Sábado tarde * Relato hetero


Es sábado, y una vez más me toca hacer de canguro.

La verdad es que tenía planes este finde, pero una llamada de Roberto a última hora del jueves ha hecho que los deshaga. Lo primero porque paga bien y su dinero me permite bastantes caprichos; lo segundo porque ir a su casa me pone muy calentita; y lo tercero porque me voy a llevar a su casa “mi plan de hoy”.

Son las 7 de la tarde y me dispongo a ir para allá. Hoy voy a pasármelo bien, por lo que me visto con mis mejores galas: faldita vaquera que me tapa el culo y poco más, súper apretada, camisa negra que me marca la figura, con dos botones desabrochados, y botas de tacón negras de tiro largo.

De ropa interior voy matadora: me he comprado un conjunto de seda rojo, con sostén push up y culotte para quitar el hipo. Y el hipo se lo quité a Roberto, que nada más abrirme la puerta me miró furtivamente de arriba abajo, aunque muy educado él, no dijo ni media palabra.

  • Me voy ya. Tienes todo donde siempre. Cualquier cosa…
  • …te llamo – le corté-.
  • Eso –contestó mientras llamaba al ascensor-.

El peque no tardó en irse a dormir, con lo que escribí a mi plan. “Estoy libre. Cuando quieras”.

Media hora después Rubén estaba allí. Es un compañero de la facultad con el que llevo tiempo tonteando, y hoy, con la casa para nosotros, era un día perfecto para rematar ese tonteo…

Según entró se fijó en mi rizada melena al aire, que la verdad es que, unida al conjunto, me quedaba espectacular.

  • Estás preciosa –dijo mientras se tiraba a besarme-.
  • Lo sé – contesté pícaramente, dejándome besar-.

Empezamos a enrollarnos mientras nos acercábamos al salón; él no sabía ni por dónde empezar: me sobaba todo con lujuria y desenfreno. Yo estaba caliente antes de empezar, pero ahora ya no podía parar.

Le senté en el sofá, se quitó toda la ropa, y yo me desabroché la camisa. Su polla estaba durísima y yo no podía mirar a otro lado. Era grande, y era mía.

Me puse de rodillas entre sus piernas después de quitarme la falda, y mis tetas se pusieron como piedras: la seda del sujetador se quedaba pequeña y los pezones se marcaban. Me toqué el coñito por encima del culotte para notar que estaba mojado. Que morbo me dio rozar la seda empapada de mis flujos.

Cogí su polla y empecé a masturbarle, dispuesta a hacerle la mamada de su vida, pero el ruido del ascensor deteniéndose en el piso hizo que recogiéramos  todo a velocidad de record, dando el tiempo justo para que Rubén se metiera en una habitación… pero poco más: cuando Roberto abrió la puerta me encontró con las botas puestas, la falda quitada y la camisa desabrochada. Y con cara de estúpida.

  • Perdona – se ruborizó-. Esto… sé que he llegado demasiado pronto, pero es que han salido mal los planes. Voy un momento a la cocina – dijo mientras salía del salón casi corriendo-.
  • Roberto, eh… Bueno, que lo siento. Es la primera vez, de verdad. Siempre he cuidado de..
  • Lo sé – me cortó-. No pasa nada, en serio.
  • Sí pasa, Roberto. Me siento fatal –acerté a decir casi entre sollozos-.
  • Tranquila Alba, de verdad. Por hoy ya te puedes ir, pero volveré a llamarte.
  • Perdona, te juro que no volverá a ocurrir.

Justo cuando subí la mirada para marcharme me fijé que algo no era normal. Roberto estaba súper nervioso, y en una posición extraña. Entonces me di cuenta: estaba empalmado. Sin mediar palabra me acerqué, le cogí del cuello y le besé.

Rápido abrió la boca y nuestras lenguas se mezclaron con pasión. Me agarró del culo para subirme a la encimera. La parte de delante de mi culotte se empapó: estaba excitadísima.

Le solté el cuello para quitármelo mientras él me agarraba las tetas con fuerza haciendo que mis pezones casi traspasaran la seda del sujetador.

Desabroché su pantalón, le bajé el bóxer y le cogí la polla que estaba como una roca. Me la metí despacio y me vino el orgasmo cuando estaba sólo por la mitad.

  • Ohhhh Roberto, joderrrrrrrrrrr…. Me corroooooo – gemí-.
  • ¡Dios! ¡me matas! –exclamó-. Que coño tienes, como te entra.

Sólo dos embestidas más y estaba a punto de irse.

  • ¿Dónde me corro? – acertó a preguntar entre jadeos-.
  • Dentro – contesté-.

No hizo falta más: noté al instante como me llenaba de leche caliente, lo que hizo que volviera a correrme mirándole a los ojos.

En ese instante escuchamos la puerta cerrarse. Rubén tendrá que esperar.






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