El deseo * Relato gay


El deseo de su cuerpo varonil.


Este relato erótico de hoy nos relata una breve historia entre dos hombres.


El deseo de su cuerpo varonil. Llegó y me invitó a jugar una mesa de billar. Una vez más sentí el mismo latir enloquecido en el pecho. Me sucede cada vez que lo veo.

Es un sentimiento que me asegura el deseo que me provoca su cuerpo y su sonrisa.

Es su sonrisa una lluvia de estrellas que fugan la belleza del universo a sus dientes y a sus labios gruesos. Sus curvas me enloquecen.

Es alto y muy apuesto, tiene las nalgas muy pronunciadas.

Si lo veo de frente, el pantalón apretado que siempre porta resalta el gran bulto en su entrepierna.

Al saludarme, siento los alfileres silenciosos con los que me inca su abrazo, un abrazo que aún no logro comprender.

Cuando me saluda, presiento que recuerda mis versos confesos, pues él conoce lo que siento ante su presencia.

Más de pronto y tras lanzarme una tímida sonrisa, el momento se vuelve olvido amargo.

Me llenó de fuerzas y con un respiro profundo y enamorado, prosigo jugando la mesa de billar.


Luego le lanzo mis relajos de homosexualchalado y que habiendo reprimido tantas primaveras, desconoce cómo manejar sus emociones ante sus amigos supuestamente heterosexuales.

El se ríe, nuevamente muy tímidamente.

No puedo jugar más de una o dos mesas de billar con él, salgo del bar a fumarme un cigarrillo.

Intentó quemar el sufrimiento que me ocasiona tenerlo tan cerca, desojar el credo de que posiblemente nunca lo sabré mío.

¿Por qué me enloqueces? ¿Por qué te sueño desnudo y feliz disfrutando de ardiente sexo junto a mi lado? – me pregunto sollozo.

Me vuelvo cenizas tras otorgarle otro adiós acongojado.


No sé si he de resurgir altivo y dueño de su piel, complaciente de sus curiosidades.

En realidad desconozco su identidad sexual ya que mi radar y mi sexto sentido se inactivan ante tanta belleza.

Soy una cerveza vacía en el suelo donde él pisa, soy un poeta loco y enamorado que anhela y sigila la muerte de sus vergüenzas y el brillo de su cuerpo desnudo siendo acariciado por mis manos.

Soy un tren sin estación y paisajes verdes, un muñeco roto que aún logra sonrisas, un alba que le despierta nuevas sensaciones.

Mi amigo es la sombra de un caballo en mi camino de arena, un verso sin declamarse.


Se vuelve él y sin percatarse, una masturbación que se derrama solitaria en mi cama.

Es una noche con tres lunas, una mañana caliente y coqueta, una nube espesa que en mis ojos se quebranta.

Los días pasan y las noches añaden nuevas lunas, en las que juego volviéndome las ruinas de este castillo sin Rey y sin corona


Compartir