Otoño ardiente


Ha llegado el otoño, el cristal de la ventana se empaña dibujando un cuadro difuminado.

Miro lejos, los colores se mezclan armónicamente en el horizonte creando un extraño ambiente de calidez fría.

Me lío con la manta y me calzo las botas, me apetece empaparme de olor a bosque. Siento el musgo que asoma, las hojas crepitante a mi paso, el ruido de los árboles que se desnudan con el tiempo del atardecer.

Paseo dejándome llevar por las sensaciones, perdida entre pensamientos profundos que se empeñan en ser recurrentes.

El sol se va dejando un color de miel que acaricia las hayas, la noche llega para apagar el camino.

Deshago el sendero, hace frío, es un buen momento para encender la chimenea y devolver el calor los pies helados de humedad.

Camino decidida cuando de repente siento un recelo, la sensación de que alguien me observa y me empiezo a inquietar, es oscuro.

_Mestressa!

Una voz que me resuena, me hace tambalearse.

_Donde vas tan deprisa?
_A casa, hace frío y esta oscuro.
_Vaya, pensaba que quizás podríamos pasear juntos un rato.
_Quien eres?
_Tu nuevo vecino.
_Entonces lo siento, nuevo vecino, deberá ser otro día.
_Quizás podríamos hacer un café, ¿qué te parece?
_Me parece bien.

Vamos a mi casa, se quita las botas en la entrada, me hacen gracia los calcetines de color fucsia que lleva puestos y sonrío por lo bajo.

Me ayuda a encender la chimenea y ponemos agua a hervir, lo miro disimuladamente, tiene los brazos fuertes, se le marcan bajo la camisa de cuadros, se quita la gorra y aparecen unos cabellos negros con alguna chispa blanca, absolutamente anárquicos.

Tomamos té y nos calentamos los pies sentados ante el fuego que acompaña la conversación.

Cuando sonríe se le hacen los ojos pequeños, las manos gruesas aguantan la taza, la hacen desaparecer. Me gusta.

Hablamos, reímos. Hacemos la cena. Comemos, bebemos. Me gusta.

El vino siempre me despierta la sensualidad, no puedo hacer más … me desabrocho un botón de la camisa y lo miro con deseo. Y es que se le hacen estos hoyuelos en las mejillas … es irresistible. Deja la copa en el suelo, se acerca lentamente hasta respirar me el aliento mientras me desabrocha otra botón, y otro, y otro …

Me besa los pechos presos entre dos manos de roble mientras el despojo asustada, impaciente por descubrir un cuerpo ardiente.

El siento como un abrazo que me atrapa, todo él sobre mí, es como sentir el peso del hayedo atrapando me los sentidos, olor de otoño, calidez que envuelve.

Me acaricia la piel, sin prisa, recorriendo todos los detalles y entreteniéndose con la lengua a recorrer los labios y el clítoris, no puedo evitar eyacular en su boca cuando me masturba con los dedos mientras me come el coño.

La he dejado con el pecho muelle de placer, me pongo encima suyo para lamerle los regueros que se escapan y me hundo entre los muslos traviesa, buscando el escroto con la lengua y cogiéndole con ambas manos una cigarra que se muestra absolutamente erecta ante mi boca.

Gime, arquea la espalda elevando la pelvis, me excita tanto verle disfrutar así que me siento resbalar el flujo por los muslos y lo aprovecho para ponerme sentada, galopante al ritmo de los latidos.

Me abraza fuerte grapado me el culo, con fuerza, siento mi pubis y su encajados, la tengo dentro de mí, entera, está hirviendo y justo en el momento que se detiene el ritmo, me suelto de nuevo.

Sonríe. Me gira de repente cuando aún estoy retornando para ponerme a cuatro patas, desde atrás me coge por la cintura y me folla, duro, haciéndome rebotar el culo contra él y me vuelve loca. Justo en el momento en que vuelvo mojar, me llena de leche.

Caemos en el suelo, el parqué se nota caliente por el fuego, ya sólo queda brasa.
Me da la cucharilla enredándose con la manta y antes de entrar en un sueño profundo, dice:

_Mestressa, este paseo la podemos repetir otro día, ¿verdad?
_Si quieres mañana por la mañana, vecino.


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