Quien se folla a mi mujer


¿Hay algo más placentero que abandonarse por completo a la lujuria?

Aprovechando algunos días que tenía libres en el trabajo planifiqué mi viaje, avisándole de todos mis movimientos para que él también pudiese organizarse.

¿Sabéis lo morboso que resulta planificar este tipo de citas?

Llegué a su ciudad pasadas las 12 de la noche, aún recuerdo con claridad la calle donde me dejó el amable conductor de Blablacar y las vueltas que tuve que dar hasta encontrar el maldito Hostel.

Ya acomodada en una de las seis camas que tenía aquella habitación, contacté con él para decirle que todo estaba bien y que deseaba verle la mañana siguiente.

Me levanté muy temprano para ducharme, como cada vez que lo hacía me saqué una foto y se la envié. En esta ocasión me puse de cara a la pared, sabía que le encantaba, pegué mi cara a ella y con las manos abría el culo. Además, tenía un buen motivo para no enseñarle mi coñito en ese momento, quería darle una sorpresa, la tarde anterior había ido a depilarme por completo.

En la ducha pensé en la infinidad de maneras que tendría de someterme. Esa incertidumbre me vuelve loca, saber que puede hacer conmigo lo que quiera. Estaba excitada y quería masturbarme pero cuando mi mano se dirigía a mi clítoris, sus órdenes comenzaron a resonar en mi cabeza, me había prohibido masturbarme así que aparté rápidamente mi mano, aunque mi coño ya babea.

Salí pitando de la ducha y comencé a vestirme: tanga de encaje blanco, medias negras, minifalda vaquera, top de rayas blancas y negras y unos zapatos oxford también en negro.

Vi mi reflejo en el espejo de aquel baño minúsculo y comencé a sonreír, esa sonrisa que delata mi estado de nerviosismo.

Llevaba días planificando aquella fantástica cita y sólo dispondríamos de unas cuantas horas, así que a través de la app Byhours encontré un hotel que nos permitiría entrar a las diez y salir a eso de las cuatro de la tarde.

Miré la hora del móvil, sabía que me había entretenido demasiado en aquella ducha. Eran ya las 10 menos cuarto y mi queridísimo Google Maps me decía que tenía 20 minutos andando hasta el hotel donde habíamos quedado.

Volví a la habitación, preparé rápidamente mi mochila con las cosas que quería llevar y salí del hostel, móvil en mano para no perderme.

Fue un paseo placentero pero la verdad es que no fui quien de fijarme demasiado en esa ciudad que pisaba por primera vez, mi mente estaba en otro sitio.

Cuando llegué al hotel y fui a pedir la habitación, pude notar como la chica me miraba de reojo. Con esa mirada con la que me decía: – ¡Vaya zorra!, y yo, más que orgullosa de serlo, le devolví una sonrisa pícara mientras mi coño volvía a palpitar. Seguramente pensó que sería para un encuentro sexual, ya que la habíamos alquilado por unas horas, pero nada más lejos de la realidad… Esto no era un simple encuentro sexual, esto iba mucho más allá. Iba a entregarme por completo a sus deseos y peticiones, lo deseaba.

Habitación 510. Ese era el número de la habitación donde por unas horas iba a materializar todo el deseo que había mostrado en horas y horas de conversaciones. Entré y cerré la puerta. La estancia estaba decorada en una escala de grises muy elegante, también tenía hilo musical y una preciosa ventana por la que entraba cantidad de luz.

Antes de hacer ninguna otra cosa le envié un WhatsApp para decirle el número de habitación y pedirle por favor que me avisase antes de subir.

Para la ocasión me había comprado un body negro de encaje con transparencias y la espalda al aire. Fui al baño, me desnudé y me lo puse. Al verme en el espejo me pregunté si le gustaría, lo había comprado especialmente para él. Me fijé en cómo se me marcaban los pezones, en las transparencias que dejaban entrever mi ombligo, en mis pupilas dilatadas y la carita de perra que tenía. Deseaba verlo ya.

Eran ya las 10:25 y aún debía maquillarme, tenía que estar perfecta. Un poco de base, colorete, rímel y labios granates.

Era la primera vez que podríamos estar juntos durante algunas horas, estaba muy ilusionada. ¿Cómo debía esperarlo? ¿De pie con la mirada baja o de rodillas?

Sí, lo sé. Una perra debe saber cómo esperar a su Amo, pero me gusta sorprenderle, tener iniciativa. Él me había dicho que quería verme de rodillas, pero qué queréis que os diga me encantan los retos. Si le sorprendía puede que me llevase alguna recompensa y sino un bofetón y quizás algún correctivo.

Pensando aún en la postura en la que lo iba a esperar, abrí mi mochila y cogí el juguetito que había llevado. Un plug con una joyita preciosa de color morado. Os aseguro que con lo húmeda que estaba, entró sin ningún tipo de problema. Además, llevaba algún tiempo entrenándome el culo. Una buena zorra debe tener el culo abierto por si su Amo desea usarlo.

Bep, bep. Al escuchar el sonido de ese mensaje sabía que debía prepararme para su llegada. Miré el móvil y efectivamente era él, diciéndome que estaba subiendo. Coloqué las palmas de mis manos en la pared, abrí mis piernas y la cabeza agachada. Mi corazón iba a cien por hora cuando comencé a escuchar unos pasos que se acercaban y se paraban en frente de la puerta. Oí como su mano tocaba en la puerta de madera de la habitación, esa misma mano en unos segundos quizás me estaba agarrando fuerte del cuello, del culo, de las tetas…

¡Mierda!, pensé para mis adentros. Estaba tan sumamente nerviosa que se me había olvidado dejar la puerta entreabierta para que pudiese entrar, así que abandoné mi posición, agarré el pomo de la puerta y lo giré, dejándola entreabierta para que él pudiese entrar y yo, me quedé petrificada de pie, incapaz de volver a mi posición.

–  Hola pequeña, ¿no te había dicho que me esperases de rodillas? – esas fueron sus primeras palabras, agarrándome del cuello para besarme y levantando mi vista para que lo mirase.

–  Hola Amo. Lo siento de verdad, no he sabido reaccionar a tiempo. – la voz se me cortaba al comenzar a sentir sus manos recorriendo todo mi cuerpo. Primer momento y primera decepción.

El primer beso fue dejando paso a otros muchos más lascivos donde su lengua comenzó a lamer la mía a la vez que se iba moviendo y se sentó en la cama, dejándome totalmente expuesta ante él.

– Date la vuelta zorrita, quiero examinar lo que voy a usar. Quiere recorrer cada uno de tus agujeros.

– Si mi Señor, esta zorra está deseosa de que su Amo la use.

Empezó a sobar mi culo, a recorrer cada nalga, sin prisa, sabiendo que mi deseo iba a ir en aumento. Sus manos recorrieron mis tetas hasta notar como las estrujaba con sus dedos.

– Que rica está esta zorra. Caliente, empapada y entregada como a mí me gusta.

Así estuvo un buen rato mirándome mientras me sonreía.

– Arrodíllate. – me dijo mientras chasqueaba los dedos.

Cosa que hice con rapidez e instintivamente fui a cuatro patas hasta colocarme entre sus piernas. Mi estúpida cabecita había pensado que dejaría que le chupase la polla.

– ¿A dónde vas pequeña? ¿Crees que ya vas a probar mi polla? – Me dijo mientras agarraba mi cara y me clavaba sus ojos.

Esa humillación había hecho que mis mejillas se ruborizaran, perra tonta pensaba yo. Cogiéndome de la barbilla y mirándome fijamente a los ojos me dijo:

–  Primero, debes demostrar lo contenta que estás de verme.

–  Sí, Amo.

– ¿Qué hace las perras cuando están contentas?

–  Lamen Señor.

–  Que lista es mi perrita, ahora vas a descalzarme y lamerme los pies. – me dijo mientras me acariciaba la cabeza.

 

Con mucho cuidado desaté sus zapatos y los coloqué a los pies de la cama, perfectamente alineados. Luego, con mis manos, comencé a quitarle los calcetines y mi boca besaba y lamía cada centímetro de piel que quedaba libre. Quería que estuviese orgulloso de su perrita, que viese en mí a la sumisa que tengo dentro.

Estuve un buen rato con mi lengua jugando entre sus dedos y levantando bien mi culo para que él lo pudiese tocar y vaya si lo hizo, lo amasó y pellizcó a su antojo. Al creer que ya había sido suficiente de lamer sus pies con uno de ellos levantó mi cara para que lo mirase y me hizo un gesto para que fuese hacia sus rodillas.

Como la perrita obediente que soy subí a la cama y me coloqué boca abajo, acostada en sus piernas. Esa postura a la que llaman disciplina inglesa.

 

– Abre un poco las piernas putita. Vamos a ver cómo está ese coñito. Empapadito, como a mí me gusta.

Llevó sus dedos a mi boca para que se los lamiese y saborease mis propios flujos mientras me decía:

– Hueles a zorra caliente. Prueba tus jugos. Estás encharcada como la puta perra que eres.

Comenzó a calentar la zona con caricias, sabía lo que me tocaba. El primer azote fue duro, PLAAAASH, en la nalga derecha. De manera inconsciente me moví cuando había sentido el golpe, inmediatamente me agarró del pelo y me dijo:

– ¿Alguien te ha dado permiso para moverte zorra? A partir de ahora no quiero una sola queja. ¿No te parece que mereces un castigo tontita?

– Sí Señor, quería sorprenderle y mis nervios me traicionaron. Merezco ese castigo.

Siguió azotándome, después de cada azote que recibía venía una caricia y al final lamió mis nalgas, cosa que para nada me esperaba y me hizo soltar un gemido largo y profundo. Sabe cómo hacer que me sienta su perra.

– Que bien suena este culo de puta. Este color cereza le queda muy bien a tu culo de zorra. Siente la palma de mi mano, te vas a ir marcada para casa. Marcada como el ganado por ser tan puta, pero ambos sabemos que te marcaré también de otras formas, ¿verdad pequeña?

Cada vez que decía pequeña en mi cabeza sonaba con un paternalismo y condescendencia horrible que a la vez que me desquiciaba hacía que me mojase más.

En la postura en la que estábamos, puso su brazo izquierdo debajo de mi pecho y su brazo derecho debajo de mi pelvis para cogerme en el aire y dejarme sobre la cama. Él se dirigió hacia la silla donde había dejado su chaqueta, oí cómo abría uno de los bolsillos, pero no me atreví a mirar, sabía que no quería que lo hiciese.

– ¡Boca arriba!

–  Sí, Amo.

Se estaba acercando a la cama y pude ver que traía algo negro en sus manos. Me vendó los ojos y me ató a la cama, cuando lo hizo se alejó y pude escuchar como abría su mochila.

Siempre tiene algo nuevo preparado, algo con lo que someterme, humillarme, mojarme… ¿cómo no voy a ser tremendamente feliz?

Al sentir que se acercaba, comencé a respirar aceleradamente, estaba inquieta. Al notar su presencia, abrí la boca y saqué la lengua, debía mostrar mi disposición hacia él. Escuchaba como traía algo en las manos, pero ¿qué era?

Mis piernas estaban abiertas y cada una de mis muñecas se encontraba atada al cabecero de la cama, mis ojos tapados con un antifaz y cada rincón de mi cuerpo estaba deseoso por sentirle.

Noté como dejaba algo en la mesilla y se sentaba a mi lado en la cama, comencé a respirar más fuerte y rápido, joder, estaba ansiosa. Sé que no es buena cualidad para una sumisa, pero soy muy impaciente. Saber que estaba a mi lado, observando mi cuerpo desnudo y que no me tocase, me ponía aún más nerviosa si cabe.

No sé cuánto tiempo estaría mirándome, pero para mí resulto ser eterno. Lo siguiente que noté hizo que gritase, y mucho. Una de sus manos se acercó a mi coño, en ella traía un hielo que me restregó sin compasión desde mi ombligo hasta mi culo. Ese frío en contraste con la calentura que tenía, fue una explosión de sensaciones indescriptible.

Después de recorrer mi coño con él, sentí como el hielo subía por mi barriga, recorría mis pechos y se paró en mis pezones, primero el derecho y luego el izquierdo. Continuó subiendo por mi cuello, recorrió mis labios y saqué la lengua para lamerlo. El hielo no permaneció demasiado tiempo en mi boca. Noté como lo dejaba en la mesilla y lo siguiente ya fueron sus dedos jugando con mi clítoris, le encanta masturbarme, arrancarme un orgasmo de esos que hacen que tiembles entera.

Mientras que me masturbaba con una mano, con la otra retorcía fuerte mis pezones, tanto que se me escapó algún que otro grito. Mis gemidos eran cada vez más intensos, mi respiración se entrecortaba, el orgasmo estaba muy cerca. Dejó mi coño y se colocó de pie a los pies de la cama, me agarró por la cadera y me tiró hacia él, como un simple objeto. En ese momento me arrancó el antifaz y nuestras miradas se cruzaron. De repente, me dio un bofetón que me hizo girar la cara, me agarró con su mano de la mandíbula haciendo que nuestras miradas volviesen a coincidir y me escupió. Como cada vez que lo hacía, abrí la boca, saqué la lengua y me relamí.

–  Así me gusta pequeña perra. Tienes mucho potencial para ser una buena sumisa. Eres un lienzo en blanco.

–  Muchas gracias Amo, quiero que me moldee a su gusto.

Puso mis pies en sus hombros y apuntó con su preciosa polla hacia mi coño, de una embestida la metió hasta el fondo, llenándome por completo. Comenzó entonces un mete-saca, con rabia, tratándome como su muñeca hinchable. Cada vez que la metía, sus huevos chocaban contra mi coño, su piel rozaba mi clítoris y aquello me estaba poniendo enferma, tenía tantas ganas de correrme y quedaba tanta sesión por delante.

– A las zorritas como tú, les encanta que las usen así. Estás chorreando puta, y me has manchado la polla. Te toca limpiarla.

Él se apartó un poco hacia atrás y yo, velozmente me di la vuelta, poniendo los pies hacia el cabecero de la cama y mi cara debajo de su entrepierna, el cuello justo en el borde para que pudiese agarrarme y que notase como su polla se perdía en mi garganta.

Acercó su polla a mi cara, la esperaba ya con la boca abierta, me moría por olerla, besarla, saborearla… Sus manos rodearon mi cuello, colocó su polla en la entrada de mi boca y comenzó a follarme la boca, duro, muy duro.

Notaba como chocaba contra la pared de mi garganta, produciéndome arcadas.

Mis ojos comenzaron a ponerse vidriosos y mi Amo decidió taparme la nariz. Como buena sumisa aguanté todo lo que pude, pero las arcadas llegaron, tuvo que sacar su polla de mi boca para que pudiese respirar bien y en cuanto mi boca se quedó libre le pedí perdón por no haber aguantado más.

– Que bien educada estás perrita. Estoy muy orgulloso de ti


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