El imprevisto de Ángela * Relato lésbico


Imprevisto.

Primera semana de diciembre, la cúspide.

Todo el dulce caos se dio inicio por una imagen de Whatsapp.

“Todo eso es tuyo, mi regalo de grado para ti, sin rechazos ni pretextos, sé que tu caravana de grado es mañana y me encantaría ayudarte a celebrarlo”

El alegre mensaje, pie de foto.

Había comprado un par de cajas de cervezas y una de smirnoff, para la joven doctora que había sido tan dulce y atenta con mi madre.

La conocemos desde hace casi tres años, apenas iniciaba su especialidad en cardiología, mi madre tuvo un infarto, y gracias a ella en gran parte, debemos su recuperación.

Tardo un poco en responder. No me siento muy animada a asistir, me dijo. Sorprendida replique. Subí mi apuesta, ofreciéndole además del licor mi compañía.

El texto en la zona superior del chat, “escribiendo”, aparecía y desaparecía dejando un aire de indecisión confusa para mí. Tal vez me estaba excediendo, pero me agradaba, la admiraba y sinceramente no puedo negar que me gustaba.

Entendiendo que no me respondería o me daría una negativa, ignore mi teléfono y baje al departamento de mi madre a cenar y checar como estaba. A mi retorno entrada la noche, vi un mensaje “la caravana inicia a las 2 pm, no sé si asista, y sinceramente me apena la molestia que te has tomado, tal vez nos veamos allá”

Tardo una hora para responderme eso. Suspire sin tener nada que decirle.

Dubitativa pase la mañana en mi departamento, Liliana siempre actuaba de la misma manera, quería jugar a la inocente, cuando en mi mirada se nota mi gusto por ella, y cuando nos vemos a los ojos puedo leerlo con facilidad, lo sabe, lo entiende y no le molesta, pero cuando creo que puedo tomar un paso al frente, ella simplemente me resulta esquiva y negativa.

Nunca he tomado toda la ofensiva a conquistarla pues siendo medico de mi mama, y la más importante debo recalcar, me genera temor hacer algo que le desagrade o le aleje de nosotras, pero la nostalgia de saber que al terminar su especialización, recibir su título y finiquitar asuntos se ira de la ciudad me ha otorgado una ilusa valentía, quiero pasar un poco más de tiempo con ella, y los lates vainilla que hemos compartido algunas tardes tal vez ya no me son suficientes.

– Las cervezas están en su punto – me saco de mis pensamientos, mi visitante Francis – son casi las tres.

Me miro sugerentemente, yo solo sonreí.

Mi teléfono no tenía llamadas, y genuinamente no había sido invitada, en realidad creo que rechazo mí, ahora entiendo, inapropiada auto invitación.

– ¡Ya carajo! ¿Qué pierdes con ir?, peor es si no vas, pensará que te enojaste y todo se pondrá tenso, ahora que tu mama planea invitarla a almorzar para despedirla, todo será extraño se negara por tu culpa, tu mama se deprimirá y será todo tu culpa.

– ¡Ya dijiste culpa varias veces!

Medite un par de minutos y para cuando me di cuenta eran casi las cuatro y estaba en camino a la plaza de toros, donde inician todas las caravanas.

Autos, música y licor abundaban el lugar.

Aquello era ridículo, un mar de personas, y yo buscando a alguien que seguramente no me querría allá. Buscaba un sitio donde dar la vuelta en “U” para irme a casa, cuando oigo mi celular sonar.

Liliana me saludo con alegría, sorprendida trate de imitar su tono.

– La caravana ya va a iniciar, creí que vendrías.

En un segundo me pregunte si me había visto ya y por eso decentemente me llamaba.

– Si – exprese con duda – la verdad es que estoy a una cuadra de la plaza.

– ¡Qué bien! Sube un poco más, nosotras estamos media cuadra sobre la plaza. Te espero.

Colgó. Aun confusa continué. El ruido ensordecedor, trasfondo de la llamada encontró lugar en una camioneta justo en la esquina más arriba de la plaza, ella de pie a su lado, con un vaso de licor charlaba con las otras residentes del hospital, me tome un instante para observarla. Aparque junto a la camioneta y baje a saludar.

Tarde mucho rato y varias cervezas en asimilar mi lugar en el sitio, en entonarme y dejar de pensar que desencajaba totalmente junto a ellas.

Unos minutos luego partimos, Liliana no subió al auto conmigo, en su defecto un par de enfermeras y otra doctora si lo hizo.

La música a todo volumen, el tráfico lento que generábamos, el licor y la sensación de libertad me parecía en exceso divertida. De vez en cuando el carro de adelante se detenía para sacar licor de la cava en la maletera y todos los imitábamos, se detenían a orinar, o simplemente porque nos parecía divertido mostrarle a la sociedad que nuestra celebración tendría mayor peso que cualquier cosa que ocurriese en el universo en ese momento.

A mitad del recorrido Liliana, subió a mi auto, con el ánimo a millón manipulo mi estéreo a su antojo, yo pare de beber, sus labios resultaban tan provocadores que generaba una descontrolada ansiedad en mí. Llegamos a las tarimas iniciada la noche, la música a millón, comenzó a llover y eso solo entusiasmaba aún más a las masas danzantes. Ella bailando juguetonamente a mi lado, sin ninguna intención de dedicarme su danza me deleitaba con su cuerpo, húmedo por la lluvia, erizada por los vientos. Tomando aire profundo, huyendo antes de que cualquiera notase como la observaba partí a mi carro a buscarle un suéter. Me agradeció y siguió maniobrando a expensas del sonido del reggaetón que inundaba la zona.

Para cuando lo note eran las 2 am, el licor se agotaba y siendo sincera mis energías también. Le expresé mi voluntad de irme y me contuvo.

– ¡Se acabó la botella! – llego de la nada una de las enfermeras a decirnos, con la muestra de nuestra ebriedad en su mano. – Deberíamos ir por más, propuso mirándome.

Liliana observo aquello – es una excelente idea, – la chiquilla sonrió –  iremos por mas licor y te quedaras otro rato, esto aún no acaba.

Me exigió, yo no sé si estaba ebria o no, pero lo que esos labios pidieran yo lo haría con gusto y en entera sumisión.

Dejando a la joven enfermera atrás, partimos Liliana y yo, se quitó mi suéter para secarse la humedad de la lluvia, me distraje observando aquello y no note si quiera si las licorerías clandestinas estaban abiertas a esa hora. Seguí de largo. Su duda nació al verme conducir dentro de mi estacionamiento.

– ¡Esto no es una licorería!

– En mi casa hay varias botellas.

Tranquila accedió.

Entramos al departamento, me dirigí a las botellas y notando nuestras prendas empapadas fui por otras. A mi regreso ella jugaba con una botella de tequila muy especial. En la parte posterior detallaba con animosidad el arte del body shot. Su mirada distinta logro erizarme.

– Seguro debes tener limones – su tono era tan perfectamente seductor, no sé si el licor jugaba con mi psiquis o simplemente ella era quien lo hacía, pero tras haber dicho aquello por Dios que habría hecho aparecer limones de donde fuese con solo satisfacer esos labios angelicales.

Saque algunos y fingiendo naturalidad pregunte si quería que los llevásemos de vuelta a la tarima.

– En realidad, estoy pensando que juguemos un poco con el tequila.

Coloco la botella con firmeza sobre mi comedor de madera antes de subirse ella allí. Tomo asiento mientras me observaba sugerentemente. Con rapidez pique los limones, tome el tequila glass y fui por sal. Entré al comedor deleitándome con la imagen de su cuerpo totalmente recostado a la mesa, su dorso sin camisa, solo el brasier luchaba por evitar que mis ojos la invadieran aún más, sonriente me regalaba su mirada oscura.

Coloque sal en su ombligo, el trago en medio de su pecho y la rodaja de limón en su boca. Sus ojos se impacientaron, al tiempo que los míos disfrutaban de aquellos segundos viéndola, jamás estaría segura si aquella escena era o no fruto de mi imaginación.

Recline mi cuerpo para acercar mi lengua a su abdomen, mi lengua cálida hizo contacto con su piel fría y la sal en ella, partí suavemente, con delicadeza, sintiendo su cuerpo temblar ante el contacto. Culmine el camino de sal y rápidamente subí a su pecho, tome el vaso de tequila en mis labios y lo bebí todo, solté el vaso dejándolo caer al suelo, posando mi mirar en el suyo, ignorando el sonido del vidrio al impactar contra la cerámica del piso, ajuste mis labios a los suyos para tomar el limón y besarla furtivamente. Succione el ácido en la pieza y lo arrojé, al suelo junto al vaso. Mi cuerpo aún estaba reclinado sobre el suyo, sentía su respiración acelerada frente a la mía falsamente controlada, se acercó a mí, ofreciéndome todo el esplendor de sus labios rosa. El beso fue aún mejor de lo que yo pude imaginar que seria, suave textura, delicioso ritmo, su lengua sin temor exploraba en mí, mientras que la mía luchaba por lograr lo propio en ella.

Sobre aquella mesa la hice mía, seguimos bebiendo, jugueteando y culminamos en distintas áreas de mi casa, con la piel recorrida por la sal, el tequila y nuestras lenguas.

Abrí los ojos por la mañana, el sol intenso impactaba la ventana al tiempo que mi jaqueca buscaba recordarme con claridad la noche anterior. Tome asiento, mi cintura dolía en un costado, baje mi mirada, un prominente morado estaba formado, recordé entonces que me golpee contra la mesa en medio de mi desesperación por sacarle el jean. Observe mi cama, ella dormía con su cabello negro enmarañado y su cuerpo desnudo. Fui por una ducha caliente.

El baño me revitalizo y partí a la cocina, sedienta por café y hambrienta, antojada por unas panquecas, me anime a hacerlas. Torpemente y aun leyendo la receta lo logre.

– ¿Tú también tienes jaqueca?

– La verdad es que si – alce mi vista a su cuerpo cubierto por una de mis camisas. Le sonreí, me devolvió el gesto. – ¿te gusta la cachapa? – pregunte con malicia, sonrojada sonrió.

– Estoy hambrienta.

La alenté a que tomase asiento a mi lado. Comimos y conversamos tranquilamente.

Su mirada evasiva a ratos la mostraba nerviosa. Yo tranquila evite cualquier cosa que pudiese resultarle inapropiada, bien he aprendido que lo que sucede con el licor es cuestión de un universo paralelo.

Me ofrecí a llevarla, se negó, así que la despedí tranquilamente en la entrada de la residencia. Sin mirar atrás, “like a boss”.

No puse mayor pensamiento en aquello, en su rostro lo había leído todo, “aquí no ha pasado nada”.

– Claro que me gustaría llevarla a una cita o algo bonito, pero tampoco voy a mariquear – Francis me miro dudosa – lo que paso fue un resbalón de una noche y ambas estamos claras, es mejor así.

– Pero la seguirás viendo, ¿no será incomodo?

Extendí mi mano para que me pasara el tirro negro. Arreglaba una lámpara en su casa.

– No hay manera de adivinarlo, pasará lo que deba pasar.

El miércoles asistí al hospital con mi mamá. Tengo que admitir que algo en mi estaba distinto, estaba distante con Liliana, como a la defensiva, no sé porque.

Mi madre acudió a la consulta con la sincera emoción de obsequiarle un juego de gargantilla y zarcillos que había comprado para ella hacia un par de meses, a mí me generaba ternura aquello.

El momento se tornó maravilloso y cálido, ella se sonrojo al extremo y mi mama la miraba con los ojitos brillantes y expectantes. Yo un paso atrás, solo las detallaba a ambas, recuerdo que pensé que no me molestaría tener una novia como ella, era realmente hermosa.

Su cabello negro liso, algo corto; la dentadura perfecta y su delicada figura, hasta su estatura era ideal para mí.

Puso sus ojos en los míos justo cuando precisaba todo aquello y me puse nerviosa. Deje de verla de inmediato.

– Hoy eres la invitada de honor en mi casa, hare una cena que de seguro te gustará – hizo una pausa mi madre, con un nudo en la garganta formándosele – es lo menos que puedo hacer para agradecer todos tus cuidados.

A Liliana se le aguaron los ojos. Yo suspire.

Tras un par de palabras más, partimos con la promesa, yo iría a buscar a Liliana en el hospital a las seis, y la llevaría a casa de mama para cenar. Así lo hice.

Un rock suave espantaba el silencio que atentaba contra el interior del carro. Simplemente no sabíamos que decirnos.

Mamá tomando en cuenta las raíces llaneras de Liliana opto por hacerle una parrilla casera que olía delicioso prácticamente desde que colocamos pie sobre el estacionamiento.

Carnes asadas, yuca, tártara y picante, aquello era un manjar de los dioses.

Conversamos, compartimos y nos divertimos un par de horas.

– Ustedes están más jóvenes que yo, continúen sin mí.

Se abrazaron y cumpliendo su cometido mi madre partió de la terraza a su habitación.

Liliana y yo nos observamos con incomodidad por hallarnos a solas, se levantó y caí en cuenta que mi actitud era errónea e inútil.

– No te despidas, aprovechemos lo burgués de la locación y bebamos una copa de vino.

Asintió casi por inercia. Volví con un par de copas en mi mano.

– Deliciosa cena – declare con glotonería, recordando los sabores.

Asintió sonriente.

– ¿Qué harás al tener el titulo?

– Volver a mi tierra – me dijo en tono sencillo, observando su copa – aún faltan un par de semanas para ello, pero seguramente viaje antes – la mire intrigada – mi hermana esta pronta a dar a luz, es mi primer sobrino así que quiero estar allí.

– Cierto que me habías comentado, la menor de las tres encargo primero.

Sonreímos.

– Mañana madrugo.

Se levantó, imitándola cogí las llaves del auto que estaban sobre la mesa.

– No te retengo más, vamos, te llevo.

– Todo estuvo excelente.

– Súper delicioso – mi gula volvía.

– ¿Por qué actúas extraño?

El cambio de su voz, el giro tan brusco de tema, todo me desencajo.

– ¡No sé a qué te refieres!

A todas estas ya nos hallábamos en el ascensor, su silencio me aturdió mientras bajábamos un par de pisos.

Casi al terminar de bajar, en unos segundos violentos, se acercó y trato de besarme, en medio de mi aturdimiento solo pude tomarla de los brazos y evitarlo.

– No lo hagas – poso sus ojos en mí con desafío y enojo. Retrocedió dos pasos y antes de que a mí se me o curriese algo más que decir se abrieron las puertas.

Salió como alma que lleva el diablo, esa mirada ya la había visto antes, su carácter es especial todo le gusta a su manera, le desespera que no sucedan las cosas así.

Pase el camino analizando por que la había detenido, está bien yo se que ni debe saber lo que quiere y no debemos caer en ese juego de confusión pero si no quería detenerla, ¿Por qué hacerlo? Ella solo miraba a través de la ventana, su rostro serio y con el ceño fruncido, apenas espero a que el carro detuviese su marcha, “estuvo hermosa la velada”, fingió una sonrisa y bajo con rapidez.

Lo había arruinado.

Un par de días sin saber de ella. Recibí la llamada de la jefa de su especialidad, la Doctora Dulce Montalvo, con respecto a una conversación que habíamos tenido cuando mamá estuvo hospitalizada allí. Me había comprometido a mejorar la iluminación de las habitaciones.

Quedamos en hacerlo para el fin de semana, aprovechando que extrañamente no había muchos pacientes internados en el ala de cardiología.

Lleve mi equipo y puse manos a la obra, invertí un poco pero la satisfacción de colaborar con un granito de arena compensaba todo.

Coloque apagadores nuevos, reguladores de intensidad de luz, lámparas, bombillos, apagadores nuevos, todo lo que hacía falta para mejorar la estadía de los pacientes y hasta la de los familiares que los acompañaban.

El domingo en la tarde frise todos los orificios que había hecho para volver el lunes y pintarlos a primera hora, dejar el par de habitaciones como nuevas.

Liliana estuvo libre de guardia ese fin de semana, creí se había ido a su ciudad, tal vez su hermana ya había dado a luz.

Taladraba para finiquitar la lámpara del baño que me dio un poco de mayor trabajo cuando oí su voz, sin pensarlo salí a saludarla. Ella venia distraída, saludando con rapidez a sus colegas que estaban en el pasillo, no se percató ni de mi presencia ni de la de mi extensión que atravesaba el espacio.

Tropezó a un paso de mí, culpa del cable. Heroicamente la ataje en mis brazos. Palideció al verme.

– ¿Qué haces aquí?

– ¿Cómo estas Liliana? – sonreí casi disculpándome, esa última vez que nos vimos la cosa no había marchado bien.

– Bien y ¿tu? – respondió nerviosa, reponiendo su ropa, mirando a los lados como si robara algo en una tienda de chinos.

Justo a eso me refería, este baile de gestos y actitudes inquietas, dudando, recriminándonos por algo que paso y fue rico, bien podríamos ahorrárnoslo.

Culmine mi trabajo y salí a fumar.

Liliana.

No lograba sacarla de mi mente, cuestión con la cual mi enojo lidiaba torpemente, lo que pasó había quedado en mi memoria solamente, por lo visto en la de ella ha sido un evento normal, una más del montón me atrevería a decir.

Accedí a cubrir unos días de descanso a la Doctora Diana antes de irme pero ahora que me topo con ella comprendo que no lo pensé muy bien después de todo. No es de mi agrado verla, me recuerda la humillación de su rechazo.

Después de todo que era lo que estaba pensando, ¡diablos!, buscar besarla fue tan estúpido como imaginar que tal vez esto se convertiría en algo más. Me sacaba de mi misma pensar todo eso, no era mi forma de ser, no era yo quien analizaba esas cuestiones, un amor platónico se expresaba neciamente en mi lugar. Debía callarlo.

Camino a la salida, en el patio que divide ambos edificios la vi sentada en la grama fumando, con sus pantalones manchados de pintura y su cabello corto un poco revuelto, observaba el movimiento de las palomas en su frente. Tuve el impulso de acercarme, pero la duda me hizo mella y antes de terminar de cruzar hacia el otro edificio vi a Mariangel acercarse a ella, con su uniforme impecable de enfermera, pidiéndole del cigarro. Inhalándolo de una manera seductora. Fruncí el ceño y proseguí mi camino.

En la fila del cafetín me envolvía un enojo indeseado y vergonzoso. Ahora yo ¿celosa? ¿Me interesaba ella hasta ese punto tan extremo? Mi mente racional podía resolverlo.

Involuntariamente hice un gesto de negación con mi cabeza.

– Eso de rechazarme antes de si quiera proponerte algo es totalmente nuevo.

Su voz me trajo a la tierra con brusquedad.

– ¿Qué? ¿Qué dices? –  me miro confundida – perdón estoy algo distraída.

– Es que iba saliendo – me señalo la caja de herramientas en su mano – y te vi acá. Vamos a comer algo serio, que no esté ni frio ni viejo.

La chica del cafetín que esperaba mi orden la vio con recelo y molesta se alejó.

– Lo siento, pero si esta frio y viejo.

Agregó Alejandra para echarle más leña al fuego.

– Calla – la reprimí.

– Bueno, callaré pero vamos.

Su tono despreocupado y positivo siempre me llamo la atención, aún no he logrado verla molesta, y el caso de su madre no fue para nada fácil.

– Se me antoja una pizza, ¡vamos!

En contra de lo que mi cerebro exigía partí con ella. Contaba con una hora de almuerzo.

Culminábamos de pasar la tarjeta para pagar la comida cuando recibí una llamada, me aleje un poco para tomarla.

– Hija.

– Bendición – mi papá se oía agitado.

– Está pasando hija, tu hermana tiene dolores de parto, vamos hacia el hospital, solo quería avisarte, te amamos, Dios te bendiga. Y colgó.

– ¿Todo está bien? – pregunto Alejandra a mi lado. Le comente lo que sucedía y de inmediato se ofreció a llevarme a la estación de autobuses, debía comprar mi ticket para Guárico lo antes posible.

– Lo siento señorita pero no es posible venderle un boleto, el túnel está cerrado.

– Pero debe existir algo que pueda hacer, necesito salir a Guárico hoy mismo.

Alejandra espero en el auto mientras a mí me seguían diciendo que por los derrumbes las rutas normales estaban cerradas, tal vez al día siguiente habilitarían la ruta alterna del páramo, pero por ahora no podría hacer más que quedarme o hacer mil trasbordos en carritos que no era seguro que estuviesen trabajando.

Decepcionada y enojada subí al auto.

– ¿Y? ¿Compraste?

– Están cerrados los túneles.

– Nunca he ido a Guárico. Alejandra inicio marcha y confieso que la mire rencorosa, su comentario me parecía demasiado relajado y fuera de lugar. Su sonrisa me desespero aún más.

– Estoy ofreciéndome a llevarte tontita

– ¿Qué? – no comprendí a la primera, me hallaba fuera de sí.

– ¡No me hagas suplicarte!, llama a alguien en el hospital, que te cubra a partir de mañana y a las seis que salgas, nos vamos a tu tierra pues.

Todo lo decía con tanta calma que me frustraba como podría estar así de relajada siempre. Veía el mundo tan fácil.

– No voy a dejar que hagas eso, es demasiada molestia.

– Ah carajo no seas así, te vendré a buscar a las seis, vamos a tu casa por tus cosas y partimos, te apuesto a que llegamos justo a tiempo para el nacimiento de tu sobrino.

Su sonrisa contrastaba con mi ánimo, pero era refrescante. Después de conversarlo un poco más, y aun sin certeza acepte.

Seguí sus instrucciones, cambie mis guardias y la espere afuera del hospital.

La salude y dije muy poco durante casi todo la vía, la pena me abrumaba y ella llenaba el espacio con música a mediano volumen.

– ¿Estas nerviosa? Pregunto empática, tomando mi mano, en un semáforo del camino.

Yo detalle el gesto y subí mi mirada a observarla. Sonreí sonrojándome.

– Más que nerviosa estoy apenada la verdad, aun no puedo creer que deje que me lleves hasta allá. Esto no es como los aventones que sueles darme hasta mi casa.

Se carcajeo.

– Es mejor la verdad. Ya deja la bobada, alcanza una bolsita que está detrás de ti, en el asiento posterior.

Eso hice. La destapo y feliz me impulso a tomar un tequeño.

– Son deliciosos, come.

Me apremio llevando uno a su boca. La vergüenza de a poco cedía y permití que conversáramos sobre diversas cosas.

Un par de horas en carretera y un aguacero comenzó a azotarnos, darían la 1 am aproximadamente cuando le pedí que no continuáramos, ya me tenía muy nerviosa. No se observaba mucho del camino.

Tranquila redujo la velocidad y en el siguiente motel se introdujo. El estacionamiento estaba repleto. Quise bajarme a buscar las habitaciones, ella no me lo permitió, se dirigió ella misma y regreso empapada, una vez más me abrumo la vergüenza.

– La buena noticia es que hay una habitación

Guardo silencio escrutando mis ojos, simulando estar relajada, di una respuesta suave, sin darle mayor importancia a aquello.

Nos internamos a la habitación, sencilla cumpliría a duras penas la misión de cobijarnos durante lo que restaba de noche, quise bañarme pero sinceramente no me sentía muy alentada a hacerlo, me generaba dudas la higiene del lugar por más que luciera limpio. Ella aprovechando el cafetín de la carretera, pidió un par de cafés y arepas. Una maquina delgada devoradora de comida era.

Busque refugio de un lado de la cama, luego  temerosa lo hizo ella del otro, me abrigue con el delgado cobertor, me sentía temblando por el frio o tal vez, por oír su respiración tan cerca.

El picor del sol no logro sacarme del silencio la mañana siguiente, ella cantaba al manejar y yo ideaba maneras de iniciar una conversación pero no llevaba a cabo ninguna.

Pasamos directo a la clínica, los mensajes de mi familia me informaron el nacimiento de mi sobrino a primeras horas de la mañana, llegamos al medio día. Mi hermana dormía y el niño estaba en el retén, tras saludar y presentarles a Alejandra fui a verlo.

– Es este, lo sé, – me sorprendió Alejandra; yo veía a otro niño en ese instante, ¿cómo pudo adivinarlo?, la pequeña criatura bostezo y busco estirar un poco sus bracitos, era la cosita más bella que había conocido jamás.

– ¿Cómo lo sabes? – pregunte finalmente.

– ¡Mírale la carita! tiene tus gestos definitivamente, – se irguió orgullosa – solo espero que no haya heredado también tu carácter – le di un leve golpecito en el brazo – tu mirada – comenzó a decir observándome de una manera tan peculiar, en un instante la sentí tan cerca, como si estuviese sobre mí, pero ella no se había movido ni un centímetro; quiso continuar pero mi padre nos interrumpió.

– Disculpen, – Alejandra le sonrió – tu hermana despertó hija, pregunta por ti.

Me aleje de ellos y fui a compartir con mi hermana.

Alejandra.

Me estremeció ver sus ojos llenos de amor hacia el neonato, quería meterla en mis brazos y proponerle un destino juntas pero gracias a Dios su padre llego, no podía permitirme aquello. Ni si quiera en mis pensamientos más profundos, pues no me llevaría a nada bueno.

Compartí con la familia de ella un poco más, lo razonable para no pasar por mal educada pero justo antes de rayar en lo entrometido. Quise despedirme y su padre me contuvo.

– ¿A dónde vas?

– Solo buscare el hotel, descansare hoy para partir mañana temprano seguramente.

Liliana quien recién se incorporaba a la escena solo me miro insegura. El señor Rafael rápidamente se ofendió.

– ¿Hotel has dicho? – su leve acento español me daba un poco de gracia. Inmigrante durante la guerra seguramente. – Nada de eso. Te has tomado la molestia de venir y traer a mi hija, lo mínimo que podemos ofrecerte es hospitalidad.

– No la verdad que no fue molestia, no es necesario, señor Rafael, muy agradecida pero

– Nada de eso, no, no, te quedáis con vosotros, ¿verdad hija?

Imperioso deposito sus ojos oscuros en su hija quien aún dudosa no decía nada, cosa que a él parecía desesperarle más.

– Claro que debes quedarte con nosotros, – afirmo ella tras un segundo – así como me dijiste, no tomare un no por respuesta.

Sin más que hacer sonreí y asentí tranquila.

Llegamos a su casa en horas de cenar, comimos y Liliana me acompaño a mi habitación.

– Si necesitas algo, lo que sea, mi habitación esta al fondo.

– Gracias, así estoy excelente.

Me adentre en el cuarto y tome asiento en la cama. Ella hizo lo propio a mi lado. Tomo mi mano que yacía sobre el colchón, me senté correctamente y sorprendida la mire.

– No olvidare lo que has hecho por mí, estoy más que agradecida.

Solo atine a sonreír, tras un segundo devolviéndome el gesto se acercó a besar con suavidad mi mejilla y partió. Aquel tierno e inocente beso había helado mi ser. Debía partir pronto de allí.

Al oír algo de movimiento, salí lista de mi habitación, ya estaban sirviendo el desayuno para Liliana, su padre y su madre. Con lentitud me acerque a ellos.

– ¡Oh! Esperamos no haberte despertado, exclamo su madre.

– No, de ninguna manera, suelo levantarme temprano.

– En buena hora entonces, partiremos a buscar a Sofía y el pequeño Rafael en la clínica – el marido de Sofía se llama Rafael Enrique, su padre Rafael Eduardo y ahora la criatura Rafael Ángel, muchos Rafael en la familia.

– Yo aprovechare de partir – anuncie tomando asiento. Rafael me observo con la misma contundencia del día anterior, alerta espere su respuesta.

– Claro que no, iras con nosotros y volverás para la celebración, aun ni has bebido de los miaos del niño.

Sonreí.

– No quisiera importunar con mi presencia en una reunión familiar.

Observe a Liliana con piedad, buscando su ayuda para debatir, envuelta en una sonrisa continuó comiendo en silencio.

– Nada de eso, está decidido entonces, – se levantó con actitud – partiremos en 25 minutos.

Liliana coloco su mano en mi hombro y haciendo un gesto con suavidad me exhorto a quedarme.

– ¡Realmente eres bienvenida! ¡Quédate!

Terminamos de comer y partimos a buscar a Sofía y el orgullo familiar del momento, al volver a la casa el centro de atención se fue a descansar y Rafael padre junto a Rafael esposo me sentaron con ellos en el estudio, cada uno frente a su vaso lleno de miao (licor tradicional, casero que se entrega para celebrar partos en mi país). Sonriente me preguntaba por qué ni Liliana ni la señora Liliana se encontraban con nosotros; ahora que lo veo la familia poseía un placer por la sucesión de nombres.

– Ayer note un poco de pintura en sus brazos, – comento el señor Rafael tras beber unos buenos sorbos de la deliciosa bebida caliente.

Sonreí apenada. Ayer hacia unas reparaciones en el hospital, en el área de cardiología, y con todo lo que salimos corriendo se me escaparon un par de manchas.

– No se apene jovencita, es un orgullo realizar trabajos manuales – Rafael cuñado con los ojos rojos de cansancio se excusó para irse. – Yo mismo edifique esta casa con mis propias manos – retomo el tema, yo admire mi alrededor.

– Pues déjeme decirle que ha hecho una gran obra.

– Tiene buen gusto usted. Reímos. Espero nos acompañe mañana en el asado, sé que sabrá apreciar mi ganado, comeremos una res y una gallina criadas en mi propia finca, las prospere para este momento.

Me sentí alagada pero en medio de mi duda pregunte por la dieta de Sofía.

Con rostro altivó me respondió. Es una Castillo, en esta casa somos como los becerros, nacemos caminando y no necesitamos descanso.

Respetuosa solo asentí, me pregunte en aquel momento que opinaba Liliana sobre aquello. Aunque ciertamente nada mejor que un buen cruzado de res y gallina para animar el cuerpo.

Conversamos un poco más y luego partí a mi habitación. No vi más a Liliana ese día.

El olor a fritura me levanto por la mañana. “Estos llaneros si saben comer” me dije al reconocer el aroma de chicharrón fresco.

Me senté frente a Liliana y en el medio de ambas una charola repleta de aquel manjar tapa arterias, a su lado derecho unas arepas deliciosas y a su izquierda un picante criollo para morirse. No podía parar de comer. Liliana reía mirando mi ilusión comiendo. Para mi sorpresa ella también comió y con bastante picante, después de todo lo doctora también se daba sus gusticos.

Tome gran parte del día acompañando al señor Rafael a preparar el cruzado, hasta que al fin lo dejamos encaminado y fuimos por unas cervezas.

Admirando el patio note que construía una fuente. Nos acercamos. Tal vez por el licor o por tomarle algo de confianza me atreví a darle unas sugerencias, me escuchó con atención.

– Unas luz led, aquí y allá con una leve inclinación y color azul hacia el agua lucirán excelente en la noche, y si mueve la fuente unos 30° al norte, en la mañana vera como brilla con el rayo de sol que debe colarse por la enredadera de ese lado.

– Tienes mucha razón, pensé lo de los bombillos led, pero me falto un poco más de concentración para la luz del sol, lo tomare en cuenta.

Dio un golpecito de camarería a mi espalda, – me hubiese gustado que Liliana saliera contigo desde antes.

Aquel comentario me helo y él atendió al llamado de su mujer y se acercó hacia ella. Yo palidecí.

Aturdida me adentre a la casa. No lograba identificar que me molestaba si el hecho de que me viera como su “yerno” o el hecho de que en realidad no tengo nada con Liliana.

Pasando por el pasillo de la sala, en dirección a mi habitación, quería ir al baño a humedecer mi rostro. Me topé con la voz de Liliana discutiendo.

– No deberías estar aquí.

– Lili ya que estas aquí podemos retomar lo que dejamos a medias y quiero que salgamos.

– He venido a ver a mi hermana y mi sobrino, no a verte a ti, no quiero volver a verte ya te lo había dicho.

Culpable no podía terminar de pasar no quería que supiese que estaba oyendo o que oí algo de aquello, pero tampoco moví un musculo para retroceder e irme. Anulada seguí escuchando.

– Fue un traspiés lo que tuvimos, no podemos echar dos años a la basura.

– Tal vez tu no puedas pero yo sí, y me resulto muy fácil la verdad, por favor vete, me arruinas la celebración.

Los comentarios se tornaron inaudibles para mí, solo oí un leve gemido de dolor de ella, y un “suéltame”, sin pensármelo dos veces salí a ver qué pasaba.

– ¿Todo bien? – pregunte con cierto aire absurdo, de inmediato alejo su mano del brazo de ella, me termine de acercar desafiante. Él me miro antes de verla a ella por última vez y asegurarle que aquello no había terminado. La palidez de hace un instante se desvaneció para darle paso a un rojo arrechera, quise hacer mas pero mi nulo derecho sobre ella me lo impidió.

– ¿Te lastimó?

– Siento que vieras eso. Y se alejó de mí adentrándose en su habitación.

Dude un par de minutos antes de tocar a su puerta. Oír su sollozo a través de la barrera me enojo más.

– Liliana déjame pasar.

– No es necesario esto Alejandra, vete, gracias.

– Tomare asiento junto a la puerta ni si quiera debes salir, solo habla conmigo desahógate.

La oí suspirar. Tardo unos minutos.

– Me golpeo en una discoteca porque un chico se acercó a invitarme a bailar, me abofeteo y yo le respondí, fue ridículo.

– ¿Lo amas?

– ¿Qué?

– Que si lo amas, ¿Es por eso que lloras?

Abrió la puerta de súbito con sus ojos rojos pero el rostro enojado más que adolorido. Yo me levante de golpe.

– No, jamás; lloro por la frustración de que haya venido a arruinarme el día, y de la vergüenza de que tú hayas visto eso.

– No debes sentir pena, más bien velo como reciprocidad; me miro dudosa, sonreí; recuerda que varias veces me viste llorar cuando creímos que mi madre no lo lograría, ya era justo ¿no? Solo yo lloriqueando.

Logre hacerla sonreír.

– Es un imbécil no merece ni un mínimo de sentimiento tuyo, y el día no se arruinara por alguien tan insignificante como él.

Me atreví a abrazarla, en un gesto un poco mecánico al principio ella se dejó, y bajando la guardia se hizo más cómodo tenerla en mis brazos, sentí su pulso calmarse y me aleje.

– Chicas vamos a comer.

La señora Liliana nos llevó de vuelta al jardín, donde mi suegro imaginario nos observaba con ternura, ahora podía notarlo y seguía sin saber cómo sentirme al respecto.

El patrón de la casa seguía conversándome, de su llegada a Venezuela, de construcción, religión, política, economía y hasta jugamos domino con Rafael cuñado y Liliana. En mi vida me había sentido tan halagada por el trato de alguien como por el trato del señor Rafael, pero al mismo tiempo me perturbaba a mas no poder, estaba repleta de preguntas, ¿acaso Liliana había notado la actitud de su padre?, observaba sus ojos y no podía llegar a imaginar la respuesta si quiera.

Un tanto entrada la noche me excuse para partir a mis aposentos temporales, el licor y el cansancio comenzaban a hacerme efecto y antes de perder el control preferí recluirme en la habitación.

Unos minutos después de mi ducha oí llamar a la puerta.

Liliana.

Jorge había arruinado mi estado de ánimo con una rapidez admirable, pero Alejandra me había recuperado con mayor audacia. Me sentía agradada por su contacto y cercanía. Me costaba admitirlo, deseaba alargar el abrazo pero apenas y pude sentirme cómoda con los nervios de estar en sus brazos un momento.

Con la mirada cansada se despidió, yo fui a la cocina a conversar con mi madre y ayudar a recoger los trastes, mi hermana sentada en la mesa nos acompañaba mientras le daba de amamantar al pequeño angelito que recién despertó en busca de alimento.

– Hija nos agrada Alejandra.

Sonreí y continué mi labor escurriendo los platos.

– ¿Cuándo ibas a decirnos?

– ¿Decirles qué?

– Pues que sales con ella Lili – afirmo mi hermana con plena seguridad.

– Yo no salgo con ella.

Mi madre y mi hermana se miraron. Admire el gesto.

– ¿Por qué dicen eso?

– Papá nos dijo – titubeo mi hermana.

– Hija si tu padre ha conversado con ella, sobre ustedes.

Enrojecí.

– ¿Cómo que ha hablado con ella? ¿A qué carajos se refieren? ¡Nosotras no tenemos nada!

– No es lo que hable con ella, hija – comento de repente mi padre, quien entraba al lugar. – la verdad me alegra mucho, es una excelente persona.

Los mire confusa y enojada, solté lo que tenía en las manos y ofuscada me dirigí a la habitación donde estaba Alejandra.

Toqué la puerta con insistencia y enojo. Dormitando abrió. Pase de golpe.

– ¿Sucede algo?

– ¿Cómo te atreves a decirle a mi padre que tú y yo tenemos algo? ¿Eso lo andas pregonando por ahí? ¿Qué rayos te pasa?

– Yo jamás he dicho eso. Respondió con rostro espantado.

– ¿Por qué mi padre cree que tenemos algo? Tú pasaste casi todo el día con él, ¿Qué le dijiste?

– Yo no dije nada – suspiro  y tomo asiento en la cama – solo no negué un comentario que él hizo.

La mire exasperada por una explicación, relajada me miro a los ojos.

– Me dijo y lo cito “me hubiese gustado que Liliana saliera contigo desde antes”; no supe que decir.

Se levantó y yo apenada y un tanto aturdida tome asiento. Me sentía como una estúpida.

– No supe que decir. Es decir tu y yo… – se giró de nuevo a verme – tu y yo… no lo permitirías. Solo no lo negué lo siento. Creí que sería peor negarlo, pues no sé cómo explicar que pasa. Debí decirte lo siento.

Avergonzada baje la mirada.

– La que lo siente soy yo, he actuado como una tonta, ¡y tú descansabas! ¡Rayos lo siento!

Me levante y fui a la puerta, tome la perilla un instante antes de entender que me acaba de decir que yo no lo permitiría.

– Espera; alzo su mirada para verme, se había sentado de nuevo; ¿a que te refieres con que yo no lo permitiría?

– Bueno quise decir que tu no lo deseas, y lo comprendo – se levantó de golpe, por primera vez la sentía agitada – lo que paso, paso y no necesitamos recapitularlo.

Solo la mire en silencio, procesando todo aquello que acababa de decirme.

– Es decir, fue licor ¿cierto? – El que yo no hablará la estaba poniendo más nerviosa, caminaba de lado a lado frente a la cama – es algo que sepultaras en tu mente, y pues no ha pasado nada está bien, tal vez ni debió pasar en primer lugar ¿no?… solo fue un resbalón. – culmino susurrando con la cabeza gacha. – Si es necesario mañana me disculpo con tu padre, lo lamento – y no paraba de hablar, argumentaba sobre esta situación nuestra al tiempo que yo notaba como perdía el control de mis sentidos. Con paso firme me acerque a ella, quede a su frente, mi mirada decidida y mi gesto lograron callarla, me miraba ansiosa.

Arroje mis labios tras los suyos. Me detuvo a la primera, casi recobre la cordura pero no fue así, intente besarla de nuevo y esta vez no lo evito.

No salí de esa habitación esa noche, dormimos escasamente una hora o dos antes de que mi madre la llamara para el desayuno. Par de pasos adelante en mi habitación la oí llamarme, no sé si fingió no saber que en realidad pase la noche con Alejandra, pero como sea aprecie el gesto.

Teniendo vacilaciones sobre lo sucedido tome asiento en la cama, ella en silencio me analizaba, esperaba mi reacción, y yo no sabía si tener una.

Le sonreí mientras buscaba mi ropa. Suspiro y elevando su cuerpo desnudo se levantó y fue a la ducha. Sin decir nada salí sigilosa.

Me duche y cambie. ¿A qué rayos estaba jugando? Muy pocas veces en esta vida me he permitido no saber que sentir ni que hacer, pero esta indecisión, esta incertidumbre me estaba carcomiendo.

Tomo asiento frente a mí, distraída apenas y probo bocado. Sorprendida presenciaba la falta de ilusión en sus ojos ante la comida que nos habían servido.

Con dificultad prestaba atención a la conversación que se llevaba a cabo en la mesa.

Alejandra.

No alce la mirada sino hasta que oí la pregunta que despertó toda la curiosidad en mí.

– ¿Cuándo regresan a Mérida hija?

Yo paciente solo la mire a los ojos. Me evadió. Quería incendiarme en ira, pero solo me generaba tristeza aquello.

– Yo debería irme el domingo papá.

– La verdad es que estaba pensando partir antes de mediodía – intervine sin pensarlo. Todos me vieron con sorpresa, pero en especial ella, quería que lo supiera, que ese comentario era un último respiro de mi orgullo, yo no quería jugar a esto me lo dije mil veces. Por ella siento un cariño increíble y ahora que he poseído su cuerpo y sus labios simplemente no puedo sofocar esta llama que arde a cada segundo más fuerte.

– Ojala podamos convencerte de lo contrario – comento Rafael, todos nos observaban esperando el siguiente comentario, como si todos estuviesen al tanto de lo que sucede, tal vez ellos puedan explicarme porque yo solo entiendo que saldré lastimada de esto.

– Me gustaría que te quedes – apresuro a decir ella, para mi sorpresa su voz sonó tan sincera como cuando gemía para mí la noche previa.

– Creo que ya he abusado suficiente de su hospitalidad – fingí una sonrisa, solo la veía a los ojos, quería encontrar un camino a la verdad, ¿Qué rayos siente ella? ¿Solo quiere jugar conmigo?

– Nada de eso – opinó su hermana con tono ligero.

– Para mi mejor que te quedes y así llevamos los consejos de la fuente a cabo, ¿Qué dices?

Pase mi mirar rápidamente por el semblante de Rafael cuñado preguntándome si con él la actitud era la misma o yo era un juguete nuevo para todos en esta familia.

Respirando profundo, apartando la ira de mí. Sonreí y asentí.

– Será mejor que busque mis herramientas en la camioneta entonces.

Me levante emulando una alegría difícil para mí en aquel momento.

Abrí la puerta de mi auto y sentí sus pasos sigilosos tras de mí.

– ¿Segura que quieres que me quede?

– Plenamente segura.

Me gire con la caja de herramientas en mis manos.

– No, no lo estás. Sonreí. Guardamos silencio. Luces hermosa.

Afirme con honradez y pase por su lado, paso seguro de vuelta a la casa, ya me había metido en este lio, ya solo debía esperar que la  corriente me tome y  me golpee contra las piedras.

Codo a codo colocamos la fuente en su lugar, colocamos las luces, hasta podamos un poco el jardín, hicimos el trabajo más machista de la vida mientras su esposa y su hija muy acorde con la tradición nos traían limonada fría cada cierto tiempo. Rafael cuñado y Sofía salían a momentos a caminar con lentitud, ella aún se recuperaba, la pequeña criatura salió por los primeros rayos del sol y luego fue protegido dentro de la casa.

Finalizando la tarde había logrado parar de pensar, ya había “olvidado” mi descontento.

Rafael padre partió a ducharse y reposar la espalda. Yo me detuve a admirar el trabajo, quería asegurarme de que todo había quedado correctamente instalado.

– Si estoy segura. Su voz me trajo de vuelta a la realidad.

Solo opte por regalarle una sonrisa.

– ¿Te gustó? – pregunte señalándole toda la labor realizada.

– Quedo maravilloso.

De pie, ambas seguimos allí, presenciando el ocaso tal vez.

– Estoy tan segura de que quiero que te quedes, como lo estoy de que esto no tendrá futuro.

– ¿Esa es tu mejor frase para que me quede?

– Es en serio.

– ¿Crees que no lo sé?, ¿Qué no lo supe desde el primer instante que roce tus labios?

Tome su rostro en mi mano, me acerque a besarla, demencialmente lo hice, suponiendo que me rechazaría por el lugar y el momento, pero no fue así, me correspondió, y la ternura del momento helo mis huesos.

– ¡Anda! ¡Dúchate y prepárate para la cena!

Me dejo a solas. Yo seguí allí un par de minutos. Ya podía sentir como sus caricias y cercanía comenzaban a lastimarme.

– ¡Disfrútalo mientas puedas! – me dije en voz baja. “Masoquista”, pensé.

Imagine que tras la cena y despedirnos ella vendría, clandestina, cual ladrón por la noche, y no me equivoque. Unos minutos tras mi ducha ella entro, con fuego lleno mis labios y mi cuerpo.

La mañana sorprendió levantándome y pidiéndome que me arreglara pronto, que desayunaríamos y saldríamos a sus lugares favoritos. ¿Cómo podía ser tan cálida y angelical?

No podía creer el día tan adolescente que estábamos teniendo, bowling, helados, hockey de mesa, risas, caricias, todo sin restricciones, ni aire de represión en su mirada, estaba libre y yo confundida.

Cenamos y fuimos a bailar. Desenvuelta y sencilla, encantadora, estaba derrumbándome ante ella.

Como una sorpresa mas no fuimos a su casa, fuimos a un hotel, me esforcé por contenerme y falle estrepitosamente. Quise no admirar su cuerpo con eso que crecía en mi más poderoso que el deseo, quise evitar que me cautivara más de lo requerido la suavidad y color de su piel, quise no grabar en mi mente cada uno de sus suspiros, gestos y gemidos, quise no dejar en cada beso que repartí por su cuerpo una parte de mí y fracase; perdí mas que hidratación esa noche, algo de mi alma se quedó con ella.

Liliana.

A media mañana de domingo salimos del hotel, fuimos a mi casa para tomar las cosas y despedirnos. En mi casa todos nos observaron suspicaces, no me importaba, el día y la noche que había pasado con ella eran suficientes para mantenerme serena.

Exprimí al máximo su compañía hasta el último segundo del viaje de regreso, la besé cuantas veces quise, egoísta, ignorando y evadiendo el hecho de que todo eso inevitablemente nos haría daño.

Aquello era una sensación de enamoramiento vivo y fogoso, pero pude decir con certeza que mi lógica había salido victoriosa


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