Voy a tener que castigarte * Relato dominación


Besando sus lunares lo supe. Le quería.

No como podría esperar que fuera el amor verdadero, ni tampoco como en las películas.

Pero algo en mi crecía junto con la excitación de que sus besos exploraran mi cuerpo. Toda la piel de gallina, un cosquilleo en las piernas, y al mirarle a los ojos, esa inmensidad tan elocuente.

Le besé poco a poco, creciéndome, deseándole, dejando que mi mente se fuera apagando y dejando el control a mi cuerpo encendido. Con picardía empecé a quitarle la camiseta mirándole a lo ojos.

Entonces comenzó a besar mis pezones, hacíendome jadear. Acaricié su pecho, sus brazos definidos, besé ese cuello que tanto me gustaba y fui rozando con la yema de mi dedo todo su pecho hasta el botón de sus vaqueros, quitándoselos.

Sentíamos como si dos gigantes fueran haciendo vibrar la habitación con cada paso que daban, acercándose peligrosamente el uno al otro y haciendo de cada temblor puro placer. Y sabía que cuando se alcanzaran, la lucha de placer sería imparable.

Empujé su hombro y con un movimiento me puse encima de él. Entonces le miré fijamente a los ojos y cuando menos se lo esperaba le lamí rápidamente el pecho hasta el cuello.

Jadeó y supe que tenía el control de su placer, sabiendo que cada cosa que hiciera podría llevarle a tocar el cielo. Por ello, apoyada en las rodillas y con sus caderas desnudas entre mis piernas, quise jugar más con él, y con las braguitas todavía puestas, me apoyé en su pene, mientras bajaba mi pecho hacia él sintiendo cómo rozaban nuestras partes y aumentando el deseo.

Entonces comenzó a besarme con intensidad, estabamos hirviendo, completamente entregados. De pronto me apoyó en la cama bocarriba, sujetó con su mano las mias encima de mi cabeza y empezó a besarme el cuello muy suavemente, haciéndome arder.

Mi espalda se arqueaba mientras él mordía mis pezones, mis costillas, mi tripa… y, soltando mis manos, comenzó a morder mis braguitas, quitándomelas poco a poco mientras me miraba a los ojos con su sonrisa de medio lado.

Entonces las tiró y me miró con esos brillantes ojos marrones y el pelo corto alborotado, ahora era él quien mandaba, y eso me puso a cien.

Se acercó muy despacio mientras yo no podía parar de jadear y acercandose a mi oido susurró:

-No se te ocurra mover las manos.

Y acariciándome la mejilla me besó apasionadamente. Me apreté contra su pecho, manteniendo mis manos juntas sobre la cabeza y el hambre de mis piernas hirviendo.

Entonces, poniéndose el condón, me penetró y las sensaciones me dominaron. Estaba completamente entregada al juego.

Comenzamos a movernos más rápido, sintiéndonos, completamente dominados por el placer.

Al abrir los ojos me di cuenta de que mis manos se habían movido, no había podido evitar abrazar su espalda, y ahora del placer estaba arañando su espalda. Entonces se acercó más a mi y me dijo: ¿Te gusta? y al jadear y decirle que sí me respondió:

-Ponte de lado.

Sin esperar obedecí sus órdenes, ardiendo de placer y deseando que me dominase. En ese momento yo quería ser su puta. Sentir que solo estaba ahí para darle placer a él.

Me tumbé de lado, apoyandome sobre un costado y sintiendo sus jadeos en la nuca. Deseaba ardientemente que me penetrara y cuando me dijo “me encanta tu culo” y metió su grueso pene en mi vagina la explosión de placer fue brutal, incontrolable.

Estiré mis piernas con fuerza mientras un cosquilleo me recorría desde los pies hasta la cabeza. Me invadió un orgasmo incomparable.

Tras unos segundos, recobré la “consciencia” y me giré hacia él. Estaba otra vez con esa sonrisa de medio lado que tanto me gusta.

Me puse encima de él y dejando que mis pezones rozasen su pecho le susurré: Ahora te toca a ti. Entonces se puso a cien y comenzó a apretar mis tetas mientras yo metía su pene en mi vagina.

Empecé a moverme despacio, sabía que él se moría por que acelerase el ritmo y entonces apreté las piernas, endureciendo así los músculos de mi vagina, y eso le puso a jadear como un loco. Comencé a tocar su pecho y sus brazos mientras la excitación crecía más y más.

Aceleré el ritmo, metiéndomela hasta el fondo. Estabamos disfrutando como perros. Cuando se levantó para morder mis pezones le empujé hacia la cama con fuerza, y sin decir nada aceleré, gozando como una loca.

Le pellizqué un pezón mientras le cabalgaba y vi en su cara que estaba a punto de correrse. Empezó a jadear más y más y seguí follandole, mientras con mi mano derecha buscaba su entrepierna y, sin avisar, le apreté los huevos, y en ese momento el placer rebosó, tensando todo su cuerpo.

Mordiéndose el labio inferior disfrutaba de su orgasmo mientras yo me tumbaba de nuevo en la cama.

“Que buen polvazo” pensé. Entonces se acercó a mi oido y muy despacio me susurró:

– ¿Crees que no me he dado cuenta? Voy a tener que castigarte


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