Follando en el bar

Jornada laboral * Relato fantasías


Aquello preveía una jornada laboral muy caliente.

Tenía yo 18 años recién cumplidos y trabajaba de camarero en un pequeño bar a las afueras de una población también pequeña.

Los dueños eran un matrimonio joven, aunque de eso me doy cuenta ahora, pues entonces los veía mayores. Él tenía 38 años, de cabello rubio muy ralo, con grandes entradas, ojo azules y robusto. Ella 34 años, cara angelical, alta y delgada. Vestía con ropa atrevida y no usaba sujetador, pues no lo necesitaba, ya que sus pechos eran muy firmes y bastante gordos.

 Yo procuraba no tropezarme con ella y casi no la miraba.


Durante la semana solo estábamos ella y yo en el bar, el marido era contable de una empresa, pero, durante la semana por las noches y el viernes y el sábado ayudaba. Los domingos era nuestro día de descanso para todos.

A pesar de mi juventud notaba que la relación entre ellos no era demasiado buena. El marido llegaba alrededor de las nueve de la noche y se quedaba hasta cerrar a la medianoche.  A esa hora me iba a mi casa.

Un miércoles del mes de julio que estuvo bastante flojo, mi jefa dijo que podíamos limpiar, llenar neveras y preparar cosas para el día siguiente.

Un poco antes de las nueve llamó el marido para informar que tenía un inventario en su trabajo y no podría llegar a las nueve como acostumbraba, sino más tarde.

Como el día había estado muy tranquilo, su mujer le dijo que no se preocupara ,que yo la estaba acompañando y me quedaría hasta que él llegara.  Esto no me hizo mucha gracia, pero confiaba que no tardaría demasiado.

Pero dieron las doce y media y el bendito hombre no aparecía.


Ella, llamó a su oficina y él le confirmó nuestras negras sospechas, el inventario se iba a prolongar por lo menos unas tres horas más.

Ella se molesto un poco, pero sonriendo dijo:

– ¿Y ahora que hacemos? – me preguntó con una voz que casi se le quebraba a punto de histeria.

– ¿Qué quiere que hagamos? – fue lo que contesté.

– ¡Quédate conmigo, te daré lo que tú quieras!

– ¿Lo que yo quiera?

Esto lo dije sonriendo, quizá medio pensando en alguna tarde libre, o una botellita de regalo para alguno de mis amigos.

Juro que mi contestación fue automática, simple, inocente, lógica, sin el más leve intento de chantaje o abuso de mi parte, pero aparentemente no sonó así como lo expresé, porque de repente vi que le cambió nuevamente el brillo de sus ojos y me dijo con cierta picardía.

– ¿Qué es lo que quieres?

Al decir esto cruzó la pierna y todavía no logro explicarme qué pasó, no sé si fue por la hora desacostumbrada, las ganas de irme a mi casa.

El Destino, la Divina Providencia, Satanás, en fin, lo que se os ocurra, el caso es que ante esa visión pensé cómo me gustaría chupar los dedos de su hermoso pié y lo dije en voz alta sin darme apenas cuenta.

– Me gustaría besarle los…


Me detuve en plena consciencia repentina de mi atrevimiento y sintiendo que el mundo se me venía encima, me la quedé mirando aterrorizado.

Nuevamente, ella mal interpretó mis pensamientos.  Sucedió lo que ni siquiera me había yo atrevido a soñar.

Ella se bajó la blusa mostrándome la gloria de sus enormes pechos, blancos, enardecidos, desafiantes, con los pezones endurecidos apuntando hacia mí.

– ¿Es esto lo que quieres besar?

Afortunadamente no me atreví a contestarle, pues soy tan tonto que le hubiera dicho que no, que eran los pies, solo atiné a agachar la cabeza y quedarme mirando el suelo. Ya digo que soy tonto.

Pensaba que si me acercaba a besárselos me iba a dar una bofetada.


Me llevó de la mano hacia una silla, me hizo sentar y se colocó frente a mí, sentada sobre mis muslos.

Ni que decir que me pegué a sus tetas como becerro recién nacido, deseando verdaderamente que brotara leche de aquellos primores.

No sé cuanto tiempo estuve besando, lamiendo, succionando, mordisqueando y volviendo a besar, lamer, succionar y mordisquear el par de maravillas.

Cuando reaccioné, vi que tenia sujeta mi cabeza contra sus tetas y suspiraba. Empezamos a morrearnos y en descanso, dijo:

– ¿Era esto lo que querías para quedarte?

Cuando iba a contestarle, se puso de pie y vio el bulto enorme de mi paquete y dijo:

– ¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí?

Me hizo poner de pie, me desnudo y mi polla salió disparada. Estaba erecta, con las venas hinchadas y el capullo rojo.

– ¡Vaya, vaya! ¡Estás a punto de reventar! ¡No debemos desperdiciar esto! ¡Siéntate otra vez cariño!

Me senté nuevamente. Se arrodilló entre mis piernas, acariciando mis muslos y mirando con avidez mi polla.

Acercó con suavidad su mano derecha, la acarició estirando la piel para echar atrás el prepucio mostrando la cabeza enardecida, sin dejar de mirarla abrió su boquita, sacó la lengua y empezó a darme lengüetazos como si estuviera saboreando un caramelo.

A continuación introdujo mi virilidad entre sus labios y empezó a chupar, tratando de meterse lo más posible.

Sentí en la punta el fondo de su garganta y su lengua me proporcionaba una caricia extra.

Me estaba haciendo una mamada increíble, que ahora valoro más que aquel día. La chupaba despacito y me mamaba los huevos. Creo que es la mejor mamada que me han hecho.

No tardé mucho en descargar mis cojones, le avisé que iba a correrme, pero el único caso que me hizo fue continuar masturbándome con su mano, sin sacarse de la boca su trofeo y sin dejar de mirarme divertida.

Conforme descargaba ella se tragaba la leche sin pestañear siquiera, ni separar su mirada de la mía. Terminé de correrme, pero ella continuó chupando y lamiendo un rato más.

Por supuesto que en ningún momento perdí la erección.


Luego se levantó, quedando frente a mí, que estaba totalmente desnudo mientras que ella todavía tenía puesta su falda y sus sandalias. Sin hacer el menor intento de tapar sus encantos, se dirigió al teléfono para comunicarse con su marido.

– Sí, querido. Aquí está todavía conmigo. No te preocupes, estoy segura de que me acompañará hasta que llegues. Está bien. ¿Qué le vamos a hacer?

Colgó el teléfono y cogiéndome de la mano nos fuimos al almacen, allí había una mesa de despacho que su marido utilizaba para llevar las cuentas del bar.

Apartó todos los papeles, se desnudo del todo, se subió a la mesa, abierta de piernas y dijo:


–       Espero que ahora me des placer a mi. Me vuelve loca que me coman el coño. Acerca esta silla y asi estarás más cómodo. No corras, hazlo despacito, igual que yo he disfrutado de tu polla.

Era el primer coño que veía expuesto ante mis narices, lo llevaba totalmente depilado y eso me gusto.

Recordé lo que veía hacer en las películas porno que veía en mi habitación y me puse a la labor.

Lamia su raja lentamente, metia la lengua dentro y volvia a lamer. Entonces, ella se apartó los labios y dijo:

– Aquí cariño, chupa el botoncito.

Señalaba su clítoris hinchado, y entonces pase mi lengua por allí. Dio un brinco y un gritito.

Habia encontrado el “punto” que le daba gusto.


Lo chupaba despacito, lo succionaba y lo lamia.

Ella se agitaba como una culebra, y cada vez estaba más excitada. Entonces, lo agarré entre dos de mis dedos y lo chupé como si fuera una teta.

Al cabo de pocos segundos, y entre gritos se estaba corriendo como una fuente. No se lo que me pasó, pero me encantaba chupar y tragar sus fluidos.

Descansé un momento y ella quiso ponerse en pie, pero volvi a comerme su chocho. Consegui que se corriera tres veces más.

Ni que decir tiene, que mi polla estaba totalmente tiesa otra vez. Entonces se levantó y sin decir ni media palabra, se sentó sobre mi polla, iniciando una cabalgada que nos hizo correr a los dos.

Cuando nos relajamos, nos levantamos y nos vestimos.


Ella mi miró sonriendo y susurro:

– Espero que mi marido llegue tarde muchos días más, pero si no, ya encontraremos algún momento para vernos.

Nos dimos un beso y al cabo de media hora, llegó su marido.

Por supuesto que nos vimos o, mejor dicho, follamos como locos, pero otro día os contaré. más historias






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