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Cornudo consentido


Mi mujer, Helena, es una alta ejecutiva. Sin apenas tiempo para nada. De follar, ni os cuento.

Es algo raro: no me importa. Es una mujer muy atractiva, bien dotada: tetas grandes, caderas y culo inmensos… se tonifica va al gimnasio una vez al día y los fines de semana.

Lo sé, lo sé, no soy estúpido. Fijo que se tira a alguien allí. Y, ¿sabéis? No me importa demasiado. Bueno ya no.

Todo empezó cuando solicité los servicios de unos detectives. Una pareja de detectives, una mujer y un hombre que hicieron su trabajo. Los recibí en mi despacho de la ciudad y les conté el caso.

Ella tiene el pelo de color violín, corto, buenos pechos, aunque no tan grandes como los de Helena. Más delgada, bajita y atlética.

O sea, que estaba muy en forma. El hombre era alto, también muy fibroso, como yo, más esbelto que musculoso. Se llaman Tábata y Liam. Les conté el caso.

—Es posible que demos con el amante, si lo hay… debe de prepararse para noticias que no le van a gustar. Noticias… dolo…

Alcé una mano.

—Sé que mi mujer está con otros. Es casi un hecho. Quiero verlo. Tener la certeza. Ella deja sus bragas usadas en el baño y veo trazas de semen.

Veo morados en sus tetas que se deben corresponder con varias perversiones que antes le gustaban. Y en el culo. Y se toca en la cama cuando cree que duermo. Eso, o no le importa. Solo quiero tener la certeza.

Y lo hicieron. Pero esta no es la historia de lo mal que podría haberme sentido, de la ruptura de un matrimonio… No. Ahora es distinto. Ahora nuestro matrimonio ha cambiado. Y sí, sigo siendo un cornudo. Pero ella también. Y eso nos gusta… Os explico.

La noche que me llamaron para decirme que tenían las pruebas fue la noche en que más pleno me sentí. Me citaron en el Hotel Meridian. No lo conocía. Quería que me dieran las pruebas, esperaba una carpeta con fotos con teleobjetivo, o quizás unos cedés con grabaciones.

Pero no que me llamaran a un hotel. Y más a uno que no me sonaba. Por la fachada parecía una antigua casa palacio, algo barroca. No había un claro indicativo que dijera que aquello era un hotel; hasta que no estuve cerca, no lo pude ver bien, detrás de una de las columnas.

El bar era lujoso, desde luego y extrañamente acogedor. Allí, en un reservado circular encontré a Liam y Tábata, que estaban charlando entre ellos. Había un ordenador portátil, un Mac en la mesa. Eso ya me cuadraba más. Quizás solo fuera una puesta en escena. Los saludé y Tábata salió, para dejarme sitio entre ambos.

Pedimos unos cafés que trajeron al momento. En la vida había probado uno tan bien hecho y tan sabroso.

—Señor, hemos encontrado que, en efecto, su mujer le es infiel. Es más, lo está siendo ahora mismo. Aquí. En este mismo hotel.

Bajé la taza que estaba a punto de llevarme a los labios.

—¿Aquí? ¿En el Meridian?

—Sí —dijo Tábata abriendo el ordenador. Este se encendió de inmediato y pude ver una serie de imágenes a todo color de una habitación.

En ella estaba Helena. Ella, a cuatro patas sobre la cama estaba gozando con tres hombres. Uno la tomaba por detrás mientras los otros dos se turnaban su boca. Sus tetas, en dos de las cuatro cuadriculas, se bamboleaban obscenamente.

Ahí estaba, follando como una loca, metiéndose en la boca dos enorme pollas mulatas. Joder. ¿Sabéis lo peor? Me estaba excitando al ver cómo la tomaban.

Antes de sentirlo, antes de siquiera de ser totalmente consciente de cuán excitado estaba, y de que mi erección presionara contra mis pantalones sentí algo, otro tipo de presión. Era la mano de Tábata.

—¿Esto le excita, verdad, señor Neimayer? —me dijo con un susurro de su voz, aterciopelada y malvada. Su mano presiona mi erección con más fuerza. Su susurro me pone la piel de gallina y siento cómo se me encoje el escroto—. Mire, mire, Karl, cómo chupa la muy zorra —las vejaciones hacen que me excite más. Siento humedad en la punta de mi polla. Ella no para de apretármela.

—Yo diría que lo está disfrutando Neimayer, una mujer no se mete con tres hombres así a disgusto y menos haciendo lo que está haciendo. ¿Lo ves? Ahora le va a comer la polla al que se la ha folla y se ha corrido mientras ese pedazo de mulato se apodera de su culo.

Gemí. Sentí el aliento también de Liam. Me cogió del cuello.

—Vamos a hacer una cosa, cornudo —dijo obligándome a mirar. El mulato se escupió en la mano, se lo untó en el capullo y empezó a presionar lentamente en el culo de mi mujer.

Los planos eran acojonantes, la resolución de la cámara, de última generación. Ampliaron con un clic (y sin dejar de presionarme la polla con fuerza exigente) la imagen que pasó a pantalla completa—. Vamos a subir a una habitación. Concretamente a la que hay al lado de la suya, y Tábata y yo te vamos a follar, te vamos a hacer aún más cornudo y a ella también.

Estaba en shock no podía hacer nada, mi erección era el culpable detonante de aquello. Joder. ¿Follarme? ¿Un tío? ¡Yo no era gay!

Algo hizo clic en mi mente. Daba igual. Mi mujer estaba con tres tíos recibiendo lo que yo no le daba o no era capaz de darle.

Y la idea de que aquellos dos me follaran, me usaran como un trapo… no sé. Me gustaba, me excitaba como nada. Me hacía rezumar la polla.

No sé cómo acabé en la habitación. Tábata me desnudó mientras yo no apartaba la vista de la pantalla, la enorme pantalla de la habitación donde, obscenamente grande y en obscenos primeros planos, podía ver cómo aquella monstruosa y venosa polla entraba en la cavidad anal de mi mujer, lugar donde yo nunca había estado. «No Karl, eso es ofensivo» me dijo cuando la tenté para ello.

La cama era enorme, creo recordar. De pronto, desnudo, sentado en la cama sentí dos cosas: ira, porque mi mujer estaba haciendo cosas loca de placer y lujuria que a mí me negaba, casi que por deporte, y una fuerte excitación.

Tábata me había colocado tres presillas de silicona, tres aros: uno en la base de la polla, otro en la base del escroto y el tercero tras el glande, lo que hizo que la polla se me congestionara con una fuerza y tumefacción brutales, surcándose de venas que no sabía que tenía.

Solo por maldad, Tábata se arrodilló y se la metió en la boca. Digo que por maldad, porque los anillos ahí congestionaban enormemente.

Y la polla me palpitaba. Y no me podía correr. Y mi corazón me iba a mil. Y Helena estaba lamiéndole el ano a uno de esos hombres, que, de pronto, se dio la vuelta y le ensartó la garganta con la polla. La estaban usando. Mucho…

—Pero tú no vas a ser menos, cornudo —dijo con maldad Liam—. Ahora vas a hacer todo lo que haga tu mujer…

La polla saltó salvajemente dentro de la boca de Tábata, tan húmeda, excitante y caliente, que había salivado sobre todo el miembro y sobre mis testículos, lentamente, dejando que la saliva le cayera de la mandíbula inferior mientras jugaba con la lengua por todo mi miembro hinchado.

Y de pronto me vi a cuatro patas, igual que mi mujer, con el mismo collar que le habían colocado. Fue muy extraño pero estaba más excitado que en toda mi vida, más incluso que en el trío de la universidad.

Mi culo estaba sintiendo cosas extrañas. La lengua. Era la lengua de Tábata jugando con mi ano, recorriéndolo en un largo beso negro para pasar la lengua por mis testículos.

Una cálida sensación cubrió todo mi miembro. Me lo estaba cubriendo de una crema de efecto frío que de pronto empezó a helármela, con lo que su mano, al cogerla y masturbarme, la sentía ardiendo. La lengua en mi culo, en mi perineo, en mis testículos, la mano ordeñándome como si fuera la ubre de una vaca, tirando hacia ella con fuerza como si de verdad quisiera sacarme leche…

Pero mi boca tampoco fue perdonada. Vi la espléndida polla de Liam. Una venosa monstruosidad de cabeza púrpura, venosa también, con un anillo de acero en el pubis. Me cogió del pelo.

—Abre la boca cornudo.

Nunca había hecho algo así, nunca había, había tocado a un hombre… pero no, no era… aquello… joder estaba salivando. Total, no era más que un cornudo, y mi mujer también estaba haciéndolo en la pantalla que veía detrás de Liam, colocado en el ángulo perfecto para que no perdiera punta de cómo se la estaban follando.

Y aquel glande morado se acercó a mí, a mi boca, que se abrió automáticamente, de la que cayó saliva, y mi polla palpitó, y escuché la risita de Tábata.

Justo cuando sentí el sabor, el olor de Liam, su polla entrando lentamente sobre mi lengua hasta empezar a topar con mi garganta, despacio, no con crueldad como le hacían a mi mujer en aquel momento cogiéndola del pelo y usando su boca como un agujero más que follar, mi culo ardió de golpe cuando Tábata me insertó algo en él.

Me masturbó con más fuerza, con el culo muy abierto y algo creciendo en mi ano, mientras Liam entraba y salía de mi boca.

Su polla estaba muy dura, caliente, notaba el relieve de las venas, la redondez de su glande y cómo la sangre entraba y congestionaba más los cuerpos cavernosos de su pene tumefacto.

Chupé, empecé a chupar casi con placer, moviendo yo la cabeza, como un cornudo, siendo usado, total, solo servía para eso. De reojo veía a mi mujer recibir otra polla en el culo y de pronto me pasó a mí. Tábata había estado dilatándome el culo, y de pronto me insertó un dildo.

Me cogió de las caderas, sin cuidado, tan solo habiéndome lubricado con un anodilatador que me hacía sentir tirones pequeños en mi esfínter, y de pronto entró, como yo cuando me follaba a mi novia de la universidad y todo era pasión, cuando la ensartaba en los baños, en los vestuarios, con fuerza, tirándole del pelo. Joder me estaba follando como a ella.

Por un momento fui consciente de que había dos pollas dentro de mí y que estaba lleno de orificio a orificio. Aquello era tan brutal como excitante. Se pusieron de acuerdo y me dieron la vuelta.

Mi polla palpitaba y se pegaba a mi pubis, sin dejar de soltar un chorro, un reguero, un rio de líquido preseminal. Roja, morada, dolorida. Me dolían los huevos, quería, ansiaba correrme. Tábata me elevó las caderas y me metió un strapon aún más grande y yo enloquecí. Pero no pude gemir. La polla de Liam volvió a entrar en mi boca y bajó por la garganta en un perfecto deepthroat de actriz porno.

Me folló la boca mientras que Tábata ató una tira en mi polla, de cuero, para hacer que aun sintiera menos. Pero su pulgar atormentaba mi glande y mi salida de la uretra, quedándose todo el líquido preseminal, viscoso, esparcido por el glande y la acción de ese malvado dedo.

Me ardía el culo, la polla de Liam palpitaba y parecía a punto de correrse en mi boca. Joder. Semen. Parecían haberse sincronizado. Sabía que las venosas tetas de Tábata, blancas y con las bellas ramificaciones de sus venas azules alrededor de los pezones y por todo el redondo pecho, congestionado por un pequeño arnés de cuero que se había puesto, se bamboleaban, agitando los delicados piercings con cadenitas colgando de sus rosados pezones.

Lo que daría por chuparlos, morderlos, recorrer las venas con mi lengua… pero solo era un cornudo follado. Y de pronto, me inundó. Un chorro ardiente me llenó la boca y no pude menos que tragar, tragar como si me fuera la vida en ello.

Tábata me sacó el strapon del culo y agitó mi miembro un poco más, con los huevos separados por otro aro más de silicona con el que me había torturado y ahora estaban morados y brillantes.

Me di la vuelta despacio, tratando de recuperarme. Y llegó la liberación. Tábata me empezó a quitar los aperos de la polla y ésta me empezó a picar. La boca de la muchacha se cernió sobre ella despacio, haciéndome esperar.

Lamió primero todo el líquido preseminal, las venas se deshincharon un poco, solo un poco, hasta que cubrió todo el miembro con la boca. Su primera pasada deslizó sus labios desde mi pubis hasta que se sacó todo la polla.

Despacio, torturándome. Quería empujar y violarle la boca hasta la garganta… pero solo soy un cornudo y aceptaré lo que me den.

En la televisión mi mujer estaba comiéndose otra polla con hambre… la de Liam. La polla que se acababa de correr en mi boca estaba ahora en la suya. Estaba lamiendo mi propia saliva mezclada con su semen. Tábata me la chupó hasta volverme loco.

Me ensalivó los testículos y de pronto se dio la vuelta para follarme. Primero se abrió de piernas, para que le lamiera todo el coño, jugoso, espeso, le caía flujo transparente. Se acuclilló, en una indicación de que tenía que empezar por su ano, para seguir hasta el coño.

Su abertura tenía un olor suave y dulce, y chorreaba en rosarios de excitación. Mi lengua pasó y lamió todo lo que pudo. Su clítoris estaba duro, sus labios vaginales eran largos y sobresalían un poco de los mayores, y los mordisqueé un poco. Me clavó su coño en la boca y solo se despegó cuando casi me ahogo.

Lo repitió varias veces mientras me masturbaba con fuerza, con una mano implacable. Y entonces, se penetró.

Sí, se penetró, porque yo no me la follé. Ella dispuso de mí. Soy un cornudo cabrón mientras veía a Liam, el incombustible Liam meterle la polla a Helena y follársela mientras su boca lamía otra polla mulata… y no acabaron ahí las similitudes. Tumbado boca arriba, viendo la tele con el rabillo del ojo, vi otra polla venir hacia mí. Uno de los mulatos tenía un pene hinchado y rezumante acercándose.

Vi el semen en su piel, pero pese al fuerte olor también sentí el de Helena, el coño lubricado y usado de Helena.

Y esa polla, sin preguntar, sin cuestionar, sin decir nada se deslizó por mi boca. Sentí la mezcla de sabores espesos y acres, pero que no pude seguir chupando.

—Límpiala toda, cabrón cornudo —dijo la voz del mulato con fuerte acento.

Olía a sudor de tanto follar pero también a limón áspero y a lubricante. Chupé aquella polla marrón mientras mi mujer había hecho lo propio con Liam, y mientras, Tábata, se clavó encima de mi polla y me folló.

No se había quitado el strapon y al clavarse totalmente sentía aquella polla de goma que me había penetrado el culo. No tardé mucho, pese al anillo de silicona, en correrme. Me corrí en su interior como un cerdo, como un desesperado, como si se me fuera la vida en esa eyaculación mientras el moreno me apretaba la cabeza y acabó corriéndose también directamente en mi garganta.

Me faltó la respiración, y me tuve que volver para que el semen no se fuera por la laringe, con una fuerza bestial, en una cantidad equina.

Al hacerlo pude ver cómo Tábata entraba en la habitación de Helena, de la puta de mi mujer, de la cornuda de mi mujer, mientras el cornudo de su marido miraba, y se puso sobre su cara.

Relajando los músculos dejó caer mi semen en su cara. Helena estaba loca de placer y sus dedos empezaron a recogerlo y llevárselo a la boca, a lamer el coño de la muchacha…

Y de pronto la charada terminó, y la pared, marrón y de paneles, zumbó y empezó a apartarse, revelando la otra habitación, el olor a sexo.

Por un momento Helena, perdida en sus gemidos no me vio. No vio cómo otro de los mulatos me ponía a cuatro patas, en la cama enfrentada a la suya y me abría las nalgas para penetrarme. El cornudo follado viendo a su mujer follada. Follada y comiendo coño, pollas, con los pechos congestionados por una atadura que rápidamente le puso Tábata con elásticos y que la hizo gemir.

Y la pusieron a cuatro patas mirando hacia mí y yo hacia ella. Y nuestros culos fueron follados a la vez. Tábata venía, nos abofeteaba la cara. Me llamaba cornudo, me hacía ver cómo Helena chupaba las pollas que ella le pusiera por delante. Pollas que volvían hasta mí y me hacían chupar igualmente, de segundas.

El mulato se corrió. Por primera vez sentí una eyaculación en mi culo, y fue una sensación extraña, ardiente, y tan excitante que me hizo eyacular a mí. Me corrí. Me corrí sobre el colchón y entre gemidos, cogiendo la sábana en dos puñados. Helena rio con sus risa bronca y desagradable. Quise abofetearla, pero Tábata lo hizo por mí.

Respiraba agitadamente, bocarriba, en la cama de la habitación. Tábata se había sentado a mi lado mientras seguían dando caña a mi mujer.

—¿Sabes por qué está aquí? —me preguntó Tábata. Sus pechos perfectos se agitaron en una risa. Dios. Lo que daría por comérselos.

—No.

—Usó una tarjeta del hotel Meridian. Si te dan una, es para que pidas el deseo que quieras, y entonces, en sus habitaciones, se cumplirá.

—¿Qué pidió, una orgía? —dije con cierto desdén, sintiéndome más cornudo que nunca, infravalorado, estúpido.

—No. En una orgía todos follan con todos. Lo sé, he estado. Qué va. Mira, esta es su tarjeta.

Me la entregó. Me senté en el borde de la cama. Me ardía el culo.

«Quiero ser tratada como una perra, follada por mulatos, y que mi marido cornudo lo vea todo».

Joder. Qué puta. Quería humillarme. Arrugué la tarjeta con rabia, me levanté.

Tábata me cogió de la mano.

—Siéntate.

—No. La muy puta…

Tábata me retorció los dedos y caí de rodillas con un fuerte dolor eléctrico por todo el brazo, abriendo mucho la boca con un grito de dolor por salir.

—Pero al pedirlo, el Meridian a veces pide un pago. Y en esta ocasión fue disponer de usted a la misma vez. Averiguamos que no solo es un cornudo, sino que es un cornudo consentido. Y que se excita. ¿Por qué no explotar esa faceta?

Deshizo la presa, pero me cogió de la muñeca y me llevó hasta la habitación. Helena estaba destrozada, agotada, sus ojos no enfocaban, debía estar casi al límite de sus fuerzas.

—Ahora, fóllatela. Como quieras. Es nuestro precio.

Me empalmé a una velocidad bestial. El culo me ardía, pero aquello iba a ser épico. Empecé por meter mi polla en la boca de Helena que me la chupó humillantemente bien, como si no fuera… como si no fuera yo.

La mezcla de humillación y excitación me puso furibundo y se la clavé hasta la garganta. Tábata me besó y por fin pude probar sus pechos lujuriosos, morderlos mientras ella me apretaba la cabeza contra sus pezones.

Se la saqué a mi mujer de la boca, la puse a cuatro patas sobre la cama mientras Liam se ponía detrás de mí. Fue una follada encadenada. Liam me sodomizó y a la vez yo sodomicé a mi mujer. Tábata se puso bajo ella y la penetró también con el strapon, y un mulato ocupó la boca de Helena.

Estaba llena ocupada en todos sus orificios. Otro de los mulatos, de pie en la cama sobre mi mujer, empalmadísimo, me metió la polla en la boca.

El semen fluyó, en mi culo, en mi boca, en el culo de Helena y en su boca, en su coño, más tarde…

Tiempo después recibíamos visitas semanales de gente del Meridian. A veces me ataban en el suelo para usar mi boca o mi culo mientras otros usaban a mi mujer.

Nuestro matrimonio seguía sin ser perfecto, pero sin duda era mejor. A veces seleccionábamos a alguien en un restaurante, mi mujer se lo llevaba a una habitación y yo entraba. Y si encajaba, nos lo follábamos.

A quien seguí viendo fue a Tábata, y ella también se follaba a Helena a placer y la usaba como su perra delante de mí sin que yo pudiera hacer nada, sentirme cornudo… y me encantaba. Me encanta.

Aunque todo empezara porque ella lo pidió. Nunca supe por qué. Pero no me importa. Soy un cornudo, y lo disfruto.






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Una idea sobre “Cornudo consentido”

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