Unas Navidades muy lésbicas * Relato lésbico


Recién comenzado diciembre, las luces de Navidad estaban ya destellando en las principales calles de Barcelona.

Valeria, que era muy fanática de esta época del año, avisó a Lola para que la acompañara, que era un poco menos entusiasta que ella pero se desvivía por verla sonreír.

Era más que obvio que había algo especial entre ellas. Aunque no se conocían desde hace mucho, trataban de verse siempre que podían.

Muchas miradas penetrantes y algún que otro roce furtivo, no obstante, era lo único que habían compartido hasta el momento.

Valeria llegó enfundada en una voluminosa bufanda de lana que apenas dejaba ver unos cuantos mechones de pelo.

Se acercó a Lola con su sonrisa de siempre y le dio dos sonoros besos. Cogidas del brazo, pasearon por las iluminadas avenidas, haciéndose selfies y poniendo poses divertidas.

Valeria estaba maravillada con el encendido y se detuvo frente a un enorme árbol de Navidad con la intención de hacerle una foto.

De repente, notó unos brazos cogiéndola por la cintura.


Por supuesto, Lola, quien, además, apoyó su cabeza en el hombro de Valeria, le susurró que estaba preciosa aquella noche y le dio un inocente beso en la mejilla.

Ella se estremeció con el contacto de los labios en su piel y se dejó hacer lo que llevaba tanto tiempo esperando también.

Se giró y se encontró con una boca fría pero aun así dulce. Fueron entrando en calor gracias al ritmo frenético de sus lenguas, que no cesaban de entrelazarse.

Lola hundió su cabeza en la cabellera de Valeria y aspiró profundamente su embriagador aroma. La abrazó fuerte para sentir su cuerpo muy pegado al suyo.

Le metió la mano por debajo de la cazadora y recorrió con sus dedos helados su espalda caliente.

Valeria volvió a estremecerse y agarró a Lola del trasero con vehemencia para tratar de combatir la gelidez de esa mano que jugueteaba con el cierre de su sujetador.

Apartó la bufanda del cuello de Valeria y se encaminó a succionarlo. De nuevo, se sintió envuelta en ese cálido perfume.

Quería abarcarlo entero y le lamió dulcemente el cuello, con pequeños mordiscos, que volvieron a sobresaltar a Valeria.

Visiblemente excitada, le propuso a Lola ir a su casa, que estaba a dos paradas de metro.


Cambiaron las luces navideñas por las escaleras mecánicas y por un vagón de tren medio vacío. No obstante, lo que no cambió fue los arrumacos y los tocamientos discretos.

En el metro hacía calor y Valeria se deshizo de la bufanda y la chaqueta, mostrándole a Lola un interesante canalillo.

Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no arrojarse a él y deslizar sus labios en sus pechos.

Llegaron al piso de Valeria y, mientras ella iba a por dos copas de vino, Lola se acomodaba en el sofá.

En el primer brindis se volvieron a fundir en un cálido beso, tanto como la temperatura del salón.

Se quedaron en ropa interior en un santiamén. Valeria se tumbó sobre los cojines con los pezones erguidos y deseosos de ser mordidos.

Lola se deleitó en ellos, dibujando con su lengua pequeños círculos y endureciéndolos aún más.

Le bajó, entonces, las braguitas y contempló su sexo en extremo rasurado.


Le introdujo un dedo y empezó a frotárselo.

Los gemidos de Valeria pronto inundaron la habitación. Se echó sobre ella y comenzó a moverse de forma compulsiva buscando un contacto total con sus partes íntimas.

-“Cómo me enciendes, estoy ya muy húmeda”, le dijo Lola al oído.

-“Déjame que lo compruebe”, indicó Valeria haciéndole un gesto para que se sentara encima de su boca.

Entonces, Lola, de rodillas, arqueó las piernas y le entregó su sexo. Valeria, tumbada, recorrió todos y cada uno de los pliegues con su lengua, chupeteando su clítoris. Lola, encima, se retorcía de placer.

Cuando estaba casi rozando el clímax, se inclinó hacia la vagina de su compañera y se la comió entre las convulsiones de su propio orgasmo.

A través de los cristales empañados se adivinaba, allí, a lo lejos, la estrella que coronaba aquel árbol que fue testigo de su primer beso; el primero de muchos más.






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