haciendo disfrutar. Él se recostaba sobre mí para agarrarme las tetas que estaban a punto de reventar el sujetador, con lo pezones de punta marcados en el raso.

 

  • Me corro, ¡me cooorro! – es lo único que acerté a decir.

 

Con una última cabalgada me corrí cómo hacía tiempo que no lo hacía mientras su polla estallaba dentro mi culo llenándome con su leche caliente.

 

Caímos exhaustos en la cama, besándonos desesperadamente

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