Cuidados exquisitos * Relato fantasías


Casi todos los martes, después de la escuela de idiomas, mi chico y yo solíamos quedar un ratito para ir a cenar, tomar algo o simplemente para estar un poco juntos, liberar tensiones y empezar, así, la semana con energía.

Estos podían llamarse el preludio de nuestros exquisitos cuidados.

Sin embargo, aquel martes parecía que cambiaríamos los juegos sexuales por los cuidados, ya que él me había avisado de que llevaba un par de días con fiebre, tos y cansancio generalizado.

De modo que cuando salí de mi clase, me dirigí a su casa para hacer de enfermera durante unas horas.

Me abrió la puerta en pijama y con el pelo un tanto alborotado, pero aun así seguía sexy. Nos dimos un beso en los labios y los sentí calientes. Fue un leve roce, pues decía que no quería contagiarme.

Lo seguí hasta su habitación y, una vez en ella, se tumbó en la cama.

Medio bromeando, medio en serio, le dije que yo me quedaría sentada en la silla, a una distancia prudencial de él, para que no pudiera pegarme nada.

Cada uno en su sitio; así nos quedamos durante varios minutos. Entonces, me propuso que me tumbara junto a él, que estaba mimoso y malito y le apetecía sentirme cerca.

“Qué peligro tienes tú”, le contesté mientras accedía a sus súplicas de enfermo y me acurrucaba con él.

Con nuestras caras casi tocándose, me dio otro dulce beso, esta vez un poco más largo que el primero.


Yo aparté mis labios enseguida de los suyos porque ese día estaba decidida a que no ocurriera nada entre nosotros, pues antes debía curarse.

Puso su mano sobre mi cintura y me llevó hacia él de nuevo hasta que nuestros cuerpos se encontraron.

Volvió a besarme pese a mis reticencias y, en esta ocasión, metió su lengua en mi boca, buscando una respuesta.

La usaba con tal destreza y erotismo que me fue imposible negarle otro beso. Duró mucho más que los anteriores y yo ya iba entrando en calor al notar cómo su lengua se fundía en un sensual baile con la mía.

También él, juguetón, me cogió la mano y la condujo hasta su paquete para que lo tocara y comprobase su erección.

Estupefacta, le recordé que esa noche no íbamos a acostarnos porque él necesitaba recuperarse y descansar.

Él, sonriendo y asintiendo a lo que le decía, me pidió que me quitase el grueso jersey que llevaba, que lo único que quería era tocar mi piel.

Me quedé solo con una fina camiseta de tirantes y me volví a tumbar junto a él. Me acarició el cuello y fue bajando al escote.

Se incorporó para besarlo y lamerlo y, delicadamente, me sacó los pechos fuera y empezó a morderme los pezones. Aquello me excitó mucho, al observar cómo se endurecían entre sus labios.

Mientras jugaba con ellos, aprovechó para bajarme los pantalones y dejarme en braguitas.


Sin parar de comerme los senos, comenzó a explorar mi sexo, primero por encima de la ropa interior y luego entrando en él con su dedo.

Alcancé el botón de su pantalón y lo desabroche para poder tener acceso a su pene. Recorrí con mi mano toda su longitud de arriba a abajo y presionando, con el fin de palpar lo duro que estaba.

Poco a poco se fue situando encima de mí, separando mis piernas hasta penetrarme. Arrancó despacio, con suaves embestidas y progresivamente fue incrementando el ritmo. Cambiamos de postura y, esta vez, juntó mis rodillas y las empujó hacia mí mientras volvía a metérmela sin tregua.

Su respiración se iba acelerando cada vez más y, cuando estaba a las puertas del orgasmo, sacó su miembro de mi vagina y eyaculó sobre mi abdomen.

Efectivamente, al final me había convertido en una enfermera por unas horas. Pero en una muy picante


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