La canguro


“Buenos días Alba, soy Roberto. Dentro de dos viernes tengo la cena de Navidad de la empresa. ¿Puedo contar contigo para que te quedes con Hugo?”

Y así me levanté yo una fría mañana de diciembre, con un mensaje que me pedía que hiciera de canguro, una vez más. En casa de Roberto. Que cada vez que entro por la puerta se me moja el tanga. Joder.

“Sin problema Roberto. Dime hora y allí estaré”. Fue mi rápida respuesta. Me presento rápido y os presento a Roberto, ya de paso. Me llamo Alba, soy estudiante de Magisterio, tengo 20 años, y Roberto es el papá divorciado con la custodia de Hugo, su hijo de 4 años. Es amigo de mi tío y desde que se separó le hago de canguro cada vez que no tiene con quien dejar al niño.

El problema, es que Roberto me excita sólo con escribirme un triste mensaje en el móvil. Es un madurito cuarentón que está tremendo. Moreno, elegante, con un tipazo que me quita el hipo. Ir a su casa es pasar toda la noche excitada con los dos besos que me da cuando llego. Yo no estoy nada mal, la verdad. Digamos que soy de las tías que gustan a los chavales de mi edad; soy de las cotizadas de la facultad. Mido 1,78, peso unos 60kg, tengo unos ojos verdes que te dejarían helado, y una melena morena rizada que me da mucho juego. Con el dinero que gano en casa de Roberto me gusta comprar ropa cara: tacones, lencería, prendas ajustadas. Para mi edad y mi economía de estudiante, visto bien. Guapa y elegante.

 

Llegado el día en cuestión me puse unos vaqueros ajustados medio rotos por todas partes, una camiseta prieta pero sin escote, unas deportivas cómodas, y me dejé el pelo suelto. Efectivamente: mi plan no era seducirle, pero tampoco quería ir en chándal.

 

  • Hola Alba. ¡Me voy ya, que llego justísimo!
  • Yo tengo una cita con tu hijo -contesté.

 

Me dio un beso en la frente y voló. Yo hice tiempo con Hugo hasta que se durmió, le metí en su cama, y me tumbé en el sofá dispuesta a ver la tele.

Estaba sorprendida al comprobar que era el primer día que no me encontraba súper cachonda…hasta que en el baño me encontré un bóxer suyo que se había olvidado de echar a lavar. Me recorrió un escalofrío todo el cuerpo. Cerré la puerta del baño, me quité los calcetines, el pantalón y la camiseta. Me puse de pie frente al espejo. Por fuera iba mona sin provocar, pero por dentro llevaba el último modelito de ropa interior que me había comprado: conjunto de sujetador y tanga negro, de seda, con encajes violetas por los bordes. Muy sexy. Lástima que Roberto no quiera verme nunca así. Cualquier otro hombre habría pagado por tenerme delante en ese momento.

 

Cogí el bóxer y lo acerqué a mi cara para olerlo. Mientras, mi mano libre bajó por el sujetador, notando como se marcaban los pezones en la seda. Estaba excitadísima.

Seguí bajando mi mano, hasta el borde del tanga. La metí, y me acaricié el clítoris. Bajé un poco más, y metí un dedo en mi coño ultra húmedo. Se me escapó un gemido que me hizo sentir muy puta. Bajé el tanga hasta las rodillas, chupé el bóxer, y me metí dos dedos mientras me miraba en el espejo. Jadeaba con lujuria, y cuando estaba al límite metí en mi coño un dedo envuelto en su bóxer. La corrida fue inminente y salvaje. Un placer indescriptible.

 

Cuando la noche acabó, y llegué a mi casa, le escribí un mensaje: “He metido al cesto de ropa sucia un bóxer que te dejaste en el baño


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