profesora milf

La prima de mi madre


Cuando yo tenía 10 años fui con mi madre de visita a casa de una prima lejana suya, que no vivía demasiado lejos de nosotros.

Ella, era una mujer muy guapa, educada, discreta, era un poco más joven que mi madre, morena, pelo largo, ojos oscuros y amables, piernas largas y rectas y con un maravilloso y elegante porte.

Era como la Kelly de “Los Ángeles de Charlie”, los de mi generación ya sabrán cómo era esa maravillosa mujer que se llamaba por cierto Cati. El nombre de la actriz con la que la comparo es Jaclyn Smith.

Pues bien, tomaban café mi madre y ella en el salón, mientras yo jugaba en el suelo con su hija, una prima lejana mía, aproximadamente de mi edad, un poco tonta por cierto. Yo aparentaba jugar pero sólo estaba pendiente de Cati, que para mí era como un amor platónico.

Aquel día llevaba una blusa de color verde oscuro, una falda negra que le llegaba por las rodillas y unas zapatillas de invierno preciosas; eran granates, con unas pequeñas flores grabadas en el empeine y una suela de goma amarilla que se veía limpísima.

Yo me entretenía viendo con qué elegancia cruzaba y descruzaba las piernas, escuchaba el sonido de las medias al rozarse entre ellas cada vez que lo hacía. . Estaba realmente extasiado.

En ésas estábamos cuando de repente la chica gritó: “¡Mierda!”, una palabra que en aquella época estaba muy mal considerada.

Además, la pobre tuvo la mala suerte de que todo el mundo estaba callado en aquel momento, incluso la televisión hizo un silencio justo cuando ella soltaba aquel improperio.

De repente el ambiente se puso tan denso que podría cortarse con un cuchillo. Cati se estiró sobre el sillón en el que estaba sentada y mirando muy seriamente a su hija, con una de esas miradas que te dejan fulminado, le dijo:

–          María, vete a mi habitación.

Escuetas pero duras fueron las palabras que salieron de la boca de Cati. María empalideció de inmediato y en un intento de apaciguar a su madre, con lágrimas en los ojos, balbuceó:

–          Pero, mami, yo…

Cati se levantó y le dijo a mi madre:

–          Si me disculpas…

Entonces volvió a mirar a su hija y ésta, con el rostro completamente enrojecido y a punto de romper a llorar, se encaminó hacia donde su madre le había ordenado, que la siguió de cerca. Yo miraba expectante y el corazón se me salía por la boca. Incluso la lengua se me secó, supongo que por tanta excitación.

Por suerte para mí, la habitación de Cati estaba junto al salón y la puerta no la llegaron a cerrar del todo.

Se escuchó una corta pero intensa discusión y de repente comenzaron a escucharse unos sonidos de golpes duros y acompasados. Rítmicos, diría yo. Como una melodía ensordecedora pero cautivadora, al menos para mí.

¡¡PLAF!! ¡¡PLAF!! ¡¡PLAF!!  ¡¡PLAF!! ¡¡PLAF!! Pronto se alternaron con gemidos, y después con claros llantos. Sin duda se trataba del sonido que producen los zapatillazos.

Miré a mi madre y ésta me hizo el gesto típico con la palma de su mano derecha hacia arriba y moviéndola en horizontal, como diciendo: “menuda tunda le está dando”, e incluso me dijo:

–          Eso es lo que voy a hacer yo contigo cuando digas alguna palabrota. Ya verás como aprendes…

Tragué saliva y me estremecí ante la sentencia de mi madre. La paliza no creo que durase más de tres o cuatro minutos, aunque la cantidad de lo que parecían ser azotes que Cati le propinó a su hija, fue realmente sustanciosa.

El ruido cesó de golpe y le siguieron algunos llantos más y lo que parecía por el tono una nueva regañina.

Enseguida salió la chica andando con cierta dificultad, cabizbaja y mirando al suelo, completamente avergonzada, con los ojos hinchados por el llanto, seguida de su madre, tan elegante como siempre. Impasible.

Sólo había un pequeño detalle que era distinto a cuando Cati salió de aquel salón. La zapatilla derecha la llevaba ahora en chancla, con el talón pisado. ¡Aquella azotaina había sido con la zapatilla!

Tanto mi madre como yo lo sabíamos, pero el hecho de ver aquella zapatilla en chancla me enervó especialmente. Estoy convencido de que lo hizo a propósito, como diciéndole a mi madre: “En mi casa, la mala educación se paga…”

Cati se volvió a sentar, cruzó su pie derecho por detrás de la pantorrilla de su pierna izquierda y ayudándose del dedo índice de su mano izquierda se volvió a calzar bien la zapatilla, mientras miraba a su hija de reojo, que permanecía jugando en silencio y de rodillas porque le había dejado las nalgas tan enrojecidas y doloridas que apenas podía sentarse.


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