trios de hombres

Un buen trio * Relato gay


Embarcamos en el avión una hora y media después de lo previsto. Ya no me notaba borracho, pero estaba extrañamente tranquilo para haberme subido a un avión. Flotaba en un limbo en el que las endorfinas del sexo y el posterior tonteo a dúo con el camarero se habían follado al whisky, y me habían dejado totalmente relajado.

Esperaba que esto continuase durante todo el vuelo, iluso de mí. En cuanto tomamos altura empezaron las turbulencias. Ni siquiera se había encendido el piloto de los cinturones, pero me parecía que íbamos a morir sin remedio.

Diego me preguntó si quería otro whisky para tranquilizarme. Solo pude asentir, las manos garras engarfiadas en los reposabrazos.

-Perdone, un J&B y una cerveza, por favor.

-Ahora mismo, señor. – cómo sonreía la muy zorra… se estaba partiendo el culo por dentro a mi costa.

Unos minutos después, acabados los saltos y con la cabeza levemente nublada por el alcohol, conseguí relajarme por fin y dormir un rato.

Me despertó el anuncio del capitán diciendo que íbamos a tomar tierra en el aeropuerto de Roma. Un aterrizaje suave, gracias a Dios, y se acabó el suplicio por esta vez.

Diego, al que tanta gracia le hace verme pasar miedo cuando volamos, empezó a quedarse callado conforme avanzábamos por el aeropuerto. Ya lo había notado en otras ocasiones: al no hablar más que español, cuando viajamos al extranjero se retrae y depende de mí para todo.

Más de una vez he intentado darle clase de inglés o de italiano, pero se niega. Así que, cuando salimos a la zona abierta y se nos echó encima un (precioso) huracán de ojos negros, el pobre dio un salto y un gritito, pensando qué sé yo.

Que había estallado la guerra italo-albana, por lo menos. Fran, pues era él, se quedó pillado a medio abrazo, sin saber qué hacer. Yo me eché a reír y me metí entre sus brazos abiertos, pegando mi cuerpo al suyo en un abrazo de lo más hetero para los ojos que nos miraban por el espectáculo, pero disfrutando en realidad del olor y la calidez del chaval.

Me separé de él sujetándolo por los hombros, y lo estudié durante unos segundos. Desde luego, en directo ganaba mucho.

Rasgos morenos delicados pero masculinos, con unos ojos enormes que destilaban simpatía, y un cuerpo delgado y fibroso. Un bombón. Diego se recuperó del susto y (sonrojado pero sonriente) le plantó dos besos.

-No sabía que vendrías a buscarnos – le dije, bastante tranquilo para mi propia sorpresa, ahora que lo tenía frente a frente.

-Tenía guardados unos días de vacaciones, así puedo estar con vosotros más tiempo. Vamos, tengo el coche mal aparcado.

-¿Has venido en coche? – me asombré. Conocía bien la locura que es conducir en el país de la pizza, pues había vivido una temporada en mi época de estudiante.

-Claro, vamos.

Enseguida comprobamos que Fran se había adaptado perfectamente al tráfico italiano. Esquivaba, clavaba el freno o tocaba el claxon como si hubiese nacido allí, mientras nos explicaba los monumentos por los que pasábamos, tan tranquilo.

Finalmente llegamos al B&B que había reservado, cuya plaza de garaje nos vino muy bien para no tener que buscar sitio. Hice todas las gestiones y bajé al coche otra vez con las llaves del apartamento, donde me encontré a Diego hablando por teléfono y a Fran un poco cortado por la situación, pero me sonrió con timidez cuando le guiñé un ojo. Diego colgó el móvil y, ni corto ni perezoso, le dijo a Fran:

-Bueno, ¿nos ayudas a subir el equipaje?

Y así, los tres apretados con las maletas en un ascensor italiano de más de cincuenta años, empapados en sudor por el calor del verano romano, empezó uno de los días más increíbles de mi vida.

Besé a Diego con dulzura. Éste se sorprendió, pero acabó devolviéndome el beso, que mutó enseguida en un muerdo en toda regla. Iba a girar la cabeza para probar los labios de nuestro sexy fichaje cuando su lengua apareció entre las nuestras, espontánea.

Me entró la risa, pero no nos cortó el rollo para nada. Comenzamos una ronda de besos que duró hasta que el ascensor llegó a nuestro piso, hubo una breve pausa y continuó cuando entramos en el apartamento, ahora ya sobándonos los paquetes y los culos, súperexcitados. Debo decir que ni nos fijamos en el piso cuando entramos. De milagro cerramos la puerta.

Fran se encargó de atemperar los ánimos (y menos mal, porque yo a ese ritmo hubiese durado un minuto). Se arrodilló delante de nosotros y nos quitó los pantalones muy lentamente, tomándose su tiempo con los cinturones y los zapatos mientras Diego y yo nos besábamos.

Fran jadeó, repentinamente excitado y bajé la mirada para ver la causa. Lo que vi me dio un poco de vergüenza: mis calzoncillos aparecían empapados, parecía que me hubiese meado encima.

Ya he dicho alguna vez que mi polla echa mucho precum, pero esto era demasiado incluso para mí. En cualquier caso, el asomo de apuro duró unos segundos, los que tardó Fran en lanzarse a sorber el líquido como si se tratase de pura ambrosía.

Diego siguió la línea de mi mirada y sonrió. Agarró a Fran del pelo para levantarle la cabeza y le dejó caer con lentitud su saliva en la boca ansiosa. El chico se relamió, encantado, y volvió a mi polla enfundada, mientras Diego seguía vertiendo sus lapos, esta vez sobre mi paquete, que ahora aparecía totalmente transparente.

Mi novio quiso apuntarse a la fiesta, y se arrodilló junto a nuestro amigo. Me bajó los calzoncillos de un tirón ávido de polla, y se la metió en la boca hasta la misma campanilla. Fran se dedicó a desnudar entonces a Diego, que se puso a cuatro patas para facilitarle la tarea.

-Ehhhh, chicos, vamos a la cama – dije. Mis dos machos dejaron enseguida lo que estaban haciendo y se dirigieron a la habitación. Cuando llegamos a la cama (un lecho de 2×2 llenos de cojines, perfecto caber todos con comodidad) ya estábamos los tres desnudos.

En una maniobra coordinada (que me hizo pensar en un pacto previo), me tiraron de espaldas sobre el colchón y, mientras Diego me sujetaba las piernas contra el pecho y me pasaba su polla babosa por toda la cara, Fran se lanzó a hacerme el mejor beso negro que haya experimentado jamás.

Su lengua recorría sutil mi perineo, subía hasta mis huevos y, de golpe, se adentraba en mi ano varios centímetros, haciendo que me retorciese sin poder evitarlo. Cuando consideró que ya era suficiente se deslizó hasta mi polla y recogió el charquito de precum que se había formado sobre mi ombligo.

Siguió reptando sobre mi cuerpo muy lentamente y, cuando llegó a la altura de mi boca, echó todo mi líquido preseminal sobre la polla de mi chico, que resbaló hasta mi boca abierta. Diego y yo gemimos (gritamos, casi) a la vez, pero lo mío tenía más justificación: Fran me había metido la polla en el culo entera, aprovechando el movimiento (aquí debo decir que habíamos acordado no usar condón, después de que nuestro colega nos hubiese enseñado unos análisis limpios: no es lo aconsejable, lo sé, pero no siempre razonamos cuando hay sexo de por medio).

No me dolió nada, y no por falta de tamaño (su polla se asemejaba bastante a las nuestras), sino porque la excitación me había hecho dilatar como nunca. Empezó un movimiento lentísimo, insoportablemente placentero, mientras compartíamos el glande que aparecía entre los dos como un fruto exquisito.

Sin embargo (y ahora me quedaba claro que habían hablado mucho de lo que íbamos a hacer), Diego empezó a dar caña, como compensando el haberme liado para hacer el trío con el sexo que a mí me gustaba. Agarró la cabeza de Fran con las dos manos y comenzó a follarle la boca hasta la garganta.

Estaba claro que el chico disfrutaba (los gemidos daban cuenta de ello), pero casi no podía abarcar el gordo tronco, y por la comisura de la boca le caían hilos de babas que yo recogía con la lengua, convertido ya en un auténtico cerdo sin inhibiciones. Cuando sonó la primera e inevitable arcada, Diego cambió de boca, pero solo durante unos pocos segundos. Se arrodilló para besarme y me susurró:

-¿Quieres las dos pollas a la vez?

Asentí, medio gimiendo, y Fran lo cogió al vuelo: me la sacó y me hizo ponerme a cuatro patas, dejando sitio a Diego para que se zambullese debajo de mi cuerpo. Éste mantuvo juntas con la mano las dos pollas a la entrada de mi culo, y empujaron a la vez como en una coreografía perfectamente ensayada.

Nada que ver con meterme la polla de mi chico junto a un juguete. La calidez de los dos miembros me llenaba por completo, y acabé con sus reticencias a follarme demasiado a lo bestia aportando mis movimientos a los suyos, clavándome sus penes todo lo posible.

Aun así, quería más, así que los reorganicé: los puse a los dos boca arriba, en posición, y me senté sobre ellos, lanzándome a una cabalgada frenética que culminó, apenas pasados un par de minutos, en lo inevitable: con el roce de la próstata, mi polla entró en un orgasmo volcánico sin tocarla.

Y digo volcánico porque es lo que parecía. No me corrí expulsando mi corrida por todas partes, sino que, con unos intensos borbotones, un semen espeso y muy blanco se derramó por todo el tronco de mi pene, resbalando por mis huevos hasta el pubis de mis dos activos, los cuales entraron en amistosa pugna por mi semilla derramada.

La recogían con los dedos y se la metían en la boca como un manjar. Fiel a su costumbre, mi pene no dio muestras de haberse corrido y siguió como una piedra. Tampoco mi excitación disminuyó lo más mínimo. Era mi turno.

-Vamos, poneos a cuatro patas.

Me obedecieron y lancé un lapo contra el culo de Fran. Mientras le metía un dedo, le comí el culo a Diego. Al poco rato cambié, abriendo los dos agujeros para mí.

-¿Quién quiere ser el primero?

-Que sea nuestro invitado – dijo Diego con una sonrisa.

Así pues, se la metí a Fran de una sola tacada, provocándole un gemido ahogado. Lo taladré durante unos segundos, se la saqué y rodeé la cama.

-Vamos, cómemela ahora, que tú estás más seco.

Ver a Diego lamiendo los jugos del culo de Fran casi me provoca el segundo orgasmo, pero me controlé, volví a la parte de atrás y repetí la maniobra, aunque más despacio. Continué con el juego, cambiando de ojete cada poco, mientras ellos se comían la boca y se pajeaban.

Cuando no pudieron más se miraron y se incorporaron, una vez más al mismo tiempo, y se volvieron hacia mí, sonrientes. Diego me agarró con fuerza la cara, abriéndome la boca, y me lanzó un lapo dentro. Luego me forzó a arrodillarme.

-Ahora te vas a tragar la leche de los dos, cerdito.

Esperé con la boca abierta mientras me pajeaba a mi vez, y no tardé en recibir las corridas, casi simultáneas. La de mi novio era más líquida, salpicó por todas partes, mi cara, el suelo… La de Fran se parecía más a la mía. Espesa y deliciosa.

Saboreé las dos con deleite, y al momento se dejaron de caer de rodillas para compartirlas en un beso frenético. Poco a poco disminuyó el ritmo de nuestros corazones, y permanecimos unos minutos en cálida compañía los tres tirados en el suelo. Por fin, Diego se levantó.

-¿Dónde vas? – pregunté, adormecido.

-No voy, vamos, a la bañera. Los dos, venga. – respondió con ESA expresión.

Fran se levantó inmediatamente, visiblemente excitado de nuevo. Pensar que iba a experimentar por primera vez algo que a mí también me encantaba me provocó una extraña emoción en la boca del estómago.

Lo seguí al baño (a pesar de todo, no pude evitar la sorpresa al entrar en la preciosa estancia, coronada por una bañera de hidromasaje para dos personas) y me metí en la bañera a su lado. Diego ya esperaba sujetándose la polla morcillona.

-Besaros – ordenó.

Obedientes, nos dimos un muerdo pero mucho más tierno que los anteriores. Jugamos con las lenguas durante unos segundos, antes de recibir un potente chorro de orina caliente entre nuestros labios. Comprendí que el repentino mordisco en mi labio inferior había sido involuntario, fruto del éxtasis.

Abrí la boca en dirección a la meada, tragué un poco y escupí el resto a la cara de Fran, que me miraba ensimismado. Diego lo pilló al vuelo y paró el chorro. Se unió a nuestros besos un momento y volvió a llenarme la boca. Luego hizo lo mismo con nuestro amigo.

El hecho de compartir así la meada de mi novio con un casi-extraño me hizo entrar en un nivel de unión con él increíble. Cuando se acabó, sujeté la mano de Fran, que ya se lanzaba a pajearme, y con la otra mano empujé su cabeza contra mi rabo.

-Ahora me toca a mí – susurré -. ¿Vas a tragar?

Asintió, gimiendo, con sus labios alrededor de mi glande. Fue mi turno, entonces, de llenarle la boca. De llenarle y más, porque, incapaz de tragar toda la cantidad de meo que estaba soltando, le escurría por las comisuras.

Aún erecta, mi polla parecía un manantial amarillo. Se libró por un momento de mi tenaza y subió hasta mi boca, dándome a probar mi propia orina, que sabía remotamente a whisky, pero volví a empujarle.

Diego nos miraba como en trance. Cuando acabé de mear, le solté la cabeza y, ahora sí, nos pajeamos el uno al otro mientras nos comíamos la boca de nuevo. El orgasmo llegó un poco antes para Fran, que me metió los dedos untados de su semen en la boca.

Cuando finalmente me corrí, los temblores que sacudieron mi cuerpo hicieron que se me escapasen unas lágrimas que asustaron a Diego.

-Eh, eh, eh… ¿Estás bien? – me besó con cariño, aunque la lefa de Fran en mis labios estropeaba un poco el efecto. El chico nos miraba con un poco de apuro ahora.

-Nunca he estado mejor – sonreí.

No puedo decir que viese mucho de Roma en ese viaje…


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