Pareja en un bar

Desconocidos en el bar


Felipe llegó al bar minutos antes a la hora acordada. Aprovechó para pedirse una jarra de cerveza mientras esperaba a Lola.

La había conocido en internet y llevaban meses chateando juntos. Ella le propuso quedar un día para conocerse. Eran totalmente desconocidos.

Él también pensaba que iba siendo hora de dar ese paso. El chat se les estaba quedando pequeño y ninguno de los dos tenía miedo ya a esas alturas.

Él era un hombre de unos cuarenta años que trabajaba como auxiliar administrativo en una multinacional, estaba soltero y vivía solo.

Medía metro ochenta, aproximadamente, y tenía el pelo canoso, los ojos grises y una barba de varios días. Vestía con unos pantalones vaqueros, una camisa de cuadros rojos y blancos, una chaqueta de lana y zapatos de vestir.

A los diez minutos de llegar al local, entró ella:


Una chica de unos veinte años, de pelo castaño, ojos negros y unos pechos y unas caderas bien formados.

Lola vestía con un pantalón vaquero desgastado, botas hasta la rodilla, un polo gris claro.

Sobre éste, una camiseta oscura con la imagen de uno de los grupos de moda del momento. En el hombro llevaba un bolso pequeño pero que le llegaba hasta la cadera.

Lola fue directa hacia donde se encontraba Felipe y se sentó delante de él. Tras presentarse y saludar; él le pregunto si quería tomar algo. Ella pidió otra cerveza, como la que él se estaba tomando.

Felipe le contó que estaba emocionado y sorprendido cuando la vio entrar, no se imaginaba que fuese tan joven cuando la conoció en el chat y dudaba de su edad, ya que temía meterse en algún lío.

Lola lo tranquilizó diciéndole que tenía 20 años, al tiempo que sacaba su DNI para que pudiese confirmarlo.

Le confesó que desde siempre le gustaban los hombres más mayores que ella, con más experiencia sexual que los chavales de su edad.


Cuando salieron del local, Felipe llamó a un taxi y le indicó una calle en pleno barrio de Chamberí. Cuando llegaron a su destino, llamó al portero automático, donde una mujer le abrió la puerta tras conversar un poco con él.

Al llegar al segundo piso, la mujer lo esperaba en la puerta con unas llaves en mano. Felipe le entregó un fajo de billetes y subieron un piso más hasta llegar al lugar indicado.

El piso era pequeño, sólo tenía un pasillo, una cocina, un aseo y una habitación. Tanto Felipe como Lola dejaron las chaquetas sobre el sillón orejero de la entrada y se fueron a la habitación.

Ella encendió el aire acondicionado durante un rato, para refrescar un poco la habitación.

Felipe se acercó a Lola por la espalda y la atrapó en un abrazo traicionero, al tiempo que su mano buscaba sexo de ella por dentro de los pantalones.

Pudo descubrir el atrevimiento de Lola, ya que esperaba encontrar ropa interior entre su sexo y los pantalones, pero al tacto descubrió que no había nada entremedias.

Lola arqueó la espalda al sentir la mano de Felipe en su sexo y tiró de su ropa, quitándose de golpe la camiseta y el polo, dejando sólo un sujetador negro de encaje a la vista.

En ese momento, los dos se encontraban mirando hacia los pies de la cama, donde había un espejo y se podían ver reflejados.


Felipe echó los tirantes del hacia los dados y sacó los pechos de la chica de la copa del sujetador, sin parar de masajear el sexo de Lola, que ya estaba muy húmeda.

Tal era su excitación que, sin dejar de mirar hacia el espejo y ver cómo la mano de Felipe recorría sus pechos. Empezó a desabrocharse los pantalones.

Dejándolos caer al suelo y saliendo de donde estos estaban como si fuese una costumbre diaria.

Felipe le hizo dar la vuelta para observar toda su desnudez. A través del espejo unas nalgas bien marcadas y respingonas, al tiempo que los pezones lo señalaban de manera acusadora.

En pocos segundos, él aprovechó para desnudarse de cintura para arriba mientras Lola le desabrochaba los pantalones y tiraba de estos y de los slips al mismo tiempo, dejando ver su miembro erecto.

Lola se subió encima de la cama y atrajo a Felipe hacia sí, cogiéndole de las caderas. Introdujo su miembro en la boca, succionándo con ganas.

Sus manos recorrían todo el cuerpo de Felipe, desde las nalgas hasta la espalda y el pecho, clavándole las uñas. Al notarlas, Felipe sintió una mezcla contradictoria de dolor y placer.

Lola acercó la almohada hacia ella.  Apoyaba sus manos tras dar la espalda a Felipe y darle unos azotes por haberle arañado.


Eso dejó a Felipe un poco indeciso, ya que ninguna mujer hasta ahora le había pedido algo semejante, pero obedeció dándole un cachete en la nalga derecha sin muchas ganas, después vino otro en la nalga izquierda y así sucesivamente.

Cuantos más cachetes daba, mayor era la intensidad de estos, y le iba diciendo que se los merecía por ser una chica mala.

Al final, Felipe penetró a Lola y empezó a moverse dentro de ella.

Al tiempo que le seguía dando los azotes y las frases lascivas.


Cuando vio cómo se había animado la cosa, Lola le incitó seguir el juego verbal que él mismo había iniciado sin tan siquiera darse cuenta. Los azotes habían cesado y Lola movía sus caderas hacia adelante y hacia atrás cada vez más rápido. Mientras clavaba las uñas en la almohada.

Al final, se desplomó en la cama boca abajo, con las piernas bien separadas para que Felipe siguiese penetrándola con más profundidad.

Él se pegó a ella y le susurró al oído todo lo que pasaba por su mente en ese momento, hasta que le confeso que se iba a correr dentro de ella.

Cuando Felipe se levantó de la cama fue derecho a la cocina, de donde trajo un benjamín de champagne y dos copas, para brindar por ellos dos y por las futuras citas.


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