La fiesta de empresa


Cuando su mujer le dijo que podía acompañarla a la fiesta que organizaba su empresa, le dio una pereza tremenda, pero no quería repercutir negativamente en la proyección profesional de su mujer.

Le había costado mucho trabajo ascender y llegar a ocupar un puesto ejecutivo como para dejarla tirada y no ayudar en lo que pudiese.

Siempre volvía tarde a casa, quejándose de lo duro que había sido el día, de la de cosas que había tenido que hacer y tal y cual. Así que claro, a la fiesta tenía que ir; al fin y al cabo, ella era la que traía el dinero a casa, así que tampoco es que tuviese mucho que decir al respecto. Se lo debía.

La fiesta era un lujoso hotel de la capital. La mayoría de los invitados eran hombres, altos ejecutivos, aunque algunos de ellos habían traído compañía femenina. Al principio, Francisco no se separó de su mujer, pero ésta empezó a charlar con sus compañeros y a pasar de él, por lo que empezó a aburrirse y a sentirse muy fuera de lugar.

Intentó intervenir en la conversación un par de veces, pero o bien le ignoraban, o bien no le reían las gracias, así que cada vez se sentía más desubicado. Estaba claro que no encajaba en aquel tipo de ambientes, al contrario que su mujer, quien por otro lado, no paraba de charlar y de reír. Todos sus compañeros eran jóvenes, atléticos, confiados y ricos. A su lado… ¿qué era él? Un pobre perdedor, claro. Este tipo de pensamientos le hizo sentirse más abatido todavía.

Terminó por separarse del corro e irse a dar una vuelta. Sin embargo, no encontró a nadie con quien conectar. Las mujeres que había, a parte de parecer modelos y estar muy por encima de su liga, le dedicaban miradas asesinas cada vez que se acercaba. Miradas de “ni lo intentes, panoli, sigue caminando”. Además, la mayoría estaban con sus novios o maridos, y Francisco no quería ningún problema.

Fue a echar una meada, cada vez más disgustado y abatido. Estaba, de hecho, barajando la opción de irse sin más. Al fin y al cabo, no estaría causando muy buen impacto en la imagen de su mujer de todas formas. Estaba ya meando cuando uno de los ejecutivos que más charlaba con su mujer entró. Francisco lo reconoció al instante, porque era el que más charlaba con su mujer. De hecho, en algún momento incluso la tocó de maneras que a Francisco le parecieron muy fuera de lugar, pero como era palmadas en la espalda y cosas así, pues tampoco quería quejarse. Era el jefe de su mujer y él tampoco quería parecer el típico marido sobreprotector y celoso.

El caso es que el tío, sin prestarle mucha atención, se puso a mear justo al lado suyo, sacándose una tranca enorme que Francisco no pudo ignorar. Se sintió muy incómodo, al contrario que aquel hombre, que meaba con tranquilidad a su lado.

—Eres el marido de Vero, ¿no? —dijo el tío, como si tal cosa. No se molestaba en esconder la polla de su vista, meando a lo que en opinión de Francisco eran demasiados centímetros de distancia del urinario.

—S…sí, soy yo.

—Yo soy Marco. Vero es una mujer increíble, tienes mucha suerte. ¿Cómo te llamas?

—Francisco.

Marco no dijo nada y terminó de mear. Antes de irse, sin ningún disimulo, miró la polla de Francisco. Intentó disimular una risotada, pero no lo consiguió del todo.

—Venga, nos vemos Fernando.

—Es… es Francisco… —dijo, pero Marco ya había salido por la puerta.

Se sentía un poco humillado, a decir verdad. Sí, y no un poco. Estaba hasta los cojones, más bien. Ahora mismo se iba a ir de la puta fiesta de mierda que tenían montada. Solo le faltaba tener que quedarse ahí como un pringado, y cruzarse otra vez con Marco, y que le llamase por otro nombre o le hiciese algún otro desplante. Se acabó

Salió del baño intentando disimular su enfado y se dirigió a donde estaba su mujer. Sin embargo, no estaba donde la había dejado. Le preguntó a otro de los compañeros, a uno de los que charlaban antes con ella.

—Eh… disculpa… ¿has visto a mi mujer?

—¿Quién es tu mujer? —dijo el tío, con cara extrañada.

—Eh… pues Vero.

—Aaah, sí, te he visto antes. Ni idea tío, no sé dónde está.

—Vale, gracias —dijo, y siguió dando vueltas por la fiesta.

—Disculpad —dijo a otros dos que también debían conocerla—. ¿Habéis visto por ahí a mi mujer?

—¿Tu mujer? Ah… —dijo uno, riéndose y echando miradas cómplices con el otro— Tú eres el marido de Vero, ¿no?

—Sí, me llamo Francisco —respondió, incómodo. De qué coño se reían.

—Pues no la he visto en un ratillo, tío. Lo siento… —dijo. El otro tío parecía no poder contenerse la risa.

—Nada, no te preocupes —dijo, y se fue.

Ya se alejaba cuando sintió como uno de los dos estallaba a carcajadas a sus espaldas. Se acabó, se iba a ir de ahí, ya se encontraría con Vero en casa.

—¡Eh, tío! —dijeron detrás suyo. Francisco se volvió—. Creo que es la 345…

—¿Disculpa? —preguntó confuso, aunque entendía perfectamente. Su cabeza empezaba a darle vueltas. El tío no respondió y se perdió en la fiesta con su colega, riéndose a carcajadas.

345. No podía ser, simplemente no podía ser. Iba a ir a recepción a preguntar quién tenía reservada la habitación.

—Perdonad —dijo a la recepcionista— ¿Podrías decirme quién tiene alquilada la habitación 345?

La recepcionista se puso colorada como un tomate.

—Eh… lo siento, pero eso es información confidencial.

—Por favor… —suplicó Francisco con la voz temblorosa, a punto de echarse a llorar.

La recepcionista pareció apiadarse.

—Mira chico, no te aconsejo que hagas esto, mejor vete a casa, ¿vale?

Pero no dijo nada. Lo que hizo fue lanzarse escaleras arriba, en dirección a la habitación 345.

“No puede ser, no puede ser…” Se iba repitiendo. Estaba acojonado, no sabía qué se iba a encontrar ahí. Paró varias veces en las escaleras, a punto de dar media vuelta e irse. Pero tenía que saber qué coño estaba pasando. Volvió a subir unos cuantos peldaños antes de detenerse. Se preguntó que cojones hacía, dudando de nuevo. Luego volvió a subir. Así estuvo un buen rato, haciendo el capullo en las escaleras. Finalmente se decidió. Iría, escucharía si había alguien dentro y luego ya vería si llamaba a la puerta o qué. Sí. Reanudó la marcha.

Llegó finalmente frente a la puerta y se detuvo. Tenía el corazón en un puño. Acercó la oreja a la puerta y dejó de respirar un segundo, tratando de oír. No oía nada, cuando de pronto… un risa.

Femenina.

De su mujer.

Inmediatamente, como si se hubiese quemado, se separó de la puerta y se echó las manos a la cabeza.

—No… no… —susurró.

Poco a poco su miedo y su dolor se transformó en rabia. Como un poseso, aporreó la puerta hasta tres veces. Se detuvo a escuchar. Podía oír su corazón intentando salírsele por la garganta. Se dio cuenta de que lo observaban por la mirilla. Nadie respondió. Volvió a aporrear la puerta. Y entonces, la puerta se abrió, y enfrente tenía a su mujer en albornoz.

—¿Qué coño haces aquí, Paco? ¿No te habías pirado a casa?

—¿Qué estás haciendo…? ¡Vero…!

—Vete a casa, anda. Hablamos después.

—¡Cómo que hablamos después! —dijo a voces, sin poder aguantar más— ¡Que me digas qué coño estás haciendo…!

—¿Quién es? —voceó un hombre en el interior— ¿Qué coño pasa?

Marco, quién si no, apareció detrás de Vero, sin camiseta, solo con los boxers puestos. El cabrón estaba mazado. Y el paquete que tenía era enorme.

—Ah… —dijo, sonriendo— Si es… ¿Fernando, no? Pasa, pasa.

Francisco entró, intentando contener la rabia. La confianza de Marco lo había intimidado, a decir verdad. Su mujer no dijo nada y se fue a sentar en la cama.

—No sabía que tu marido se nos uniría… Creía que no sabía nada de esto.

—¡Es que no lo sabía, se ha presentado solo…! Alguien le habrá dado el número de habitación, para hacerse el gracioso…

Hablaban delante suyo como si el no estuviera. Cada vez se sentía más mareado, no podía creer lo que estaba viendo. Su mujer, en albornoz, dando explicaciones sobre su presencia a un hombre semidesnudo, como si fuese un niño pequeño. Marco sonrió burlonamente, mirando a Francisco.

—Dime Fernando, ¿quieres saber cómo ha llegado tu mujer al puesto en el que está? Te lo vamos a enseñar —dijo, sonriendo. Vero le dio un toque en el brazo, medio riéndose también.

—Qué tonto eres, eh… De verdad… —dijo, mientras se ponía de rodillas y se quitaba el albornoz. Efectivamente, estaba completamente desnuda.

Marco le dio la espalda y se bajó los calzoncillos hasta los tobillos. Su mujer, Verónica, con la que llevaba dos años casado… separó sus nalgas con las manos y empezó a lamerle el ojete. Marco empezó a gemir.

—Oh… Eso es Federico… Tu mujer ha ido ascendiendOoooh… Ha ido ascendiendo… ¡a base de lamer culos!

En ese momento Francisco se tambaleó, mareado. Buscó a tientas una butaca o algo en lo que sentarse. Cuando lo hizo, aun mareado, notó que tenía la polla erecta. Le dolía dentro del pantalón. Al cabo del rato, la visión de su mujer relamiendo el ano de aquel desconocido le hizo expulsar líquidos preseminales, lo que manchó su calzoncillo y se dejó notar en su pantalón.

—¿Estás mareado, Federico? No, era Fernando, ¿verdad? Pero veo que te pone la polla dura ver a tu mujer comiendo culo. ¿Eso que veo es que te has corrido ya?

Francisco no respondió. La polla le dolía dentro de los pantalones.

—Y mira esto, Fer. No sólo me lame el ojete del culo. También los huevos.

Dicho esto, Marco agarró a su mujer de los pelos, haciendo que su cara mirase hacia arriba. Ella, como por reflejo, abrió la boca y sacó la lengua. Ahí fue cuando Francisco vio por primera vez la polla de Marco erecta: parecía haber duplicado su tamaño respecto a la vez anterior en el baño. Era imposible competir con eso, parecía del tamaño del antebrazo de Vero. Con seguridad, Marco colocó sus huevos en la boca de su mujer, que intentó metérselos los dos en la boca, cosa que logró a duras penas de lo gordos que eran.

—Y hoy porque me toca a mí, pero en realidad todos los de la directiva nos estamos turnando para usarla, ¿lo sabías?

Francisco ya no escuchaba. Por instinto, se sacó la polla de los pantalones. Un círculo de líquido preseminal empapaba su calzoncillo. Como acto reflejo, empezó a pajearse mirando la escena. Marco soltó una carcajada.

—¡Vaya! ¿Te gusta el espectáculo? Vero, ¿por qué no vas y le das un beso a tu esposo?

Vero se sacó los huevos de la boca con un sonido de descorchar botellas, se levantó obediente, y se acercó a Francisco. Acercó su boca a él, que pudo sentir su aliento con olor a culo. Sin terner que forzarlo, Vero le plantó un beso a su marido. Lo peor es que ese sabor le era extrañamente familiar. Y en ese momento, se corrió con terribles espasmos, entre las risas de su mujer y Marco.

—Anda déjalo y ven aquí ya, que me la vas a chupar otro rato.

Vero se disponía a ir cuando Marco levantó su mano para que se detuviera.

—Ya sabes cómo quiero que te me acerques.

Vero se puso de rodillas y, lentamente, empezó a gatear en su dirección.

—Buena chica…

Inmediatamente, se metió la polla en la boca y empezó a mamarla. Lento al principio, luego más rápido. Los ruidos que hacía y la manera que tenía su mujer de gemir lo desconcertó; a él jamás se la había chupado de esa manera. Siempre había sido algo más rutinario, como un prerrequisito necesario antes de follar. Sin ganas, sin lujuria. Aquello era otra cosa totalmente distinta.

—Chúpame los pies ahora, puta —dijo, y guanteó sin excesiva fuerza la cara de su mujer, que gimió de placer.

Vero obedeció al instante, y empezó a chupar el dedo gordo del pie que le ofrecían. La perspectiva de Francisco era el culo de su mujer en pompa y Marco, ciclado como él solo, sonriendo triunfante sobre ella con su polla apuntándole a él. Vivía aquello como una alucinación, como si fuera una de tantas películas porno de las que veía. Marco lo sacó de ese estado de ensoñación dándole una fuerte y sonora cachetada en el culo a su mujer.

—Y ahora… toca montar a esta yegua.

Vero se dio la vuelta y, aun a cuatro patas, se quedó mirando a su marido con una cara totalmente seria. Sin esperar un segundo, Marco clavó su mástil en el coño de su mujer. Ella reaccionó con una muestra de placer, poniendo los ojos en blanco y mordiéndose el labio. Sin piedad, Marco fue aumentando poco a poco el ritmo, y primero los gemidos, y luego los gritos, no se hicieron esperar. Su mujer lo miraba de vez en cuando, suspiraba y volvía a cerrar los ojos, presa del éxtasis. ¿Y qué veía cuando los volvía a abrir? Pues a Francisco, un chaval de treinta y pocos, en el paro, con la polla por fuera del pantalón, cubierta de su propia corrida, y con un cuerpo escombro cubierto para entonces de sudor.

Las embestidas duraron un buen rato. Su mujer hizo gestos de haberse corrido en un par de ocasiones, llegando en la segunda vez a convulsionar. Pero Marco no había acabado con ella. Cogiéndola del pelo, la hizo levantarse del suelo. Las piernas le temblaban y parecía que iban a fallarle en cualquier momento. Antes de que se tropezase, Marco la arrojó de mala manera contra la cama, quedando boca arriba, espatarrada. Su cuerpo relucía por el sudor. La habitación olía a puro sexo, y los cristales ya estaban empañados.

—¿Ya te has corrido, Vero? Bueno… Yo aun no… —dijo, mientras se subía en lo alto suya. Lo único que veía Francisco era la espalda y el culo de Marco, con sus enormes huevos y el culo de su mujer asomando por debajo. Procedió a follarla una vez más en esta posición, con los pies de su mujer, aun con los tacones puestos, oscilando por los lados de Marco. Al cabo de un rato trabajándosela de esa manera, el cuerpo de su mujer convulsió una vez más como una lagartija. Una reacción fisiológica que él jamás había presenciado hasta ese momento.

Tras otro rato del que Francisco dejó de ser consciente, Marco empezó a convulsionar a su vez, sin sacar la polla de dentro de su mujer. Se estaba corriendo. Se estaba corriendo dentro de su mujer y le daba absolutamente igual. Y él no podía ni reaccionar para impedirlo, estaba como paralizado viendo como aquel cabrón fecundaba a la que se suponía que era la mujer de su vida.

—Oooh… Madre mía Vero, qué polvazo… —dijo con la voz temblorosa, levantándose de la cama y sacudiéndose las últimas gotas de semen sobre la mujer.

Ésta estaba medio grogui, tumbada bocarriba, sudada y usada por Marco.

—¿Te has corrido dentro otra vez? —dijo en un susurro, completamente sometida.

“Otra vez”, pensó Francisco. “A mí no me deja que se la meta sin condón ni que me corra encima suya” y a este cabrón… “otra vez”.

—Claro. ¿Dónde me voy a correr si no, Vero? Ahí es donde se supone que va la leche.

Su mujer no objetó nada. Con los ojos cerrados, la respiración agitada y el coño chorreando leche, pareció quedarse dormida con una sonrisa.

—Eh, tú —dijo Marco, señalándolo a él—. Limpia esto, ¿quieres?

Francisco en aquel momento ya no era el mismo que había entrado por la puerta. Obediente, se levantó y fue al baño a por el rollo de papel higiénico. Marco lo siguió para meterse en la ducha.

—Cuando salga espero que esté limpio y que te hayas pirado a tu casa, ¿estamos?

—S… Sí —respondió. No sabía cómo coño había dicho que sí a eso. Ni siquiera su voz sonaba igual.

Mientras oía a Marco cantando en la ducha, Francisco se acercó a su mujer. Olía a semen, sudor y flujo vaginal. Ella parecía estar profundamente dormida. Lentamente, cortó un poco de papel higiénico con las manos y se dispuso a limpiar su coño con delicadeza. Estaba hecho un desastre: el semen se mezclaba con flujo vaginal y chorreaba hacia sus nalgas. Intentó recoger lo que pudo, empapando el papel y pringándose las manos. En ese momento, su mujer, medio dormida, levantó un poco la cabeza y reparó en su presencia. Sin decir nada, sonrió con sorna y le puso la mano en la cabeza. Francisco no sabía qué estaba haciendo, pero entonces entendió. Lo estaba guiando para que le limpiase el coño con la lengua. Él intentó resistirse.

—Vamos cari —le dijo—. Recuerda quién es la que trae el dinero a casa…

Humillado, Francisco volvió a mirar la vagina semi destrozada de su mujer, que apestaba a macho. Volvió a mirar a la cara a Vero, que le seguía sonriendo de manera burlesca. Resignado, se inclinó y empezó a lamer entre los labios, el clítoris e incluso dentro de la vagina, procurando que todo quedase impecable

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