Áticos de sexo

El ático de la pasión * Relato fantasías


El coche aparcó en la puerta del hotel, en él iba una pareja de 40 a 45 años.

El aparcacoches se acercó al Porche descapotable que conducía el hombre y le abrió la puerta a la señorita, a la cual le tendió la mano para ayudarla a bajar de éste.

Mientras, el caballero sacó su billetera y le ofreció unos billetes tras darle las llaves del coche.

La mujer llevaba un vestido rojo que le llegaba hasta los tobillos, con un corte escotado en forma de uve, y dejaba entrever sus pechos.

Sus zapatos eran de tacón alto y de un color verde lima; mientras que el caballero llevaba un traje de vestir negro con una camisa blanca y pajarita a juego.

La pareja se dirigió al hotel lentamente, cogidos de la mano, hasta la recepción donde el jefe le entregó una llave sin intercambiar palabra alguna.

Tras coger la llave, la pareja se dirigió al ascensor, que les llevó al ático del hotel donde se encoraba la suite.

La suite era tan grande como un piso, en ella había un mueble-bar repleto de bebidas, un ramo de rosas rojas sobre una mesa, una cubitera con hielo y una botella de Moet-Chandom Grand Vintage del 2002, acompañado de dos copas de cristal de Murano.

La terraza daba a una de las plazas más importantes de la ciudad y sobre el mueble-bar se encontraba un cuadro de El Bosco, comprado a un coleccionista privado.

La mujer se fue a la terraza para contemplar la ciudad mientras él servía el champagne en las copas y cogía una de las rosas del ramo, la cual se colocó en el ojal de la chaqueta.

Siguió a la mujer a la terraza donde le ofreció una de las copas. Ella le sonrió mientras cogía el champagne y lo alzaba para brindar con su anfitrión, que se quitó la rosa del ojal y la puso en el escote del vestido que ella llevaba.

Ella se acercó a él tras beber un poco y le dio un beso pasional en los labios, al mismo tiempo que le abrazaba uniendo sus cuerpos como si fuese uno solo.

Desde la terraza se veía brillar a la luna con toda su plenitud, de manera que las farolas de la plaza resultaban innecesarias.

El beso parecía haber detenido el tiempo en la terraza, nada ni nadie más existía en ese momento, sólo ellos dos. Cuando se separaron los dos cogieron las copas y, tras volver a brindar, bebieron más champagne.

El hombre cogió a la mujer de la mano y la llevó dentro de la habitación, donde la volvió a besar, pero esta vez despacio y tomándose todo el tiempo del mundo para recorrer su cuello y absorber el aroma del perfume que ella llevaba.

Al notar los labios en su cuello, la mujer sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna y que al mismo tiempo la excitó.

La mujer se volvió dándole la espalda, al mismo tiempo que le cogía las manos para quedarse atrapada en un abrazo que la apresaba.

Mientras, él no dejaba de besarle la nuca y la espalda al tiempo que le bajaba la cremallera del vestido lentamente.

Ella dejó caer los tirantes del vestido para que éste cayese por su propio peso, dejando ver su cuerpo esbelto y su lencería transparente con encaje que hacía juego con el vestido.

El hombre la soltó para poder observar ese cuerpo tan sensual y bello, al mismo tiempo que se quitaba la chaqueta y se desabrochaba la pajarita.

Ella se le acercó lenta y sensualmente hasta rozar sus pechos contra la camisa de su acompañante, que empezó a desabrochársela tras quitarse la pajarita dejando su torso al descubierto.

Mientras le besaba los pechos, éste tiraba de los tirantes del sujetador para poder seguir besándola en los pezones y lamerlos lentamente. Ella se encorvó mientras sentía la lengua de su anfitrión recorrer toda su aureola y los pezones.

Al final, el sujetador se soltó como por arte de magia, ya que el hombre no se dió cuenta de cuándo ella se lo había quitado. El hombre se terminó de desnudar y cogió a su amante en brazos. La extendió en la cama donde seguía besando y lamiéndole los pechos.

Poco a poco fue bajando de los pechos al ombligo de su compañera, saboreando toda su piel, sin dejar un pliegue de esta.

Despacio pero sin pausa se iba desviando a sus caderas, saboreando esa mezcla salada y pegajosa.

Cuando parecía que él iba a detenerse en su sexo, se desvió hacia los muslos internos de las piernas, por donde siguió descendiendo hasta los gemelos y los pies, los cuales empezó a acariciar sin dejar de lamer los al mismo tiempo.

Mientras tanto, la mujer se acariciaba los pechos con una mano y se quitaba el tanga con la otra para acariciar su sexo. La excitación iba aumentando, aunque sabía que lo mejor estaba todavía por llegar.

De repente, el hombre volvió a subir por los gemelos y muslos internos de su amante, parando esta vez en su sexo, donde se detuvo para separarle los labios vaginales y poder sentir el clítoris con su lengua.

En ese momento, ella presionó su sexo contra la cara de su acompañante para sentir una mayor excitación, que mostró con unos gemidos entrecortados y encerrándole con sus piernas por si él tuviese la tentación de separarse de ella.

El hombre no paraba, y empezó a sentir el líquido vaginal de la mujer por su cara, lo cual le excito mucho más.

En un momento, la mujer lo soltó y, sin que el hombre apenas se diese cuenta, se deslizó completamente hasta los pies de la cama.

Cogió el miembro de su compañero y se puso a deslizar la lengua por todo el pene, lentamente, empezando por la punta del glande y bajando poco a poco hasta los testículos y volviendo a subir otra vez varias veces.

La respiración del hombre se empezó a acelerar y sus manos agarraban las nalgas de su compañera de juegos. Poco a poco, se introdujo el miembro en la boca mientras lo acariciaba con las dos manos.

La fricción provocada por la lengua en el glande y las manos alrededor del miembro era cada vez mayor, y eso intensificaba la excitación del hombre, que dejó de acariciar las nalgas de su compañera para acariciarle la cara mientras ella seguía proporcionándole un placer afrodisíaco.

Cuando más excitado estaba, la mujer fue subiendo con su lengua hasta que sintió el miembro erecto de su compañero entre sus senos grandes y firmes.

Empezó a masajear lo, notando cómo el glande de su compañero aparecía y desaparecía de entre ellos. Así se fue deslizando sobre su anfitrión hasta sentarse a horcajadas sobre él.

La mujer fue notando cómo el miembro entraba dentro de ella, sentía todo su sexo interiormente mientras se movía lentamente para sentir todo el placer.

Mientras, el hombre se incorporó lo suficiente para poder volver a acariciar y besar sus pechos al mismo tiempo que observaba como su miembro entraba y salía de su amante.

Ésta se echó hacia atrás sin parar de moverse, dejando que la visión del acto excitase más al hombre. Las sacudidas que empezaba a dar el eran mayores y más constantes.

El hombre se reincorporó de nuevo para poder coger la botella de champagne y verter su contenido sobre los senos de su compañera, la cual sintió un escalofrío cuando el líquido cayó sobre ella.

Mientras, el hombre la levantó en brazos, sin parar de introducir su miembro en ella, y le lamió los pechos empapados, manoseando le los glúteos.

Ella, al mismo tiempo, no paraba de besarle en la boca y en el cuello, cada vez más apasionadamente, según aumentaba la excitación.

Con paso lento, el hombre llevó a su compañera hasta arrinconarla contra la mampara de la terraza, dónde siguió introduciendo su miembro dentro del sexo de ella sin detenerse.

Las nalgas de la mujer se marcaron en el cristal de la mampara, al igual que parte de su espalda, que chorreaba de sudor a causa de la excitación. Las embestidas eran tan fuertes que parecía que en cualquier momento se oiría el crujir del cristal.

Sin que se diese cuenta, la mujer provocó que él diese unos pasos hacia atrás y se soltó, bajándose de la postura en la cual la tenía cogida y agachándose hasta tener su miembro delante de la cara.

De esa manera, se lo volvió a introducir en su boca para poder lamer la punta del glande con la lengua, al mismo tiempo que lo succionaba con ayuda de los labios.

Esta vez no se ayudó de las manos, el hombre se lo introducía fogosamente a través de movimientos pélvicos a los que ella ayudaba apoyando sus manos en las nalgas.

Cuando se lo sacó de la boca le fue lamiendo lentamente desde los testículos hasta la punta del glande, tal y cómo ya había hecho antes, hasta que se levantó y le besó en la boca, mientras entrelazaban sus lenguas apasionadamente.

El hombre la cogió de nuevo en brazos como si fuesen un matrimonio recién casado en su luna de miel y la dejó en la cama, donde ella se dió la media vuelta y se extendió, separando bien sus piernas.

Él le cogía de las caderas y empezó a besarle las nalgas, desde donde tenía sus manos hasta alcanzar su sexo, que saboreó con pasión y lentamente.

Cuando notó la lengua dentro de su sexo, la mujer se agarró al cabecero de la cama. Poco a poco, el hombre fue subiendo con su lengua al tiempo que sus manos separaban las nalgas de su compañera, dejando el ano a la vista e introduciendo su lengua en él.

En ese momento, la mujer empezó a moverse para facilitarle el trabajo a su compañero, mientras ella se acariciaba el sexo para sentir doble placer.

La lengua de él fue subiendo de las nalgas poco a poco a los lumbares y la espalda de la mujer, lamiendo y besando todo lo que aún no había disfrutado.

Ella, mientras, alargó la mano hacia una de las mesillas y tiró de su bolso para acercarlo y poder abrirlo.

Sacó un tubo de lubricante con base de agua, se extendió un poco en la mano para poderlo dar entre sus nalgas y en la punta del glande de su acompañante.

De esa manera, mientras yacían tumbados en la cama uno sobre el otro, el hombre fue introduciendo su miembro tranquilamente, sin forzar, en el ano de ella, que se volvió a agarrar al cabecero de la cama.

Cuando el miembro entró, la sensación fue extraña y a la vez placentera.

Él se movía dentro de la mujer con cuidado pero entregándose al mismo tiempo; durante ese rato todo fue una mezcla de placer y precaución por ambas partes, sobre todo cuando al final extrajo su miembro. El ano de ella, que estaba bastante dilatado, volvió a su estado normal.

El hombre la cogió de las caderas y la hizo ponerse de rodillas, con sus manos apoyándose en la almohada.

Introdujo de nuevo su miembro dentro del sexo de ella, moviendo la cadera hacia delante y detrás de manera que entrase y saliese constantemente, hasta empezar a notar las pulsaciones más aceleradas y la respiración entrecortada por la excitación.

En ese momento, la mujer notó cómo fluía el semen del hombre dentro de su sexo, aunque él siguió moviéndose cada vez más lento, hasta que al final paró y se quedó abrazándola, sin extraer su miembro de dentro de ella.

Cuando lo sacó, la mujer se tumbó en la cama para relajarse y quedó dormida, mientras él se fue a la ducha.

Al despertar, la mujer se encontró sola en la habitación y, en la mesilla, había una nota dejada por su compañero.

Al leerla no pudo dejar de sonreír, la guardó en el bolso del que aprovechó para sacar un paquete de cigarrillos y un mechero; encendió un cigarrillo y salió a la terraza a fumar y contemplar el amanecer sin antes vestirse


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